~ 2009-06-24

Acabo de encontrarme, por sorpresa, con un día de fiesta. Las Palmas celebra fiestas fundacionales y aquí y en un par de municipios es festivo. No pienso quejarme. También acabo de encontrar, me parece, y tras no poco esfuerzo, el único local con wifi de Las Palmas, o de la zona de Las Palmas por donde me muevo.

Ayer fue la fiesta del solsticio (el solsticio senso strictu fue el 21) y la playa de Las Canteras se llenó de gente. Me parece que lo que se celebrara o dejara de celebrar les daba un poco igual, salvo a pequeños y alegres grupos de neopaganos y wiccans que sí que hicieron flotar velitas y ofrendas frutales en las olas de la playa, que venían algo magulladas de darse contra la Barra. Pero la mayoría de la gente fue a pasar una noche de juerga en la playa, a darse un chapuzón, a ver los fuegos artificiales y a bailar al son de la música que se pusiera a tiro. Lo cual es una celebración solsticial tan buena como cualquiera y mejor que muchas.

Esta mañana la playa estaba limpia como una patena, con algunos optimistas tomando un sol aplatanado y grisáceo. Yo me he ido a dar una vuelta, con la idea de encontrar alguna red wifi abierta para poder cotillearos cosas a pie de calle, por así decir. Y por tomar un poco el aire, ya que no el sol. Pero nones. Algunos hoteles, celosos de sus ingresos, tienen wifis cerradas. O abiertas en sus terracitas, que estaban llenas a rebosar (y ni un solo ordenador en uso). Y yo haciéndome kilómetros con el teléfono en la mano buscando redes abiertas, como una buscadora de oro algo enloquecida.

Por fin he encontrado un local con wifi. Se llama Clandestino y es un local la mar de agradable, con cosas como medallón de cebra en su menú, música chill out de ambiente, personal simpático que conversa en voz baja en la barra sobre lo difícil que está encontrar un sitio donde vivir, y, claro, wifi. Y yo estoy feliz como una lombriz, aquí con mi mac y tomándome algo antes de comer. No sé si comeré aquí. Las posibilidades son muchas e intrigantes. Quizá (leo del menú escrito con tiza en la pared) medallón de cebra, solomillo de avestruz, lomo de canguro, o ancas de rana. ¿Quién dijo miedo?

P.S. Tras haber comido aquí, me apresuro a recomendar el local a todo quisque. La comida es sensacional (he comido de menú y ha sido un festín), el personal encantador, y tienen wifi. Para mí, el restaurante perfecto.


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Enviado por Daurmith el 2009-06-24 a las 15:05


~ 2009-06-21

Domingo en Las Palmas. No hay curro, ¡yupi! Peeeero hay hambre. Pero también hay sueño y vagancia. Pero sigue habiendo hambre. Pero camitaaaaa. Pero... solete fuera, la playa, fotos que hacer, sitios por los que pasear. Pero jolín, qué bien se está haciendo el vago. Claro que con el hambre que tengo... Ay.

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Enviado por Daurmith el 2009-06-21 a las 11:17


~ 2009-06-19

Sigo con mi propósito de a) actualizar más a menudo, no necesariamente por una buena razón, y b) sacar a pasear la Phileas y la Moleskine más a menudo para perder la rigidez, la falta de costumbre, que me preocupaba en la entrada anterior. Se corren riesgos haciendo estas cosas.

El riesgo mayor ha sido en este caso, quiero decir en el caso b), que se me ha destintado la pluma y me ha dejado las manos de un precioso color azul Mares del Sur®. Pero hay otras cosas que no han sido un riesgo.

Una de ellas ha pasado hace una escasa media hora. Volvía al hotel. Cerca hay un restaurante gallego. Nunca me he fijado mucho, porque aunque no le hago ascos a una buena sopa de marisco, raras veces paso por delante con las ganas o el tiempo necesario para tomármela. De modo que doy una mirada de refilón, fijándome apenas en la entrada con escalones, la barra de obra recubierta de azulejos, el interior complicado, con pasillos y cortinas y menús escritos en tiza, el televisor emitiendo fútbol.

Esta noche alguien cantaba. El sonido se emitía por un equipo normalucho sin más, y salía estridente, distorsionado, demasiado alto. Un hombre y una mujer cantaban a dúo "Solamente una vez", con muchas ganas y cierta falta de control. Quizá era un karaoke. Ella, de voz más educada, intervenía con segundas voces, suavizando la leve, casi entrañable, sobreactuación de la voz masculina.

Un paso para captar la escena. Otro paso para empezar a ver el interior del local. Otro paso para ver, delante de la barra de obra recubierta de azulejos, a una pareja bailando despacio, abrazados, sonriendo con todo el cuerpo. Absolutamente felices. Y me detengo para verlos.

Y un segundo después doy el siguiente paso y los pierdo de vista. No sigo mirando, no retrocedo. No quiero seguir mirando: es un momento que debe pertenecerles sólo a ellos. Porque hay cosas que quizá ocurran solamente una vez.

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Enviado por Daurmith el 2009-06-19 a las 00:54


~ 2009-06-17

Me he ido al barrio de Vegueta a un recado. Y me he ido sin cámara ni Moleskine, como si no fuera yo. Tanto es así que para sentirme yo me he comprado un libro en blanco y me he puesto a escribir que me he ido a Vegueta sin cámara ni Moleskine y que me he comprado el libro en el que me he puesto a escribir para poder decirlo. Y toda esa recursividad ha tenido lugar tomando un té frío en una terracita junto a una mesa con cuatro violinistas hablando del precio de los violines, en un callejón peatonal con las casas pintadas de colores vivos combinando con el color más tenue de los desconchones.

Tras un rato de escribir a mano notaba la mano torpe, rígida, algo rebelde, y queriendo apresurarse, como si escribir estas cosas fuera un medio para un fin. Esto no puede ser. Hay que ponerle remedio.

Debería existir un adjetivo para aquellas situaciones o actividades en las que la recompensa no está en su culminación, sino en su realización.

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Enviado por Daurmith el 2009-06-17 a las 21:29


~ 2009-06-11

El hotel en el que me alojo ahora (sí, llevo unos 4 meses alojándome en hoteles) está más cerca aún del mar, que no veo desde el balcón, paradojas de la vida. El suelo es de frescas losas de travertino, limpian con algo que huele levemente a coco, e invitaría al relax y al solaz de no ser porque estoy aquí por trabajo.

Tras apenas un par de noches probando las diferentes comodidades de la habitación, me desperté una mañana con sorpresa: una cucaracha del tamaño aproximado de un autobús corría despistada por el travertino, combinando de lo más bien.

No sé si ya lo habré comentado, pero a mí las cucarachas, como que no. No es que caiga presa de la histeria al ver una, pero un bicho que parece que pueda acarrear mi maleta no tiene derecho a moverse con esa velocidad. Se quedó quieta cerca de mi zapatilla y yo me quedé quieta a mi vez, estudiando las opciones que se me presentaban. No eran muchas y ninguna me apetecía especialmente.

Finalmente, con el sigilo de una leona acechando una presa en la sabana, empecé a moverme en busca de un vaso con el que atrapar al bicho (aplastarlo hubiera supuesto un nivel inaceptable de, um, salpicaduras en el piso. ¿Os he dicho que era como un autobús?).

A las leonas se les da esto bastante mejor que a mí, porque apenas había movido un brazo cuando la cucaracha echó a correr a la velocidad del sonido y desapareció tras el mueble del televisor.

Muy bien, pensé, esto es la guerra. Bajé de la cama, blandiendo el vaso, me puse las zapatillas y... otra cucaracha salió pitando de una de ellas.

Esta era pequeñita, apenas un triciclo comparada con la otra. Pero igualmente veloz. Y a mí se me acababan los vasos. Una intrépida incursión al mueble del televisor me reveló que la cucaracha-autobús se había enfurruñado y estaba cara a la pared, meditando cosas cucarachiles. La pequeñita correteaba alegremente por el suelo como un cochecito eléctrico.

Todo se redujo a un problema de coordinación. Con el autobús localizado, y echando mano de toda mi experiencia en los marcianitos, anticipé la trayectoria del triciclo artrópodo y lo envasé. Quiero decir, que lo cubrí con el vaso.

Victoriosa, aparté con mil precauciones el mueble del televisor hasta dejar espacio suficiente para mi segundo (y último) vaso. Sólo había una oportunidad. Pero esta cucaracha estaba, o bien muy absorta en sus pensamientos, o un poco pocha, porque no reaccionó cuando la atrapé también. ¿Sabíais que una cucaracha lo bastante grande puede generar un ruido la mar de audible al chocar contra las paredes de un vaso? Bueno, pues ya lo sabéis. Con todo arreglado y el entorno seguro, yo fingí indiferencia y seguí con lo mío.

Cuando salí, la camarera estaba en el pasillo.

-Ojo cuando entre -avisé-, que tiene un par de huéspedes extra en el suelo, atrapados bajo unos vasos.

Le conté la historia, omitiendo modestamente toda referencia a mi heroísmo. Ella se deshizo en excusas, prometió fumigar el travertino hasta transmutarlo, y así nos quedamos. Avisé también en recepción, por si acaso.

Cuando volví por la noche, no había vasos, ni cucarachas. La habitación desprendía un agradable aroma a butóxido de piperonilo, y no había nada patudo a la vista. Dejé de revisar la habitación tras apenas una hora, y seguí mi vida flemáticamente.

Pero la historia no acabó ahí. Oh no.

Al día siguiente, yo estaba jugandtrabajando en algunas cosas con mi fiel mac, cuando llamaron a la puerta. Por la suavidad con que lo hicieron, deduje que era un ratoncito, o un Testigo de Jehová excepcionalmente tímido.

Resultó ser un camarero con un carrito, que me miró esperanzado. El camarero. El carrito parecía más bien soñoliento.

-Debe ser un error -dije-, yo no he pedido nada.

-Con los saludos de la dirección -dijo el camarero, entrando una bandeja con un platazo de fruta preparada. No dijo nada, pero quise entender que era en desagravio por las cucarachas. Le di las gracias y me enfrenté a una sabrosa e inesperada merienda de papaya, melón, sandía, piña, kiwi, y naranja. ¿Y lo extraño del caso? Que tampoco había plátano.

Repleta de fruta, y más reconciliada con el hotel (con las cucarachas no), pensé en escribir esta entrada. Y luego me dio pereza. Y hoy, se me pasó la pereza.


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Enviado por Daurmith el 2009-06-11 a las 17:49


~ 2009-06-04

Le han dado el Príncipe de Asturias a David Attenborough. Y malegro mucho. Ya dirán cosas malas los que quieran decir cosas malas, si es que hay quien quiera decir cosas malas, pero los documentales de este hombre para mí siempre han estado a la altura de lo mejor que es capaz de ofrecer la televisión. Su serie The Trials of Life me impactó especialmente, porque era mucho más que una sucesión de planos bonitos de animales bonitos. Era un elegante entramado de historias de comportamiento animal, rodadas con pericia y paciencia, que mostraban algunas de las cosas más fascinantes, y a veces crueles, del mundo animal. Su secuencia de una cacería de chimpancés (los chimpancés eran los cazadores, no los cazados) me impresionó especialmente.

Además, David Attenborough es un excelente extintor de tonterías; tiene el don, muy británico, de decir las cosas claras con mucha cortesía, y he visto algunas contundentes intervenciones suyas sobre el creacionismo que me han dejado muy buen sabor de boca. De modo que, a riesgo de repetirme, malegro mucho.

En la parte fea del día, ha muerto David Carradine. Al parecer se ha suicidado tenía maneras algo arriesgadas de pasar el tiempo. Puede. Dicen. Quizá.

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Enviado por Daurmith el 2009-06-04 a las 19:33


~ 2009-05-29

Estoy un poco enfadada. Me he perdido, o más bien, he llegado tarde, al fiasco de Ida, el bello fósil de 45 millones de años que ha sido vendido en los medios de comunicación como la Respuesta A Todas Las Preguntas y la Solución A Todos Los Problemas, poco más o menos. No he podido unirme a las voces airadas de El Paleofreak y BioMaxi (y, claro, Pharyngula, en inglés) que han explicado en frases breves y contundentes, por qué las cosas no se deben hacer así.

Para consolarme, el domingo me fui a pasar frío a la playa. Estaba encapotado, soplaban rachas de viento fresquete, el cielo parecía una losa de mármol y el mar una lasca de pizarra. Estaba todo lleno de gente tomando el s... tomando la sombra. Para consolarme de mi retraso con Ida me puse a leer un libro en mi Papyre 6.1

Esto del Papyre (en la web de grammata le otorgan género masculino. No sé, para mí que le pega más el femenino; pero transigiré) es un gran invento. Es -casi- el más humilde y sencillo de todos los lectores de libros electrónicos que pululan por ahí. Un trastito todavía caro, pero sorprendentemente eficiente. Me lo compré medio esperando una decepción, como suele pasar cuando compras una tecnología novísima y te encuentras con que a los dos meses ha salido algo mejor y más barato.

Pero no. El Papyre ha sido mi salvación. Haceos cargo: soy lectora compulsiva, y he desarrollado, a través de cinco años en Corvallis, la técnica de leer en todas partes, desde las colas de la cafetería hasta las esperas en la Administración, pasando, obviamente, por todos los aeropuertos y estaciones que en el mundo han sido. La mayor parte del tiempo empleado en preparar mi equipaje la dedicaba a elegir con cuidado las lecturas que me iba a llevar, intentando optimizar la relación horas de lectura/peso. Volví de USA con 14 cajas llenas de libros. Qué os voy a contar. Seguro que muchos de vosotros estáis en situaciones parecidas.

Un Papyre pesa menos que la mayoría de los libros que solía arrastrar conmigo, y contiene todos los libros que nunca soñé que me pudiera llevar. Aunque la oferta de libros electrónicos no es ilimitada, ya hay una excelente selección, sobre todo en inglés, y además está el Proyecto Gutenberg. Y encima el Papyre viene con una biblioteca de 400 libros en una tarjetita SD. De modo que tengo entretenimiento de sobra y además me puedo poner al día con los clásicos, que nunca viene mal. Y la batería puede que no dure 10.000 cambios de página, pero dura una barbaridad, os lo digo yo, que la tengo 4 meses y la habré recargado 5 veces. Y os prometo que no hay día que no la use.

Y además, el Papyre tiene un efecto secundario curiosísimo: atrae camareros.

Una está comiendo en cualquier sitio. Puede ser un restaurante de hotel, una franquicia de comida más o menos rápida, una terracita de playa, da igual. El proceso es siempre el mismo. Llega el camarero con la bebida, todo normal. Se acerca con la comida y se queda un segundo más de lo estrictamente necesario, torciendo un poco el cuello para ver qué es eso que miro con tanta atención. Viene a preguntar por el postre y ya la curiosidad es palpable, y cuatro de cada cinco se animan cuando traen la cuenta:

-Perdone, ¿eso qué es?
-Un lector de libros electrónicos.
-Anda, qué chulo -replican invariablemente, seguido de alguna variación de-: ¿Es como una PDA?
-No, es papel electrónico. La pantalla no emite luz -explico, y paso un par de páginas para demostrar cómo funciona-, así que no cansa la vista, y se almacenan los libros -señalo- en esta tarjeta SD.
-¿Y puede leer cualquier cosa? -preguntan algunos, más enterados.
-Según; dar el formato correcto a los libros a veces es un poco pejiguero, sobre todo para Mac, pero puede leer una variedad inusitada de archivos, desde PDFs a documentos de Word pasando por los formatos tipo mobi.
-¿Y le gasta mucha batería? -insisten los menos, claramente envidiosos.
-Qué va, apenas. Tenerlo abierto por una página no gasta energía; sólo usa la batería cuando tiene que pasar página, de modo que dura mucho.
-Hay que ver. ¿Y es muy caro?
-Pelín. Pero ya bajará, ya -contesto, confiada.
-Qué cosas inventan. ¿Efectivo, o tarjeta?

De aquesta guisa he ido dejando mi huella, y un buen número de potenciales clientes, por un no despreciable trozo de Las Palmas estos últimos meses. Por no mencionar las miradas curiosas de viandantes, y las versiones reducidas del mismo diálogo que sostengo con gente que está detrás de mí en las colas de embarque de los aviones, el personal de cabina de los propios aviones, y algún que otro atrevido transeúnte.

Y ya era hora de que dejara constancia de ello aquí, porque realmente el cacharrito este es un gran invento. Esto sí puede ser un eslabón, no perdido, en el modo en que accedemos a la ficción. No como el pobre Darwinius masillae.

P.S. Esta entrada fue escrita a ratos perdidos durante un par de días, y la terminé esta mañana en el aeropuerto de Barajas mientras esperaba para embarcar. Y no falla: al subir al avión, mi compañero de asiento me vio leyendo una novela de Patrick O'Brian en el Papyre, y el diálogo descrito arriba tuvo lugar casi palabra por palabra. Arte y realidad, que le disen.

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Enviado por Daurmith el 2009-05-29 a las 11:29


~ 2009-05-06



Tiempo x espacio = ARTE, según han pintado en la pared.

Tiempo x espacio - dinero = REALIDAD, según han pegado sobre la ventana.



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Enviado por Daurmith el 2009-05-06 a las 09:21


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