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~ 2002-02-27

No sé por qué me he puesto a recordar la OryCon, una convención de escritores de fantasía y ciencia ficción a la que asistí el otoño pasado. Bueno, sí sé por qué: porque estaba viendo la maravillosa Moulin Rouge!, ese derroche de descaro, colores y Nicole Kidman. Y el demimonde falso de la película me recordó, en cierto modo, la convención.

Era mi primera convención en los USA, y aunque la OryCon es pequeñita, tiene todos los accesorios necesarios: tienda, conferencias, presentaciones, música, fanzines, tés y sesiones de reiki todo mezclado, ordenadores, y disfraces. Disfraces.

Hay gente que va a las convenciones sencillamente a lucir un disfraz. Y creedme, no es moco de pavo: algunos de los disfraces que se ven son impresionantes, increíbles. Pero aparte de eso, una cosa que me llamó mucho la atención fue cuántos de los asistentes se salían, por así decir, de los parámetros físicos normales. Y en América esto es decir mucho, mucho. No nos mordamos la lengua: allí estaban los monstruos. Los obesos. Los contrahechos. Los mutilados, los disminuídos, los feos, los muy feos, las feísimas. Los que nunca encajan, los que reciben eufemismos y ejemplos de corrección política como pedradas en la frente. Allí, encajaban. Allí, vestidos de lentejuelas, con las mollas apretadas por corsés, con capas barrocas cubriéndoles el estómago protruberante y las piernecillas zambas, todos eran héroes, antihéroes, o esos otros tipos de monstruos que sí nos gusta tener cerca. Allí todos eran bienvenidos y predominaba el buen ambiente. Con joyas de plástico iluminadas por diodos, el pecho encendido en luz azul o roja, el sombrero puntiagudo de mago sobre facciones de oficinista en cubículo de nueve a cinco, se les veía felices. Se nos veía felices. Hay más de un tipo de monstruo.

La última noche de la convención, la discoteca fue un gran éxito de público. Yo miraba desde un rincón a los Gandalfs y las elfas, a los Darth Vaders y los Capitanes Picard, los vampiros y las Reinas Amidala, bailando bajo la bola esa de espejitos. Me habían dicho que a las doce en punto se cumpliría una tradición de las convenciones. Y se cumplió: a medianoche paró la música (The Mummer's Dance, de Loreena McKennitt, extrañamente apropiada), y todo el mundo aulló con anticipación ante los primeros compases del Time Warp: una de las canciones de la película de culto The Rocky Horror Picture Show. Todos se sabían la coreografía, y la música, y la letra, y cuándo había que saltar y cuándo había que gritar "I'm a transexual transvestite from Transilvania!", y cuándo había que dejarse caer al suelo todos a la vez, orcos y klingons, duendes, magos, demonios, momias, cazadores indios, nigromantes, payasos y zombies. Y gente en vaqueros y camiseta, también. Y gente en silla de ruedas, con prótesis, con muletas, sin dientes, con un ojo nublado por la perla nacarina de una catarata que esa noche se convirtió quizá en joya encantada. Bajo las luces rojas y azules y el parpadeo del estroboscopio, el efecto era irreal, y poderosísimo a la vez. Un hombre joven totalmente vestido de negro se puso a bailar una extraña danza japonesa levemente bélica con dos abanicos rojos en las manos.

Faltaban dos meses para el estreno de El Señor de los Anillos. Entre los asistentes había mucha expectación, muchas varas de magos, sombreros puntiagudos, pies peludos de hobbit y anillos élficos. Recuerdo haber pensado, no sin pena, que la película marcaría el final de la época en que Tolkien era un conocimiento un poco furtivo, un poco secreto, un poco egoísta: que pronto el mundo entero vería el producto de la imaginación de Tolkien contado por Peter Jackson y la Tierra Media dejaría de ser ese lugar privado en el que unos pocos nos perdimos; un lugar en el que encontrar a otro viajero que, como tú, lo leyó en secreto hasta la madrugada era motivo de un tipo muy especial, muy vibrante, de alegría. Tras la película, El Señor de los Anillos pasaría a ser de la gente guapa, los Elijah Wood y Viggo Mortensen y Liv Tyler del mundo, y los monstruos se quedarían, una vez más, al margen. Buscando el siguiente remanso en el que esconderse de los peces brillantes que lleva la corriente. Sentí entonces, y siento ahora, un gran cariño por esos monstruos inofensivos, un poco ridículos, muy vivos, muy sinceros. Deseé saberme la letra del Time Warp. Pero me quedé en la frontera, ni dentro ni fuera, mirando desde un rincón discreto, olvidada de mí misma, al lado de tres damas sexagenarias vestidas de raso y tul y con flores frescas en el pelo, que intercambiaban recetas de tés de hierbas.


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Enviado por Daurmith el 2002-02-27 a las 00:11


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