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~ 2009-06-11

El hotel en el que me alojo ahora (sí, llevo unos 4 meses alojándome en hoteles) está más cerca aún del mar, que no veo desde el balcón, paradojas de la vida. El suelo es de frescas losas de travertino, limpian con algo que huele levemente a coco, e invitaría al relax y al solaz de no ser porque estoy aquí por trabajo.

Tras apenas un par de noches probando las diferentes comodidades de la habitación, me desperté una mañana con sorpresa: una cucaracha del tamaño aproximado de un autobús corría despistada por el travertino, combinando de lo más bien.

No sé si ya lo habré comentado, pero a mí las cucarachas, como que no. No es que caiga presa de la histeria al ver una, pero un bicho que parece que pueda acarrear mi maleta no tiene derecho a moverse con esa velocidad. Se quedó quieta cerca de mi zapatilla y yo me quedé quieta a mi vez, estudiando las opciones que se me presentaban. No eran muchas y ninguna me apetecía especialmente.

Finalmente, con el sigilo de una leona acechando una presa en la sabana, empecé a moverme en busca de un vaso con el que atrapar al bicho (aplastarlo hubiera supuesto un nivel inaceptable de, um, salpicaduras en el piso. ¿Os he dicho que era como un autobús?).

A las leonas se les da esto bastante mejor que a mí, porque apenas había movido un brazo cuando la cucaracha echó a correr a la velocidad del sonido y desapareció tras el mueble del televisor.

Muy bien, pensé, esto es la guerra. Bajé de la cama, blandiendo el vaso, me puse las zapatillas y... otra cucaracha salió pitando de una de ellas.

Esta era pequeñita, apenas un triciclo comparada con la otra. Pero igualmente veloz. Y a mí se me acababan los vasos. Una intrépida incursión al mueble del televisor me reveló que la cucaracha-autobús se había enfurruñado y estaba cara a la pared, meditando cosas cucarachiles. La pequeñita correteaba alegremente por el suelo como un cochecito eléctrico.

Todo se redujo a un problema de coordinación. Con el autobús localizado, y echando mano de toda mi experiencia en los marcianitos, anticipé la trayectoria del triciclo artrópodo y lo envasé. Quiero decir, que lo cubrí con el vaso.

Victoriosa, aparté con mil precauciones el mueble del televisor hasta dejar espacio suficiente para mi segundo (y último) vaso. Sólo había una oportunidad. Pero esta cucaracha estaba, o bien muy absorta en sus pensamientos, o un poco pocha, porque no reaccionó cuando la atrapé también. ¿Sabíais que una cucaracha lo bastante grande puede generar un ruido la mar de audible al chocar contra las paredes de un vaso? Bueno, pues ya lo sabéis. Con todo arreglado y el entorno seguro, yo fingí indiferencia y seguí con lo mío.

Cuando salí, la camarera estaba en el pasillo.

-Ojo cuando entre -avisé-, que tiene un par de huéspedes extra en el suelo, atrapados bajo unos vasos.

Le conté la historia, omitiendo modestamente toda referencia a mi heroísmo. Ella se deshizo en excusas, prometió fumigar el travertino hasta transmutarlo, y así nos quedamos. Avisé también en recepción, por si acaso.

Cuando volví por la noche, no había vasos, ni cucarachas. La habitación desprendía un agradable aroma a butóxido de piperonilo, y no había nada patudo a la vista. Dejé de revisar la habitación tras apenas una hora, y seguí mi vida flemáticamente.

Pero la historia no acabó ahí. Oh no.

Al día siguiente, yo estaba jugandtrabajando en algunas cosas con mi fiel mac, cuando llamaron a la puerta. Por la suavidad con que lo hicieron, deduje que era un ratoncito, o un Testigo de Jehová excepcionalmente tímido.

Resultó ser un camarero con un carrito, que me miró esperanzado. El camarero. El carrito parecía más bien soñoliento.

-Debe ser un error -dije-, yo no he pedido nada.

-Con los saludos de la dirección -dijo el camarero, entrando una bandeja con un platazo de fruta preparada. No dijo nada, pero quise entender que era en desagravio por las cucarachas. Le di las gracias y me enfrenté a una sabrosa e inesperada merienda de papaya, melón, sandía, piña, kiwi, y naranja. ¿Y lo extraño del caso? Que tampoco había plátano.

Repleta de fruta, y más reconciliada con el hotel (con las cucarachas no), pensé en escribir esta entrada. Y luego me dio pereza. Y hoy, se me pasó la pereza.



Comentarios (5)
Enviado por Daurmith el 2009-06-11 a las 17:49


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Comentarios

1
De: Dubitador Fecha: 2009-06-12 02:26

"...un ratoncito, o un Testigo de Jehová excepcionalmente tímido."

:-)





2
De: Traslapersiana Fecha: 2009-06-12 09:44

Según ibas contando, me estaba imaginando a la cucaracha-autobús, moviéndose por la habitación con el vaso encima.
Sobre los plátanos, debe de ser que los exportan...



3
De: Anónima Fecha: 2009-06-12 09:58

:-)

A mi las cucarachas en si mismas me resultan indiferentes. Al fin y al cabo me gustan los grillos y una puede pensar que las cucarachas son como grillos feos y mudos, pobres.

Lo que me molesta de las cucarachas, no es culpa suya propiamente dicho, es esa manía que tiene la gente de pedirte que las mates, ya que a ti no te dan miedo. Y no me dan miedo, pero no me gusta matarlas.

Todo esto para decirte que la próxima vez que me pidan que mate una cucaracha negociaré un "envasado" con posterior traslado al mundo exterior. Gracias por la idea y el buen ratito de lectura. Aunque si hacen ruido contra el vaso no sé si les va a gustar...



4
De: gus Fecha: 2009-06-15 14:33

Chopas, volonas, inglesas, rubias... Estás en el paraiso de las "cucas". Bon appétit.



5
De: Didiya Fecha: 2009-10-17 22:22

Mal, porque las cucarachas van a donde ha habido comida.

Y otra vez el ciclo a empezar...



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