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Betanzos es una vieja y encantadora ciudad atravesada por dos ríos: el Mandeo y el Mendo (cuya venganza ha dejado perduranza y enseñanza a los siglos en su atruendo, como todos saben).
En otro tiempo, Betanzos era un populoso puerto comercial y pesquero donde se mecían las cóncavas naves en el mar color de vino; pero hace dos o tres siglos (no te puedo dar la cifra con precisión, porque yo era entonces muy pequeño), el mar se retiró poco a poco, dejando, dejando Betanzos casi como esas viejas ciudades de Barsoom de las que habla Burroughs (el entrañable Edgar Rice, por supuesto, no el guarro de William) abandonadas con sus enormes muelles a la orilla de esa inmensa llanura ocre donde un día estuvieron los océanos de Marte…
Un poco después, siguiendo el ejemplo del mar, se retiró también el poder político y administrativo, al dejar de ser capital, dejando la ciudad como una aldea llena de recuerdos de grandeza, viejos palacios resonantes, plazas porticadas, iglesias, escudos nobiliarios, jardines, soportales…
En Betanzos hacen un vino del país que llaman “agudelo”, cuya ingestión -según nuestro señor Cunqueiro- no entorpece el intelecto, sino que, muy al contrario, lo favorece, potenciando la ordenada sucesión de silogismos (lo que lo hace muy adecuado para las controversias de tipo te(leo)ológicas, lo mismo que el agua de Mondariz es adecuada para las digestiones).
Bueno, no me enrollo más, solo quiero decirte que me encantaría enseñarte la ciudad, Daurmith, creo que te gustaría, pero en fin, como dice la entrañable cancioncilla que nos brindas, sabré esperar pacientemente
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