~ 2016-11-14

—¿Ya estás?
—Espera que tengo que hacer una llamada.
—¿Ahora?
—Es que tengo que arreglar una cosa con la factura del teléfono. Es un minuto.
—Vale, te espero.
*bliblepblipblipblepblipbliiip*
Buenas tardes. Gracias por llamar a Yellow Communications. Para incidencias en el servicio pulse uno. Para incidencias con la facturación, pulse 2. Para…
*blip*
—Joder. Odio las centralitas electrónicas estas.
—Oye, te quería comentar…
—Espera.
Si desea notificar un cargo incorrecto, pulse uno. Si…
*blip*
—Es que tengo que contarte…
—Espera, espera, que ya contestan.
—¿Ya suena?
Buenas tardes. Gracias por llamar a Yellow Communications. En estos momentos todos nuestros operadores están ocupados. Por favor, espere y será atendido en breve.
—Jodeeeeeer…
—¿Qué pasa?
—Me han puesto en espera.
—¿Hay música chula?
—Pitingo. Espera, lo pongo en altavoz…
—Quita el altavoz, haz el favor.
—No me dejarás sufrir solo a mí…
—No, que te quería comentar una cosa. ¿Sabes que el otro día fui a…?
—Ay, espera, que ha parado la música.
Gracias por esperar. Todos nuestros agentes siguen ocupados. En breve le atenderemos.
—Nada, Pitingo otra vez. ¿Qué me decías?
—Que fui a ver a mi padre el otro día y pasé por la…
—Espera, espera, ¿a tu padre?
—Sí.
—Pero si no te hablas con él desde yo qué sé cuándo.
—Ya, no sé, pues fui. Pero espera, que no era eso. Pasé por la…
—¿En serio que fuiste a ver a tu padre?
—Que sí, pero que no era eso. Pasé por la parada de autobús y me encontré…
—Espera, que creo que ahora ya sí contestan.
Gracias por esperar. Todos nuestros agentes siguen ocupados. En breve le atenderemos.
—Vaya panda de inútiles. ¿Qué decías?
—Que me encontré a Laura en la parada del bus y me dijo que…
—Espera, ¿a Laura?
—Sí.
—¿Laura la del instituto?
—Sí, esa Laura. Laura la de todo sobresalientes.
—Pero espera, ¿no estaba en Suiza trabajando en no sé qué?
—En el CERN, sí. Pero la cosa es que me dijo que…
—Ay, espera, ¿hola?
—Holabuenastardes, gracias por contactar con Yellow Communications, disculpe la espera, mi nombre es Diego, ¿en qué puedo ayudarle?
—Hola, verás, es que me habéis cobrado mal en la última factura y quería…
—¿Sunombreparadirigirmeaustedsiestanamable?
—Es que te tengo que contar que Laura me dijo que había una…
—Alfredo. Espera que ahora no puedo. ¡No, no te lo digo a ti! Ahora me lo cuentas. No, digo, que me habéis cobrado mal y…
—Dígamesiestanamableelnúmerodecontrato.
—Ay, pues no lo tengo a mano. Espere un momento y lo busco.
—Cómo no, espero.
—…una plaza libre en su laboratorio en Lausanne pero que tenía que contestar enseguida y le dije que…
—¿El número de contrato viene en la factura? ¡Espera un momentito!
—Sí señor, ya me espero.
—No, no es a ti, espera a ver, aquí está, sí, el número es el 5492618.
—Muchas gracias, voy a hacer unas comprobaciones, por favor manténgase a la espera.
—…le dije que sí.
—¿Que sí qué? ¿Hola?
—Sí, señor, estoy realizando unas comprobaciones, por favor manténgase a la espera.
—¿Le dijiste que sí a tu padre?
—No, a Laura. Para ir a Suiza, a su laboratorio.
—Espera, ¿a Suiza?
—¿Señor Alfredo? Le paso con nuestro departamento de incidencias, por favor, no cuelgue.
—Pero… Sí, digo no, digo quiero decir, no cuelgo, ¿cómo que a Suiza?
—Es que Laura no podía esperar y yo…
—Gracias por esperar, señor Alfredo, mi nombre es Deyanira, ¿en qué puedo ayudarle?
—…y yo tampoco.
—¡Pero espera, espera, qué dices!
—¿Señor Alfredo?
—¡No es a usted! ¡Espera, no te vayas! ¿Cómo que no podías esperar? ¡Espera!
—Señor Alfredo, gracias por mantenerse en espera. Le informo de que no detectamos ninguna incidencia en su factura. ¿Señor Alfredo? ¿Oiga? Oiga, ¿sigue ahí? ¿Hola?


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Enviado por Daurmith el 2016-11-14 a las 18:02


~ 2016-10-17

A estas horas siempre se prepara un té. Está oscuro aún, pero no enciende la luz; los tirones de la persiana resuenan en el apartamento en penumbra, cálido aún, con aliento de sueño. Los edificios, fuera, son grises e insustanciales. Las farolas de luces de sodio dibujan la cocina en volúmenes negros y naranjas.
El aire frío le hace respirar con ansia, con prisa, antes de volver al calor quieto de la cocina. Solo se adivinan las formas de los muebles, pero son tantos años en ella. Para qué más. Un anillo azul pálido de llamitas de gas calienta la cazuelita con agua.
Se sienta en la mesita de plástico a esperar. Es un momento antes de que empiece el miedo, un momento tranquilo. Por la ventana entra aire frío, el pasillo exhala aire caliente.
El azúcar está apelmazado. Siempre se le olvida que el médico se lo prohibió. Aún así, pasa un rato golpeándolo con la cucharilla, removiéndolo para soltar los terrones apelmazados. Es otra manera de no pensar en el miedo.
La mañana ha empezado a ser cielo más que penumbra. Se toma el té a sorbos breves, cuidadosos. Mide la cercanía del miedo por el nivel de líquido que queda en la taza.
Se va a despertar pronto. Ha dejado de hacer tantas cosas, pero madrugar no es una de ellas. Sonreir no es una de ellas. Desde que empezó el miedo sonreir es lo primero que ha hecho cada mañana.
Ya no queda té. Le duele el estómago por el miedo pero ya no queda té y se levanta y deja la taza en el fregadero y el miedo le enfría la piel y le afloja los músculos pero va al dormitorio y el aire que huele tanto a él le hace doblarse en dos porque por un momento el miedo le quita el aire.
Y ya se ha despertado porque nunca ha dejado de madrugar y está sonriendo porque nunca ha dejado de sonreir. Y cuando ella se inclina para darle un beso él le acaricia el cuello y el seno y como cada día su mano se detiene y nota el bulto grande, y el otro más pequeño junto a él.
Era médico antes de que su cerebro empezara a desaparecer. Era médico, y podía haberlo olvidado, pero lo recuerda. Cada mañana lo recuerda y pierde la sonrisa. Y ese, ese, es el miedo.

N. de la A. ¿Y esto a qué viene? Viene a que existe Divagacionistas y a que por algo hay que empezar. No voy a hacer ningún propósito de momento porque ahora mismo todo es muy incierto. Pero gracias a @Divagacionistas por la idea. A ver si la aprovecho.


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Enviado por Daurmith el 2016-10-17 a las 14:42


~ 2015-11-15

Hay tanta niebla que la chica de la curva se ha sentado en el borde de la carretera y está fumando un cigarrillo de ectoplasma con el ceño fruncido. De vez en cuando pasa algún vehículo: camiones, furgonetas, conductores que no tienen otra elección que afrontar la niebla. La chica de la curva los deja pasar siguiéndolos con su mirada oscura entre calada y calada.

Hace tanto sol que el Fantasma de las Navidades Pasadas se ha hecho una taza de té y se ha sentado en su sillón favorito junto a la ventana. A través de los paneles de vidrio grueso e irregular un Londres colorido y un poco deforme chispea y ríe. El Fantasma suspira, se arrellana en su sillón y da otro sorbo a su taza de té.

Llueve tanto que el Holandés Errante se ha quedado en la penumbra con olor a salitre de su camarote. El vigía ha avisado de un barco en lontananza pero el Holandés no da orden de cambiar el rumbo. Da otra calada a su pipa de arcilla y pierde la vista en el loco oscilar de la lámpara de aceite.

Truena tan fuerte que el fantasma de Canterville no asoma ni siquiera la espectral nariz por las troneras del castillo. Prefiere bajar a las cavernosas catacumbas que huelen a moho y a orín y pasear un poco sin rumbo entre las tumbas, mirando de vez en cuando hacia arriba como si pudiera sentir la furia de la tormenta a través de los sillares de granito.

Pero yo aún pienso ir a verte.


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Enviado por Daurmith el 2015-11-15 a las 19:23


~ 2015-11-06

...es letal para los planes, parafraseando a (creo) Helmuth Karl Bernard von Moltke.

Yo tenía un plan. No era un plan necesariamente bueno, pero era un plan de tener cosas hechas: entradas preparadas, un calendario de publicaciones, una estrategia para ir alternando temas para el blog...

Pero llegó Canarias. Allí siempre pasan cosas.

Esta semana he ido a Gran Canaria un ratito, lo cual implica una cantidad absolutamente desorbitada de horas de viaje. Pese a llegar habiéndome comido una hora en el empeño, llegué a medianoche. Y me fui al hotel.

Generalmente en los viajes por trabajo nos mandan a hoteles chulos, de grandes cadenas, de esos que te anestesian con sus decoraciones de colores muertos y sus cuadros abstractos y sus luces indirectas. Añadamos que yo estaba más zombi de lo habitual.

La primera señal de que las cosas no iban bien del todo fue encontrar cola en el mostrador de recepción y a dos recepcionistas dando vueltas uno en torno a la otra como dos satélites enloquecidos, llevando papeles de acá para allá. Me acodé en el mostrador de travertino pulido y me armé de paciencia, contemplando con cierta pena el agobio de los recepcionistas. "Se nos ha caído el ordenador", explicaba uno de ellos a un cliente, y la voz se le quebró un poquito mientras fotocopiaba un papel. Yo me entretuve copiando la contraseña de la wifi del lobby. Finalmente la recepcionista se giró hacia mí, los ojos un poco vidriosos.

—Disculpe la espera, es que se nos ha...

—Caído el sistema, sí, lo he oído, no pasa nada —la recepcionista me alargó la tarjeta-llave dentro de un elegante sobrecito de papel gris y sonrió fugazmente.

—Bienvenida, disfrute de su estancia —me ordenó, y giró sobre un pie para dirigirse a toda velocidad al siguiente cliente. Yo subí a la habitación, soñando con camas y almohadas. Eran las dos de la madrugada según mi horario.

La segunda señal de que las cosas no iban bien del todo la tuve cuando inserté la tarjeta en la ranura, se abrió la puerta de mi habitación, y lo primero que vi en la penumbra del interior fue que el soporte interior para la tarjeta (ese para que las luces se enciendan y los enchufes te permitan cargar los cacharritos) ya tenía una tarjeta.

La tercera señal de que las cosas no iban bien del todo la tuve cuando desde las sombras de la habitación una voz muy grave, muy masculina, muy soñolienta y muy enfadada gritó "¡HEY!"

Me gustaría decir que afronté la situación con frialdad y arrojo. Pero huí a tal velocidad que mi maletita iba dando tumbos por la moqueta.

En Recepción la situación con las colas seguía siendo interesante y yo no ayudé mucho.

—Perdone —dije en voz alta y clara— pero me temo que me han dado una habitación que lleva huésped de regalo.

El recepcionista gravitó pálido hacia mí, se hizo explicar la situación un par de veces, negó la realidad de lo ocurrido con espanto ("No puede ser, estaba libre") rebuscó atolondradamente en una cajita, cotejó papeles, cuchicheó con la compañera, rebuscó otra vez y finalmente me alargó otro sobrecito con tarjeta.

—Disculpe, lo sentimos muchísimo, es que se nos ha...

—Caído el sistema, sí, lo sé —dije, mirando con suspicacia la nueva tarjeta— ¿Seguro que esta está vacía?

—Segurísimo —dijo el recepcionista, aunque las sombras de la indecisión acechaban su mirada.

Lo estaba, aunque confieso que entré en ella como si fuera un personaje de película de terror entrando en el sótano de la casa abandonada.

Dormí poco pero bien. Al día siguiente el hotel me invitó a desayunar. Cuando me iba, un señor mayor muy trajeado y con grandes ojeras estaba explicándole algo a alguien importante del hotel, con muchos aspavientos. Le deseé en silencio que disfrutara del desayuno y salí al día centelleante.


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Enviado por Daurmith el 2015-11-06 a las 12:00


~ 2015-10-07

El blog ha estado estos días con la luz apagada y las sillas sobre las mesas y va a seguir así unos días más. ¿Por qué? Porque he estado liada con la Mereth Aderthad, la "Fiesta de la Reunión", o dicho de otro modo, la Convención Anual de la Sociedad Tolkien Española.

Este año va a ser especial. Muy especial. Porque será en Alicante y porque habrá muchas cosas para que todo el mundo pueda ir, ver y disfrutar. Y yo apenas estoy ayudando un poco a gente que está trabajando mucho, muchísimo, para que todo salga bien y podamos haceros pasar un rato agradable entre conferencias, música, cuentos y amigos.

Por eso estoy desconectada, porque suelo tener poco tiempo libre y en esta ocasión se lo lleva, porque se lo merece (eso y más), la Sociedad Tolkien Española. Así de paso estoy aprovechando para pensar un poco en El Trato™ y en cómo enfocarlo a la vuelta, y en otros proyectos y cosas que están, de momento, necesariamente aparcados.

Pero no os olvido, al revés. Sois parte de mis desvelos y acicate para intentar hacer mejor más cosas que antes. Cuando vuelva de la Tierra Media habrá reapertura de la Biblioteca y, esperemos, nuevas historias que contar(nos). Porque habrá ganas, muchas ganas; es lo que siempre pasa tras una Mereth Aderthad.


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Enviado por Daurmith el 2015-10-07 a las 18:40


~ 2015-09-23

Ya habréis visto que El Trato™ está en suspenso y que la semana pasada no es que no subiera tres entradas, es que no subí ni una. El por qué es sencillo; ya por lo general tengo poco tiempo y suelo escribir a ratos perdidos aprovechando los avances tecnológicos que me permiten escribir una palabra en el móvil y la siguiente en casa en el portátil y otra en un PC público de un hotel. Pero es que últimamente no hago ni eso porque el poco tiempo que me queda libre lo estoy dedicando casi del todo a ayudar a preparar cierto evento que tendrá lugar del 9 al 11 de octubre en cierto castillo de cierta ciudad que empieza por "A" y acaba por "licante".

Creía que tendría espacio mental que dedicar a todos mis hobbies pero no; y entre ensayos y reuniones, otros compromisos, y el trabajo (que también hay que atender, ya ves tú), pues ha salido perdiendo El Trato™, por lo cual me disculpo, pero poco, porque es por una buena causa, creo yo.

Y si no estáis de acuerdo siempre podéis pasaros del 9 al 11 de octubre por cierta ciudad costera que empieza por "Alic" y termina (curiosamente) por "ante", subir a cierto castillito que hay por allí, y echarme la bronca. Aunque cuando lleguéis tendréis, os lo aseguro, cosas muchísimo mejores que hacer.


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Enviado por Daurmith el 2015-09-23 a las 17:02


~ 2015-09-13

Bueno, pues hoy es el día. Hoy por fin El Trato™ (tres entradas a la semana) deja de cumplirse. No he podido escribir tres entradas esta semana. Generalmente durante la semana escribo a ratitos sueltos y el fin de semana pego un acelerón para sacar algo aunque sea cutre, pero esta semana no ha podido ser. Ahora estoy pensando si retomarlo sin más o ponerle algún fleco, no sé.

Que no es que pase nada, ojo. Para eso es mi blog y si la vida no me deja ratitos para teclear pues bueno, nos ha pasado a todos. Pero bueno, como un trato es un trato, al menos que quede constancia: esta semana no he cumplido El Trato™.

A ver la que viene.


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Enviado por Daurmith el 2015-09-13 a las 23:54


~ 2015-09-09

Y yo qué sé, pues mira, ha salido esto.


HISTORIAS DEL TERCER REINO

Escucha.

Está el Primer Reino, donde estamos tú y yo ahora: hueso y piel y carne, lo que somos con los ojos abiertos. El Primer Reino es el Reino que tiene el gran mar al norte, el gran río al este, las grandes llanuras pardas al oeste y al sur una enorme ciudad de piedra dentro de otra enorme ciudad de piedra, donde viven los poetas y los matemáticos.

Está el Segundo Reino, donde estamos tú y yo cuando nos contamos historias para hacernos creer que somos otra cosa. Este Reino está pegado al Primer Reino pero al norte tiene un lago con un castillo en el fondo, al sur un precipicio, al este un bosque y al oeste una ciénaga. Es un Reino peligroso en el que es fácil perderse.

Y luego está el Tercer Reino, donde están los otros, los que cuentan las otras historias, las historias que tú y yo no sabemos. El Tercer Reino vive entre el primero y el segundo, pero no tiene fronteras porque es como el aire dentro de una esponja: a veces ahí, a veces no, y su forma no la puede recoger ningún mapa.

¿Me estás escuchando?

*.*.*.*


Había una vez un joven que vivía en el Tercer Reino. Este joven era porquero, y un día que fue al mercado vio a una muchacha que tenía el cabello brillante como una castaña, la piel como nata fresca, la risa como el canto de una bandada de verdecillos. El joven se acercó a ella y la saludó cortésmente, pero ella nada más verlo palideció, dio un paso atrás y se fue corriendo.

Apenado, el joven fue a ver a la bruja del pueblo. La bruja estaba moliendo hierbas en un mortero de piedra y fumando en una pipa negra y vieja. En cuanto vio llegar al joven dejó el mortero a un lado y dio un par de fuertes caladas a la pipa.

—Bruja —dijo el joven—, he conocido a una joven que tiene los cabellos hermosos como castañas maduras, la risa como el canto de los pájaros esos pequeñitos y verdosos y la piel como crema fresca, pero ella no me quiere, ni siquiera quiere hablarme. ¿Qué puedo hacer?

—¿Qué quieres hacer? —preguntó la bruja. El joven pensó un poco.

—Quiero hablar con ella para saber cómo es, al menos. Si además de ser tan guapa le gustan los cerdos quizá nos llevemos bien.

La bruja aspiró una bocanada de hediondo humo de tabaco y miró al joven de hito en hito. Finalmente asintió.

—Está bien, te ayudaré para que puedas hablar con ella. Pero has de jurar que harás todo lo que te diga, tal como yo te diga.

El joven juró.

—Escucha pues —dijo la bruja—. Estas cosas me has de traer al anochecer en la próxima luna llena: uñas de tus manos y de tus pies, y cabello de tu cabeza, suficiente para rellenar este saquito de cuero que te doy. Y antes de venir irás al río y te desnudarás y entrarás en el agua poniéndote cara al este. Y frotarás toda tu piel con arena ni muy gruesa ni muy fina y mientras lo haces masticarás hojas de mastranzo. Y cuando estés frotando toda tu piel con arena repetirás "A la una y a las tres, del derecho y del revés" cincuenta veces, ni una más. Y tras decirlo cincuenta veces sin dejar de frotarte con arena saldrás del agua y te vestirás con ropas todas de lino blanco y vendrás aquí.

El joven así lo hizo y la siguiente luna llena llegó a la cabaña de la bruja vestido de lino blanco y le entregó el saquito con pelo de su cabeza y uñas de sus manos y de sus pies. La bruja lo tomó y lo llevó detrás de su cabaña, donde salmodió unos encantos. Cuando reapareció ya no tenía el saquito, pero sí una pequeña planta con hojas verdes y flores cerradas en apretados tubitos blancos que entregó al joven.

—Toma esta rama de cestro —dijo la bruja— y ve a donde está la joven. No te huirá, pero préndete la rama al fajín y obsérvala bien mientras hablas con la joven. Cuantas más veces ella sonría a lo largo de la noche más se abrirán las flores blancas del cestro y así sabrás que todo irá bien. Y si las flores se abrieran del todo dale la rama y despídete hasta el día siguiente y ella ya no te huirá más.

Y el joven así lo hizo y pronto se les vio pasear de la mano por la plaza, riendo juntos. Y una noche la bruja recibió la visita de otra bruja vecina que había oído la historia y mientras tomaban té con pastas la otra bruja le preguntó qué hechizo había usado. Pero la bruja del pueblo solo sonrió por un lado de la boca y no dijo nada, porque si lo hubiera explicado (tal es el poder de las brujas) la historia ya no correría por toda la comarca como corre ahora tal como te la estoy contando yo.



P.S. Que el avispado lector o la avispada lectora proporcione la moraleja, si la hubiere ;-)


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Enviado por Daurmith el 2015-09-09 a las 17:13


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