~ 2012-01-26

Llega un momento, en la vida de toda Daurmith, en que tiene que venir a Colonia, mirar el majestuoso Rin, mirar luego la preciosa Catedral, tomar aire, y decir "Qué frío hace aquí".

Cumplido tan serio trámite, y con las orejas doloridas, no cabe más que meter las manos en los bolsillos y olvidarse por completo del aire gélido y de la llovizna polar mientras caminas por una ciudad bonita, manejable, amiga de peatones y ciclistas, con chisteras en los escaparates y una cantidad a todas luces sensata de bares, cervecerías y restaurantes en los que te sirven lo que parece el codillo de cerdo más grande del mundo (con chucrut y puré como está mandado), y unas cañitas de una cerveza dorada, fresca y suavecita, que desaparecen cuando se quedan vacías y son sustituidas por otras llenas de más cerveza recién tirada, al parecer eternamente o hasta que pides clemencia.

Entre estos agradables intervalos han quedado diez horas de reuniones, presentaciones, visitas y trabajo, pero de eso aquí no se habla. Se habla de que Colonia mola, que creo que es un dato de interés más general. Y sí, tienen un museo del chocolate. Y no, no pienso ir, ¿estáis locos? Si lo hago me encuentran fallecida pero feliz en la tienda del museo, fijo. 


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Enviado por Daurmith el 2012-01-26 a las 17:55


~ 2012-01-23

Más que GIGO, parece que lo de la investigación en España va, voluntariamente, por el camino del NINO: no pongo nada, de modo que no voy a sacar nada.

Estoy hablando, claro, de lo de "cero plazas" en investigación. Los investigadores que ya están no es que estén en un lecho de rosas: menos financiación, seguridad laboral del modelo "ja-ja", una sociedad que percibe vagamente que sí, que los investigadores son necesarios, pero que en realidad, creo, no se da cuenta de lo necesarios que son.

Este video, que está recorriendo los mentideros digitales, da a entender la situación:






Cero Plazas from Felix G. on Vimeo.


Pero la da a entender, perdonadme, muy mal. Porque el efecto no es tener un montón de vistas melancólicas de un laboratorio vacío. El efecto es que no habrá siquiera laboratorios; acabarán todos convertidos en chiringuitos y en outlets. El efecto es quedarnos del todo descolgados de una carrera en la que vamos, ya, fatal. Y no por falta de buenos corredores, sino por incomprensión general y por invasión casi enfermiza entre instituciones y buena parte de la ciudadanía del ?¿Pero esto para qué sirve?? Porque claro, ya que pongo pasta, quiero resultados y los quiero ya. ¿Verdad? Lógico, ¿no?

No. No sé cómo decirlo, no sé cómo hacer llegar mi frustración ante cualquier recorte en investigación básica, no sé cómo transmitir mi percepción de que estos recortes nos van a pasar factura dentro de diez, quince, veinte años. Dentro de una y dos generaciones. No es cosa de recortar ahora y luego enchufar unos milloncejos al sistema y ya está. La investigación no es un iPod, que si se queda sin batería lo enchufas y ya. No puede ir a trancas y barrancas. Hace falta una cadena continua de padres y profesores interesados, comprometidos y motivados que trabajen y presionen para conseguir estudiantes interesados, comprometidos y motivados, apoyados por un gobierno interesado, comprometido y motivado y una sociedad interesada, comprometida y motivada que sepa reconocer y aprovechar el valor de la investigación básica por sus réditos a largo plazo. Así tendremos investigadores, e investigación, y entonces realmente sabremos todos para qué servía. Para mucho. Pero esto no es flor de un día ni tienes el dinerito en el banco al segundo ejercicio. No funciona así.

Si rompes cualquier eslabón de la cadena la has pifiado. Pensar que el momento de recortar en investigación es durante una crisis es no entender, en absoluto, que la investigación sirve para salir de las crisis. Y así nos va.

En fin, perdonadme el desahogo, que la verdad es que me he puesto un tanto apocalíptica. En realidad estoy contenta porque Blogalia cumple diez años. Pero es que se empeñan en ponerte delante estas cosas y una, qué le vamos a hacer, se enfada.

Addendum: Con mi suerte, voy y escribo esto juuuusto el día en que Nacho Vidal es Trending Topic en Twitter España. Sip. Vamos bien.


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Enviado por Daurmith el 2012-01-23 a las 18:31


~ 2012-01-22

Blogalia, este sitio desde el que os escribo doy la tabarra desde hace ya, buf, la tira, cumple diez años. Esto merece que os revele un secretito, y el secretito es este. Todavía no me he recuperado del shock de saber que rvr, el creador, mantenedor, director y Jefe Supremo de Blogalia, nos haya aguantado tanto tiempo.

Cuando los blogs eran apenas una excentricidad de unos pocos en Internet, rvr ya vio que tenían un algo y se curró un portal de blogs. Se lo dijo a unos cuantos amigos (yo me hice la remolona, pero finalmente cedí, y nunca jamás me arrepentí), y desde entonces ha estado atendiendo con paciencia nuestras rabietas, preguntas y tonterías, arreglando varias y diversas catástrofes informáticas, y en general manteniendo un sitio que (creo yo) le debe dar bastantes dolores de cabeza. Todo porque sí. Porque nos ha dado una casa y no le importa que pongamos los pies en el sofá, nos bebamos su cerveza, y tiremos palomitas en la alfombra mientras comentamos alguna jugada internetera entre todo. No nos ha pedido nada ni nos ha dicho, en diez años, "Mirad, ha sido divertido, pero tengo mi propia vida y me gustaría cerrar esto y dedicarme a otras cosas que me aporten más que esta". Como sería su derecho.

Así que llevo diez años agradeciendo a rvr (aka @vrruiz) que montara Blogalia y nos dejara quedarnos, pero en silencio, para mi capote, en plan discretito y, admitámoslo, egoísta, no sea que se dé cuenta de lo que está haciendo, le entre un ataque de cordura, y deje de tomarse molestias para que los demás podamos decir tonterías.

Porque estoy muy a gustito en Blogalia y quiero seguir aquí mucho más tiempo. Pero ya es hora, creo, de decir públicamente: muchísimas gracias, rvr, por todo el trabajo que te tomas para que podamos estar aquí. No creas que no nos damos cuenta, ni que se nos olvida.

Nos vemos por aquí.


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Enviado por Daurmith el 2012-01-22 a las 18:57


~ 2012-01-18

Aclaro que la sopa me encanta. Y el potaje, y los purés. Lo que no me gusta es la SOPA, la Stop Online Piracy Act (estos chicos y sus acrónimos son la mar de tiernos, me recuerdan a cuando lo de la PATRIOT Act).

Mafalda lo explica bastante bien (por una vez ella y yo estamos de acuerdo en nuestra postura respecto a la sopa, digo, la SOPA), y hay muchos otros sitios donde podéis encontrar información. De momento a la protesta se han unido Google, Wikipedia, Quora, Wordpress, MediaLab (del MIT), y supongo que bastantes más sitios.

Ah, y Escéptica. Y ¡yo!, por supuesto (solo faltaría...). Pretender censurar internet obligando a las operadoras a que escudriñen el tráfico de sus usuarios es, a estas alturas de la película, no sólo una soberana tontería, sino un indicador de que hay mucha gente muy poderosa que no se entera todavía de cómo funciona realmente internet. Y esto es muy malo.

Curiosamente, el director de Twitter no se une a la protesta porque dice que no tiene sentido que una empresa global proteste por una ley nacional.

No debe haberse enterado de que algunos países se inmiscuyen en las leyes de otros países con bastante tranquilidad, véase si no esto (o esto), sobre las presiones de Estados Unidos a España para la aprobación de la Ley Sinde, sin ir más lejos. De modo que a mí me parece que lo que pase con internet cualquier lado afecta a internet, no a un país en concreto, y a mí internet me gusta sin monitorización previa de contenidos, sin primar intereses comerciales sobre el libre intercambio de ideas, sin trabas a la innovación.

Porque las cosas han cambiado, creo que en general para bien, gracias a internet. Y no me gusta que intenten anular eso.


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Enviado por Daurmith el 2012-01-18 a las 09:28


~ 2012-01-15

http://farm8.staticflickr.com/7033/6701266225_8bba62b36e_m.jpg


Es domingo, hemos comido unas lentejas riquísimas, y después del café estaba yo sentada frente a la pantalla en blanco, con la mente igualmente en blanco.

Son circunstancias como esta las que hacen caer imperios, porque las cosas empiezan así, tontamente. La tontería en este caso ha sido mía (bueno, en este caso y en otros muchos, pero disimulen). Estaba, como digo, con la mente en blanco al igual que la pantalla, y por un cortocircuito neuronal de esos que no hay Punset que explique, se me ha ocurrido empezar a contar los azucareros de casa.

No de mi casa, aclaro, porque estoy en el pueblo en casa de mis padres. Y estaba mi madre a mi lado haciendo crucigramas en su iPad (sí, ¿qué pasa? Y más cosas que hace), cuando he dado voz a mi inquietud:

-¿Cuántos azucareros tenemos?

Hay que decir, en honor de mi madre, que está más que acostumbrada a que su retoño le salga con las preguntas más peregrinas en los momentos más inesperados, y sin siquiera parar la constante actividad del stylus sobre la pantalla, ni hacer aspaviento alguno, ha dicho:

-No sé. Muchos.

Ya, pero una es científica, entiéndanme. Si no por nómina, sí al menos por perverinclinación. "Muchos" no es lo suficentemente cuantitativo. Así que he abierto armarios y alacenas, he rebuscado en estantes y en recovecos que no sabía que teníamos, y la cuenta es de once.

Ahí arriba los tienen. Está el grande de plata de las bodas de plata de mis tíos abuelos, y a partir de ahí, en sentido horario yendo por fuera, uno de metacrilato con frambuesitas que nos regaló una amiga, el del juego de desayuno, dos de metacrilato (uno con fresitas y el otro con algo misterioso amarillo que creo que son membrillos) regalo de la misma amiga que el de las frambuesitas (muy maja, pero poca imaginación), el de acero regalo de boda de mis padres, el del juego de café de diario, el de plata y cristal también regalo de boda de mis padres, y luego en el interior está el de cristal que era de algún pariente, el blanco de cerámica que es del juego de café bueno (que fue un regalo de otra amiga, no la de los azucareros de metacrilato con frutitas, otra amiga diferente), y para acabar el de un juego de café de mi abuela que no tiene tapa porque se rompió. La tapa, no mi abuela. Que ahora que lo pienso, también.

Y ahora viene la pregunta, ¿para qué queremos once azucareros? Hombre, nos viene de vicio para conjuntarlos según las tazas que saquemos (porque no todos combinan con todas, faltaría), y por si nos entra un bajón de glucosa, que hasta ahora nunca nos ha entrado, pero claro, ¿cómo nos va a entrar, teniendo azucareros al alcance de la mano en cualquier circunstancia? Os diré también, porque hoy tengo el ánimo suicida y quiero acabar con la poca reputación que me queda a base de informaros de estas cosas, que todos ellos están llenos de azúcar moreno, menos el de metacrilato con frutitas amarillas misteriosas que creo que son membrillos; ese está lleno de azúcar blanquilla, para los cagaoscobardes a los que no les gusta el azúcar moreno, que sabe mucho mejor que el otro, dónde va a parar. Bueno, también os diré que el de acero regalo de boda de mis padres está vacío. Pero es el único. De hecho no descarto que tras subir esta entrada lo llene. Porque ya puestos a tener once azucareros, hay que tenerlos llenos; si no, no tiene sentido tener once azucareros.

Y no os riáis. Que los que os reís es porque no habéis contado los azucareros que tenéis en casa. A ver si va a resultar que quien menos azucareros tiene somos nosotros.


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Enviado por Daurmith el 2012-01-15 a las 15:59


~ 2011-12-23

En el capítulo anterior me había ido a la cama sin luz, al amor de las velas. Esto no es especialmente traumático.

Levantarse de la cama sin luz, cuando aún está oscuro, y hacer las tareas cotidianas (ducha, desayuno, torneo de bostezos, y demás) al amor de las velas, pues ya es un poquito más traumático. Sobre todo la ducha. Al menos en el XIX tenían quinqués y lámparas de queroseno y cosas, no como yo, que venía mal preparada al pasado. Existe la posibilidad de que ese día me duchara con champú, o quizá con el limpiador de baños (total, todo huele ahora mismo a vainilla, o a frambuesas con nata y crujiente de berros relleno de espuma de foie). Pero al menos salí viva, con la piel más o menos intacta, y conseguí no partirme la crisma al buscar el albornoz a la palpa, mientras fuera empezaba a apuntar un amanecer enfurruñado color azul azafata.

Sintiéndome como si saliera por la puerta de un TARDIS, cogí todos los cargadores del mundo y huí al trabajo a regodearme en el brillo de las pantallas de LEDs y a recargar las baterías de todos los cacharritos, sin hacer caso de las miradas entre espantadas y curiosas de quienes veían el ovillo enmarañado de cables que había aparecido a mi alrededor. A la hora del café me fui a un bazar y compré ocho velas, una lámpara de LEDs, dos linternas, pilas y cerillas. Por si acaso. Rodeada de ordenadores y teléfonos móviles, me encontré planeando mentalmente un vivac urbano en el que cocinaría con gas y montaría un pequeño rincón confortable iluminado por velas y linternas a manivela, seleccionando algunos libros y una moleskine donde anotar mis aventuras en el mundo pre-tecnológico. Algo en plan diario de viaje, con entradas como: Jueves. Las temperaturas han vuelto a bajar. Me preparo sopas de ajo en el hornillo de gas. Escribo dos sonetos deprimentes y un ensayo sobre la revolución social. Menos mal que no tengo casera, porque si llego a tener, seguro que hubiera venido a cobrar el alquiler y le hubiera tenido que decir que no. Estuve a punto de comprarme unos guantes de esos con las puntas de los dedos cortadas, para escribir con ellos puestos y darle más autenticidad a mi estancia en la vida bohemia, pero me dio corte. Luego llamé a un electricista de mi barrio.

-Tenga usted buenos días –dije, ya totalmente imbuida del espíritu decimonónico-. Cortóse la luz en mi vivienda, y me preguntaba si sería posible que viniera a efectuar las necesarias reparaciones a la mayor brevedad posible, suya afectísima, etcétera.

Tras un momento de silencio, el electricista me aseguró muy amablemente que si yo podía estar a tal hora, “el chico” se pasaría a echar un vistazo a mi apuro.

“El chico” resultó llamarse Cristóbal, y era un hombre bajito, vestido de pana, que ya no cumplía los sesenta y que charlaba con afable volubilidad sobre su hijo (que había estado en Alemania) mientras buscaba la causa del desaguisado. Abrió uno de los cajetines y emitió uno de esos ruidos que hielan la sangre de los dueños de instalaciones antiguas:

-Buf –dijo-, lo que hay aquí.

Acto seguido metió mano en el agujero y sacó una especie de tentáculo negro y viscoso que podía haber pertenecido fácilmente a un primo de Cthulhu. Y luego otro, y otro, y otro, hasta que del agujero pareció asomarse una araña monstruosa con exceso de patas y de mal humor.

-Son cables de los antiguos –me explicó Cristóbal, que había cortado patas a la araña con alegre abandono y ahora me enseñaba una sección de cable, negra y rígida, forrada de una tela trenzada que casi se deshacía al tacto y con un alma de cable que parecía robado al taller de Thomas Alva Edison. Yo la miré con espanto, mientras Cristóbal metía la mano hasta el codo en el agujero, efectuaba una misteriosa manipulación, y me pedía que conectara de nuevo el diferencial.

Lo hice, y la luz se hizo. Mi alegría duró poco, porque Cristóbal me pidió que lo apagara de nuevo, e iluminado por la lámpara de LEDs se dedicó a pelearse con los cables de la instalación, que gracias a sus titánicos tirones salían a desgana de las paredes, como si estuviera arrancándole los nervios a la finca. Los sustituyó, usando probablemente magia, por otros más pequeños y bonitos, azules y marrones, conectándolos aparentemente al azar; cambió un interruptor roto; remetió algunos tentáculos recalcitrantes que se acurrucaron, mohínos y vengativos, en el hueco del cajetín; le echó una bronca tremenda a la lavadora que no quería conectarse a la primera, y finalmente conectó el diferencial y mi casa volvió al siglo XXI.

Mientras yo correteaba de un lado a otro abriendo la nevera y extasiándome ante la luz del interior, pulsando botones del microondas, y conectando los cargadores de los teléfonos, Cristóbal recogió metódicamente sus herramientas, me dejó de recuerdo un cacho del cable que había exhumado, me comentó que en unas semanas le tenían que sacar una muela, cobró y se fue.

Y esta es la historia, querida blogosfera, de mis aventuras en la era pre-electrónica. Que nunca os pase a vosotros salvo con vuestro beneplácito, y felices fiestas.


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Enviado por Daurmith el 2011-12-23 a las 17:32


~ 2011-12-22

dark lightbulbEl otro día volvía yo de un viaje de un par de días, ya tardecito. Entré en casa e hice el gesto que todos hacemos al entrar en casa: con una mano empujas la puerta, das un paso adelante, y buscas a la palpa el interruptor de la luz, cuya ubicación te sabes de memoria.

Y no pasó nada.
Bueno, pensé. Ha saltado el automático, el diferencial, como se diga. Usando la luz de la escalera, lo localicé y tchack sonó el rico y sonoro chasquido de un diferencial que se niega a rearmarse.
Vale. Maleta dentro de una patada, abro la app de linterna del móvil, intento lo mismo un par de veces pese a saber que obtendría el mismo resultado (¿no dicen que por ahí está la locura?), hasta que, con creciente cabreo impotente, me doy cuenta de que sí, efectivamente: estoy sin luz.
No sólo sin luz: estoy sin nevera, sin lavadora, sin microondas. Sin enchufes para poder recargar las baterías de a) el teléfono del trabajo, b) mi teléfono que está perdiendo batería a toda velocidad con tanta linternita, c) el iPad, y d) el MacBook. Sin modem, y por tanto sin internet. Sin PC de sobremesa.
¿Y ahora dónde están, me pregunté, las velas? Porque claro, toda casa tiene velas, y la mía no era una excepción. Pero a saber dónde. De modo que encendí un mechero que encontré por casualidad y me puse a buscar velas. Encontré dos, resecas y polvorientas, que parecían tener mechas hechas de amianto y dieron una luz mortecina y desganada, como si hubieran perdido todo el entusiasmo por la combustión.
Es sorprendente la de cosas que dejas de poder hacer por estar sin luz. Tras dar unas vueltas un tanto alocadas por el piso a oscuras, como una peonza, me senté frente a una de las velas procurando adoptar una actitud caravaggiesca y pensé. Mis pensamientos, en ningún orden en particular, fueron por estas líneas generales.

-Estoy sin luz.
-Qué frío hace aquí.
-Es demasiado tarde para llamar a un electricista.
-Qué oscuro está esto.
-Podría leer un libro.
-Pero qué frío hace.
-Estoy sin luz.
-Podría aprovechar y limpiar la nevera (seguido de "No, que no veo")
-Podría ver una pelíc... Esto, nada.
-Podría jugar a Arkham Asyl... Leñe, tampoco.
-Podría cenar algo (porque mi cocina es de gas), seguido de:
-Hervido no, que lo mismo me rebano un dedo pelando las verduras a oscuras.
-Tengo verduritas congeladas, podría hacerlas sofritit... Ah, no. Estaban en el congelador. Que está en la nevera. Y que lleva horas, quizá días, descongelado. Efectivamente: días.
-¿Pan? Congelado también. Y ahora, mojado.
-Leche con cereales (aquí me quedé).

Acabé acurrucada en la cama con un libro y la otra vela cerca, bien envueltita en el edredón, lanzando desde el móvil por Twitter un quejoso "estoy sin luz" que motivó que varios amigos ingenieros se interesaran por el problema y huyeran horrorizados al decirles que mi piso, de fases nada. Un diferencial de los antiguos y basta. Qué es eso de tener una fase para la lavadora y otra para los enchufes, oiga, eso son refinamientos de señorito.
De modo que, a falta de un decimonónico chal, una mecedora y una chimenea para mecerme ante ella, me adapté lo mejor que pude a la vida en el siglo XIX usando el gas para calentar un tazón de leche, ahorrando cuidadosamente la batería de mis múltiples cacharritos, y haciendo planes que ni Churchill para conseguir tener en casa un electricista al día siguiente.
Y vino. Vaya si vino. Lo que se encontró... es ya otra historia.

Photo by atduskgreg under CC license (go to his Flickr photostream)


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Enviado por Daurmith el 2011-12-22 a las 18:54


~ 2011-12-21

Está la red ahora mismo revolucionada por el estreno en internet del ya famoso anuncio de Campofrío, y tengo a la mayoría de mis contactos emocionados y encantados y a otros pocos renegando y diciendo que si es cursi y rancio y tal.

No os habéis enterado. Este anuncio nos revela mucho más de lo que parece a primera vista.


Veamos. Durante un hermoso y melancólico atardecer invernal, una serie de cómicos se van reuniendo, con expresiones contritas, mientras una cálida voz en off va contando que a veces no dan ganas de reirse ni de hacer reir y tal.
¿Dónde se reunen? En un cementerio. ¿Y cuando se reúnen, qué hacen? Comer fiambre. ¿Lo pilláis? Fi-am-bre, gente. Cementerios, fiambres. Son cultistas necrománticos. Llevan flores y bestias para el sacrificio (todos habéis visto el conejo, a ver qué va a hacer si no ese bicho en un cementerio).
Y una vez terminado el festín ritual (al conejo no se le vuelve a ver en ningún momento, sospechoso, sospechoso), uno de ellos, el más sospechoso, con sus gafas oscuras (¿qué esconden esos cristales? ¿Por qué se nos niega la visión de unos ojos que probablemente se asomaron a la locura?) los agrupa para llevárselos.
Y todos se reúnen frente a una lápida. Dos de ellos se miran, y se abrazan. ¿Por qué se abrazan? ¿Acaso entraña un peligro letal lo que hay que hacer a continuación? ¿Acaso el que finalmente se atreve a dirigirse al Maestro tendrá luego el honor de ser devorado por él? Todo parece apuntar que sí. Porque fijaos.
El designado hace la pregunta. A una lápida, insisto. Y tras unos momentos de tenso silencio, suena un teléfono móvil. ¡Pero no el del distinguido con el honor de dirigirse al Maestro! No, es otro teléfono, como diciendo "tú ya estás listo". Como diciendo "es tarde para ti". Y quizá también para todos.
Sí, se ven sonrisas cuando, mágicamente, todos pueden escuchar la voz del Maestro incluso con la calidad de telefonía móvil que tenemos en este país. Pero ¿qué es lo que dice? ¿De qué habla? ¡De guerra! ¡De cargas enemigas al amanecer! ¡¡Les está avisando de la inminente destrucción que se avecina!!
Y ante eso, ¿qué hacen los asistentes? ¡Sonríen, se abrazan, se muestran felices y esperanzados, incluso el que ha sido marcado por la destrucción! Está claro: son acólitos de Cthulhu, y este anuncio es un claro aviso de que el Antiguo que duerme en R'lyeh ha despertado. Y viene a por nosotros.

Ia ia Cthulhu fhtagn! Luego no digáis que no os lo advertí.


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Enviado por Daurmith el 2011-12-21 a las 16:46


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