~ 2015-07-05

"En la imaginación humana los acontecimientos producen el mismo efecto que el tiempo" es la primera frase, si no recuerdo mal, de "El cazador de ciervos", la novela de Fenimore Cooper con un joven e insoportable curita, digo, Ojo de Halcón. Por esa lógica y dado que mi fin de semana ha sido empleado en trabajar primero y vegetar después, no debería haberse registrado en el radar más que como un parpadeo, artificialmente comprimido por la falta de actividad. Y de hecho lo ha parecido.
Pero la culpa de este acelerón temporal no es de haber pasado el poco fin de semana que quedaba vagueando en el sofá y entregada a distintos tipos de ficción, asomando la nariz al horno que es la calle solo para asegurarme de que sigue ahí y para sacar la basura. La culpa la tiene el iceberg insoslayable del lunes, que hace que ser consciente de la hora sea como ser consciente de una cuenta atrás del mal rollo.
A lo mejor a Fenimore Cooper le pasaba algo así y para él lo extraordinario era la vida vegetativa. Quizá seguramente por eso el héroe de sus novelas tenía como cualidad salvadora, no poder darle en el ojo a una perdiz a muchocientos pasos o saber rastrear a una polilla, que eso es rutina para él, sino lanzar insoportables discursos moralizantes y sermonear jovencitas. Para él su fin de semana ideal debía ser cuadrar balances por placer y clasificar calcetines por colores, para contrastar.
Así que no os metáis mucho con los que pasamos fines de semana como si fuéramos gatos, adorando al sofá y con vértigo relativo al ver moverse el sol tan tremendamente rápido comparado con nuestras ondas cerebrales. Imaginaos qué es lo que tenemos que compensar el resto de la semana.


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Enviado por Daurmith el 2015-07-05 a las 23:27


~ 2015-07-02

Esta entrada está dedicada a @janeaustenenfur, obviamente.


Puerto aéreo de Madrid, España, a treinta de junio de dos mil quince

Queridísima Lizzie:

No podrás decir que he sido poco formal y no te he escrito durante mi viaje. Estoy decidida a escribirte contándote todas mis aventuras en Bruselas, y te imagino leyendo de mis andanzas sentada en el jardín de Netherfield, tomando el té a la sombra de sus hermosos castaños y sonriendo ante las locuras de tu amiga.

Me encontré puntualmente en mi asiento de la aeronave que nos había de llevar a Bruselas. Es ciertamente un modo rápido de viajar, pero te diré, querida Lizzie, que dista mucho de ser cómodo: los pasillos son estrechos y a pesar de haber elegido mi vestido de muselina verde ostra para viajar —pues el calor hace insoportable cualquier tejido excepto los más livianos— no pude evitar que la falda quedara atrapada continuamente en los brazos de los asientos molestando a mis compañeros de viaje que eran, hay que decirlo, un lote extrañamente variopinto.

Lamento decir que no partimos a la hora prevista. En cierto momento sonó por toda la cabina la voz del capitán de la aeronave, transmitida por medios eléctricos de la manera más ingeniosa. Había tenido lugar, al parecer, una avería en un dispositivo usado para sangrar las ruedas. No te puedes imaginar, Lizzie, las extrañas imágenes que pasaron por mi mente al escuchar tal expresión. ¡"Sangrar las ruedas"! Hubiera querido ver a uno de nuestros poetas modernos utilizar semejante hallazgo en una sestina. No deja de ser cierto que, tal como dice mi padre, el triste estado de nuestras carreteras públicas podría hacer de esa expresión algo más que una metáfora. Pero no debo desviarme.

Afortunadamente la avería se solucionó a satisfacción del capitán y por fin la aeronave ascendió a los cielos. Como sé, querida Lizzie, que nunca has viajado en uno de estos extraordinarios aparatos, me permito una observación: pese a que los sermones del reverendo Collins desaconsejan que las señoritas viajen en aeronave por las fuertes emociones que puede provocar en la sensibilidad femenina, debo decir que encuentro la experiencia absolutamente vigorizante y te recomiendo que la pruebes lo antes posible, si puede ser en compañía de tu apuesto esposo.

Durante el viaje encontré gran entretenimiento en mi tablilla magnetoeléctrica, en la que llevaba una novela de aventuras marítimas que leí con gran placer pese a sentirme un poco culpable por no haber elegido en su lugar el libro de sermones del Reverendo Smythe, tal como me recomendó mi madre. Pero si una viaja por placer, debe encontrarlo en todo momento y lugar, ¿no es cierto, Lizzie?

Me sorprendió desagradablemente que hiciera en Bruselas tanto calor como en España, si no más. Quizá lo hubiera afrontado con más ecuanimidad de no haber tenido un viaje al hotel sumamente desagradable. Tomé uno de los carruajes locomotores que se pueden alquilar en el puerto aéreo de Bruselas, pero es tal la cantidad de artilugios semejantes allí, y tan poco preparadas las vías por las que circulan, que tras un periodo extraordinariamente largo de inmovilidad en la calzada (pues tal era la acumulación de carruajes que estábamos literalmente atrapados) rogué al conductor que me permitiera apearme. Afortunadamente el hotel no distaba más que dos o tres millas y llegué sin mayor contratiempo, aunque acalorada y algo nerviosa por haber recorrido el trayecto sin la compañía de un caballero. ¡Pero no creas que eso me arredró, Lizzie! De hecho estoy bastante orgullosa de mí misma, pues al llegar al hotel solicité mi llave con la mayor naturalidad y sin alardear de un hecho que es, para mí, bastante inusitado.

Mi habitación era pequeña y no contaba con boudoir ni con antesala, aunque sí estaba provista de una rejilla de ventilación por la que salía un aire deliciosamente fresco que me permitió reponerme de los rigores del viaje y enfrentarme a mis compromisos sociales en Bruselas con mejor disposición. Tras un baño y una muda de ropa (sé que la gran amistad que nos une disculparé lo atrevido de referirme a asuntos de la toilette en esta carta), salí a dar un breve paseo de apenas cuatro millas para abrir el apetito antes de la cena.

Pero no debo adelantarte todas mis aventuras, querida Lizzie. Te escribiré pronto para contarte el resto del viaje. Por favor, envía mi amor a todas tus hermanas y a Mr. Darcy y dispón como desees de tu amiga,

D.



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Enviado por Daurmith el 2015-07-02 a las 17:52


~ 2015-06-29

La culpa de lo de hoy es de @nramalleira, por esto:



Y él va y dice:


(El problema de escribir entradas sobre pingüinos es que acabas muriendo en antropomorfización salvaje, apocalipsis pingüinero o historias evolutivas de la wikipedia; nada en contra de ninguna de esas alternativas, por otra parte, pero a mí es que me gusta fastidiar. Y meterme en líos, véase.)

Los sótanos del Museo de Historia Natural de [TACHADO] son pasillos con aspecto de salas y salas con aspecto de pasillos, pavimentados de linóleo abarquillado y revestidos de viejos muebles expositores de madera junto a espantosos archivadores de metal verde de los sesenta. De vez en cuando alguna vitrina de cristal templado, más moderna, muestra una polvorienta colección de caracoles mal etiquetada o unas bandejas erizadas de insectos sin clasificar. Es la mezcla familiar de cueva del tesoro y compendio macabro de todos los museos, y abrir un cajón puede descubrirte tanto una delicada hilera de cráneos de musarañas como polvorientos pellejos de animales ignotos.

En uno de los cajones hay un objeto que parece una bota vieja: un trozo reseco y descolorido de cuero, cosido en forma de bolsa, al que apenas se adhieren unas plumitas raídas que parecieron formar, en algún momento, una banda blanca y negra. La etiqueta de papel de estraza marrón tiene una leyenda enigmática escrita en pulcra redondilla: Sin identificar. Luchana. 1836.

Cualquier ornitólogo torcerá el gesto al ver el ejemplar.

Sphenscus magellanicus —dirá, ceñudamente—. Pingüino de Magallanes. De Luchana nada.

La etiqueta, pobrecita, no decía más que la verdad: la bolsita fue encontrada en Luchana, tras la batalla, y pasó de mano en mano hasta acabar por no se sabe muy bien qué medios en los sótanos del Museo de Historia natural de [TACHADO]. Fue el final de su larguísimo periplo.

La bolsita fue originalmente una mezcla glutinosa de grasas y proteínas en la yema de un huevo de una pollada de dos. Luego, en un elegante y enrevesado baile bioquímico, pasó a ser parte de un polluelo de pingüino que a diferencia de su hermano sobrevivió al primer año y se convirtió en un adulto joven que pescaba ágilmente en el Pacífico y buscaba pareja en las costas abruptas de Chile. No la encontró nunca: un mordisco de foca y un mal invierno dejaron su cuerpo desinflándose lentamente sobre las rocas, donde lo encontró un hombre, un extranjero llamado Grajales, que atraído por la elegancia del plumaje blanquinegro y por la insaciable curiosidad que lo había llevado hasta la costa pese al día inclemente, lo recogió y se fue, con los zapatos de hebilla resbalando sobre las piedras mojadas.

El cuerpo del pingüino fue torpemente disecado por un marinero del barco en el que había llegado Grajales. Durante el largo periplo fue un ejemplar más de una colección azarosa e improvisada, hecha sin propósito y perdida de igual manera. Durante uno de los muchos reveses sufridos en el viaje se vio que del pingüino no había quedado más que un pellejillo de cuero informe sin valor taxonómico alguno. Grajales se lo regaló a uno de los niños para que jugara; nunca supo a cuál de ellos. El niño, flaco y nervioso, había aprendido a coser durante el viaje para distraerse del mareo y del aburrimiento, y cosió el cuero en la bolsita que ya siempre le acompañaría.

El niño, como el pingüino, no tenía nombre. Se le llamó Expósito por su origen, y Pedro por comodidad; habían puesto a los niños del viaje nombres de apóstoles. El pingüino viajó con Pedro por todo el continente y saltó luego a Europa, en migración póstuma, manchándose del polvo amarillo de los caminos españoles. La bolsita de cuero menguaba y se agrietaba a medida que Pedro crecía, se dejaba bigote y se alistaba en el ejército, dando un nombre que no era el suyo, con la libertad del que no ha tenido nunca nombre. Los anales de la expedición de la que formó parte se referían a él, y a todos sus compañeros, como los niños vacuníferos. Nunca supieron de su apostolado médico ni de los cientos de miles de vidas que salvaron con su linfa.

La historia de Pedro y la del pingüino convergieron por fin en Luchana en 1836, cuando Pedro también pasó a ser un cuerpo tendido sobre las rocas. Al lavarlo para el funeral vieron en su brazo una cicatriz blanca y recta, trazada hacía mucho por una lanceta.


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Enviado por Daurmith el 2015-06-29 a las 19:32


~ 2015-06-28

—Buenos días, señor López. Soy la agente Martínez, dígame en qué puedo ayudarle.
—Pues verá, es que ayer me entraron a robar en casa. Cuando llegué después del trabajo, pues me encontré la puerta así reventada.
—Ajá, sí, ya veo. ¿Desactivó usted las protecciones?
—¿Eh? ¿Dice la alarma? No, no tengo alarma. Es un piso de alquiler y no...
—¿Qué tipo de runas mágicas había instalado?
—¿Runas mágicas? No entiendo qué...
—Verá, le explico. Ahora mismo no nos quedan hechizos de rastreo. Tengo un druida que a lo mejor está libre, lo mismo puede transmogrificarse en perro rastreador...
—Pero oiga...
—Le voy a enviar dos paladines para que examinen el aura del piso, eso sí. ¿Está seguro de que no han usado magia negra para entrar?
—Yo creo que fue con palanca. Pero es que no le...
—Bueno; relléneme por favor este formulario con un listado de su equipamiento habitual, incluyendo pociones, espadas y armas de largo alcance, y todo lo que haya echado en falta. ¿Le falta algún objeto místico o imbuido de alguna deidad oscura?
—Oiga, yo no tengo nada de...
—Ah, ¿es mago? ¿Clérigo? Bueno, incluya hechizos y alineamiento, por favor. Lo que no le aplique no lo rellene. Ponga una dirección de correo electrónico para que podamos contactar con usted.
—¿Pero no van a venir a tomar huellas o algo...?
—Sí, en cuanto podamos, no se preocupe. Usted no limpie nada de momento, ya le avisaremos, y tenga localizados a todos sus aliados por si acaso hay que montar una incursión.
—Mire, yo me conformo con...
—¿El ladrón de su grupo ha hecho tirada de lealtad?
—Pero si yo no...
—Mire, aquí solo intentamos ayudarle. Generalmente estas cosas acaban en una misión para niveles 20 o superiores, así que no recomendamos que los civiles se unan, pero si aporta documentación acreditando los XP podemos incluirle a usted y a todo miembro de su grupo que cumpla los requisitos y quiera apuntarse.
—Es que preferiría...
—Le seré franca: si hay alguna posibilidad de recuperar sus pertenencias es con su ayuda. ¿Está de acuerdo?
—...Pues qué remedio.
—Al amanecer en la Posada junto al Roble del Ahorcado. Pregunte por Shydheihnn, el hechicero. Tres haches, dos enes.
—Allí estaré.
—Muy bien, que pase un buen día.
—Adiós, muchas gracias.


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Enviado por Daurmith el 2015-06-28 a las 14:13


~ 2015-06-27

Está todo el mundo fuera, en la plaza. No porque haga más fresco (no lo hace) sino porque es lo que toca, lo que hay que hacer cuando vienes al pueblo, y si no pa qué vienes. Te traes a los niños, que corran y griten y se persigan, mientras padres y abuelos se arrellanan en las sillas de plástico, fundiéndose lentamente con ellas.

Uno de los bares ha preparado un despliegue realmente impresionante de mesas en las que cenar: manteles de papel blanco y sillas verdes formadas como en un tablero de Hundir la Flota bajo una nube parloteante de gorriones, gordos como bolitas por la abundancia de migas de bocadillo. El aire parece sopa recalentada, pero reina un cierto optimismo suicida, la esperanza infundada de que por la noche refresque. Aunque lo hiciera, el puro calor animal de tantos cuerpos juntos los mantendrá cociditos al vapor, con la trama de plástico de las sillas marcándoles casi a fuego un dibujo purpúreo en los muslos. Pero se lo pasarán bien; a cada cual lo suyo. Al fin y al cabo es verano ; hay rituales que deben cumplirse, como cenar en la plaza. Yo, apóstata de tales tradiciones, adoro al ventilador más que al verano y busco maneras de estivar que sean, ay, lo menos dañosas para mi paciencia. Abajo, las mesas aún intactas esperan como altares a los acólitos del tinto de verano.


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Enviado por Daurmith el 2015-06-27 a las 21:06


~ 2015-06-26

Voy a la Residencia una vez por semana. Antes iba más, pero me dijeron que ya no sería posible, que no había presupuesto, que si los recortes...

Aun así hacemos lo que podemos, como podemos. Hay pocos medios pero mucho entusiasmo. El personal está motivado a pesar de todo, y yo siento que tengo que estar a la altura.

¿Cómo no estarlo? La gente suele considerar la Residencia como un lugar deprimente, horrible incluso. Pero es hogar de muchas historias, de muchas vidas y años. Todos los residentes tienen algo que contar, algo que compartir, cada uno a su manera. Yo siento que parte de mi salario son esas historias y vidas compartidas.

Es triste que la única persona con preparación especializada tenga que ir una vez por semana; el resto del tiempo el personal hace lo que puede, con pocos medios y mucho entusiasmo, siempre pendientes de los recortes. Aun así, cada semana tengo siempre cola en la pequeña consulta-laboratorio de la Residencia. En otras épocas tenía medio sótano para mí, bien equipado. Ahora se hace lo que se puede. Pero hay mucho trabajo.

—Yo es que tengo el corazón...

—Es que no puedo con el hígado...

—Es que el páncreas este...

Yo les explico lo de los recortes con paciencia; algunos no recuerdan lo que pasó la semana pasada, mucho menos el año pasado. Ayudar, cuando se puede, es siempre un alivio. Echo mano de lo poco que hay, pero además los residentes se ayudan unos a otros, algunos familiares contribuyen como buenamente pueden, el personal hace expediciones clandestinas para conseguir recursos a base de contactos personales o pequeños chanchullos. No deberían, y yo no debería saberlo. Nos podemos meter todos en un lío.

Pero hago la vista gorda porque cuando un residente te mira y sonríe y dice que ya no le duele al respirar, que nota su corazón fortalecido, que por fin puede ver mejor por el ojo que le daba problemas, todos los sinsabores se pasan. Por bueno que sea mi salario, ningún dinero del mundo puede pagar la sonrisa que te dedican, ni las palabras dichas con sencilla dignidad:

—Gracias, Doctor Frankenstein.

Es lo mejor del mundo. Con el corazón en la mano os lo digo.


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Enviado por Daurmith el 2015-06-26 a las 10:18


~ 2015-06-25

*Da una palmada. Se frota las manos.*

Bien. Veamos. Así está el percal, esto es lo que pretendo:

Tres entradas a la semana. No menos. Quizá más (si la musa llama, se le abre. Si llama la cancamusa, también). Cortas, largas, medianas, buenas, malas, sosas, interesantes, como salgan. Al menos una de ellas de ficción. Apoyo gráfico opcional por motivos de que puedo estar viajando y no tener paciencia para hacer jeribeques de maquetación en la, ay, tan obsoleta interfaz de Blogalia.

Vosotros tenéis cualquiera de estas opciones, o varias, o todas, o ninguna:

Pasar olímpicamente, criticar para bien, criticar para mal, no criticar pero sonreir así de ladico, lanzarme retos en Twitter, contarlo a vuestras amistades, prevenir a vuestras amistades para que huyan mucho de este blog, ir a tomaros un café/té/bebida al gusto con alguien, o sorprenderme con algo que la gente no suela hacer y que sea preferiblemente a) legal y b) amable.

*Mira lo escrito. Asiente una vez, con firmeza. Se va. Tropieza con la jamba de la puerta al salir.*




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Enviado por Daurmith el 2015-06-25 a las 19:13


~ 2015-02-21

Dicen, y tienen mucha razón, que lo mejor que puedes hacer para escribir es no dejar de escribir. Dicen también, y tienen todavía más razón, que si empiezas algo debes terminarlo. Yo llevo tiempo sin mover los dedos en ficciones y me noto tiesa y oxidada, y para empezar a remediar esto no hay nada como dejar vagar un rato la mente y escribir cuentos. No gran cosa, no necesariamente revolucionarios, pero se trata de empezar a escribir algo y luego terminarlo. Y da igual que no sea muy bueno, porque la cosa es empezar y terminar. Y luego empezar otra cosa, y terminarla. Y así van ocurriendo cosas.

Podría no poneros este cuento aquí; podría guardármelo en el Scrivener. Pero las cosas están para ser usadas, y los relatos para ser vistos. Para bien o para mal. No tengo prestigio que perder, de todos modos, así que aquí está.


LOS TRES DRAGONES



Bajo Valencia viven tres dragones.

Poca gente sabe esto porque poca gente recuerda; es fácil hacer que algo se olvide, no tan fácil hacer que se recuerde. Pero esto es verdad: bajo Valencia viven tres dragones y nadie lo sabe.

El primer dragón, y también el más grande, es un dragón de piel gris y dura como la piedra. Vive medio enroscado bajo la Plaza del Ayuntamiento, con la cabezota mirando hacia San Vicente. Ya era viejo cuando los romanos vinieron y se asentaron en la tierra cenagosa e insalubre, y estaba cansado. No quería luchar contra los viejos soldados que construían casas y cavaban huertecitos en la pequeña isla entre dos brazos del Turia, así que se echó a dormir y dejó que la ciudad lo cubriera como un sarcófago.

Pero no está muerto. De vez en cuando, a lo largo de los siglos, rebullía en la primavera. Cuando un dragón de Valencia se mueve no tiembla la tierra. Tiembla la gente. Se siente rara, como si le hubieran sacudido el cerebro dentro de la cabeza, como si la gravedad hubiera dado un hipo. Cuando el dragón de Valencia se movía la gente se sentía inquieta y salía a la calle, a mirar al cielo. Y tras algunos siglos sin moverse la gente de Valencia se inquietó y ahora lo despierta cada año con el trueno melodioso de las mascletàs, para sentirlo removerse un poco y recobrar el agradable vértigo de su presencia. Aún hoy si vas en Fallas y te quedas a la mascletà y tienes suerte, puedes sentir cómo se estremece a tu alrededor. Otros pueblos quieren aquietar a sus dragones; sólo Valencia quiere despertarlos.

El segundo dragón vive, y uso la palabra con justeza, bajo la Lonja. No es un secreto: esculpieron su cabeza en la fachada principal, emergiendo violentamente de la roca, junto a un dintel que ya no existe. Es motivo de una leyenda de la época árabe, pero lo único real de esa leyenda es el dragón.

Este dragón no está dormido: está quieto. Los cimientos de Valencia son cimientos de agua y lodo, líquidos y fugaces y brillantes como la luz de sus inviernos. Este dragón seguía el curso inquieto del Turia, pero vio la Lonja y le gustó tanto que se aposentó bajo ella para ser sus cimientos. Por eso el edificio respira tanta calma, porque se siente seguro sobre el cuerpo largo y fuerte de su dragón. Los valencianos ven el dragón todos los días en la fachada de color bizcocho, pero no saben qué significa; no saben que si algún día el dragón se enfadara se llevaría consigo el bosque de palmeras de piedra y la alucinada zoología de las molduras de la Lonja. Porque olvidar es fácil y recordar, difícil.

El tercer dragón no está quieto ni dormido. Es un dragón joven que llegó en verano durante la invasión francesa a principios del XIX, un dragón de aire que se hundió en la tierra como una flecha en la carne y gozó del fresco subsuelo, vibrante por el paso de las botas militares. Desde entonces ronda entre las acequias y los ríos subterráneos de Valencia, estropea el metro y duerme bajo aparcamientos subterráneos, entreteniéndose en hacer saltar las alarmas de los coches. Últimamente le gusta mucho la Avenida del Oeste, y los vecinos de Barón de Carcer han sentido sus idas y venidas en forma de vibraciones que traen loco al Ayuntamiento. Los técnicos están estudiando el problema. La Universidad también. Pero les va a ser difícil solucionarlo porque han olvidado que hay un dragón que vive bajo Valencia, junto a otros dos; y recordar es difícil.

Así que si sientes temblar el suelo, o si de repente sientes un vuelco por dentro, como si una brisa fresca te hubiera acariciado las células, y miras a tu alrededor mientras paseas por Valencia, no te preocupes: es que has pasado cerca de uno de sus dragones, y has empezado a recordar.


P.S. Este relato está dedicado a @DrClydeZaius, que hoy es su cumpleaños. Se merece eso y más.


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Enviado por Daurmith el 2015-02-21 a las 20:29


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