~ 2014-07-08

¡Ha pasado una semana (y un piquito) desde que "La aventura del abrigo amarillo" apareció en Amazon! Ha sido una semana muy chula durante la que me he llevado alegría tras alegría. He pensado que, aparte de deciros lo contenta que estoy, os interesarían algunos datos sobre qué le pasa a un relato breve de una autora desconocida en el proceloso mundo de la autoedición electrónica.

Lo que sigue son datos, ojo. La valoración emocional viene luego.

Objetivamente hablando, en ventas ni se ha notado: una gotita de agua en un mar de ediciones. Llegó a un digno puesto 17 en los más vendidos el primer día y luego fue cayendo hasta no estar ni siquiera en los 100 más vendidos. En el momento de escribir esta entrada está en el puesto 145 de los libros de pago en la tienda Kindle, en el 15 de ebooks de acción y aventura, y en el 35 de policíaca, negra y suspense. Todo ello previsible, y mucho mejor de lo que esperaba yo.

Este es el desglose de venta por días: el primer día se vendieron 57 unidades, luego hubo dos días seguidos en los que se vendieron 20, el viernes pasado bajó a 6 unidades, el sábado 7, domingo y lunes 6, y hoy lleva 3.

Sí que ha atraído comentarios: ¡once, nada menos!, y todos ellos positivos y tremendamente amables (estoy en una media de 4.9 estrellitas sobre 5, a todas luces fruto del aprecio de la gente más que de la calidad del relato). Debo confesar que aunque adoro todos y cada uno de ellos, mi comentario favorito es el de Cerebro. Porque lo del espíritu de Sherlock Holmes me ha llegado a la patata.

En Goodreads tampoco le ha ido nada mal: 16 personas lo han calificado, la media es de 4.5 sobre 5, y han escrito 5 reseñas también amabilísimas. Hay comentarios positivos sobre los extras, de modo que me siento un poco menos culpable por haberlos publicado, ejem.

¿Qué quiere decir todo esto?

Quiere decir que, primero, estoy muy contenta con cómo ha ido la experiencia de publicar un ebook en Amazon. Con los números en la mano, no ha tenido repercusión alguna, pero he aprendido muchas cosas y además he descubierto que hay gente muy buena ahí fuera que está dispuesta a comprarse un ebook en un formato que no puede leer sólo porque creen que merece la pena pagarme un euro por el relato (luego se lo pasé yo en un formato que sí podían leer, tranquilos).

Quiere decir también que sin cierto apoyo de alguien más metido en el mundillo, la difusión que alcanzará tu ebook es poca tirando a nula; si no tienes una edición en papel, o una editorial que le dé bastante escaparate, o alguien con mucho peso específico en redes sociales que lo publicite, tus propias fuerzas (y las mías son muy limitadas) no alcanzan para difundir mucho el libro. Tras una semana dando la brasa en redes sociales yo empiezo a sentirme un tanto incómoda de tanto insistir con que leáis el libro; no quiero ni imaginar cómo estaréis vosotros cada vez que vuelvo con el abrigo de marras. Esto no quiere decir que vaya a parar de haceros publicidad, ojo; solo que será más esporádica, por mi bienestar mental e imagino que el vuestro. Creo que el ebook tiene aún un poquito de recorrido, y quién sabe, quizá vuelva por sus fueros cuando falte poco para que se estrene la cuarta temporada de Sherlock...

En todo caso, millones de gracias por haberme ayudado a aprender sobre ebooks y por haber comentado La Aventura del Abrigo Amarillo, ¡descargable desde Amazon! ¡Por sólo UN EURO (más IVA)! /publicidad /ejemejem


Comentarios (7)
Enviado por Daurmith el 2014-07-08 a las 21:01


~ 2014-07-01

¡Hola!
¿Ya habéis visto lo bastante la portada? No, claro que no, esa portada es demasiado bonita para cansarse de ella. Así que os la voy a pasar otra vez, pero ahora va seguida del relato en formato ebook, descargable desde Amazon.

¡Sí! ¡Por fin! La Aventura del Abrigo Amarillo, recopilada en un práctico ebook para llevar a cualquier parte a la que puedas llevar un ebook. La verdad es que no sé qué decir, salvo que en otro post os contaré los detalles de la génesis del engendr... de esta chulada. Y que por favor le echéis un vistazo.

Es mentira, sí sé que decir: ¡YUPIIIIIIIIIIIIIIIIII!

Ejem.

Pero tendréis preguntas, claro. Adelante:

¿Qué es esto?
Esto es el ebook de un relato que publiqué aquí mismo por entregas hace un par de meses. Lo he convertido en un ebook muy bonito y lo he subido a Amazon para que os lo descarguéis si queréis. Cuesta un euro. Más IVA.

¿Y me vas a cobrar por algo que he leído gratis aquí?
Bueno, si no quieres no, claro. Sigues teniendo el relato en el blog y si lo quieres gratis en un solo archivo también te lo puedo pasar si me lo pides (de manera maja) por aquí o por Twitter. Pero me haría ilusión ver algo de movimiento del ebook en Amazon. Tengo curiosidad por saber si la gente pagaría algo, aunque fuera poco, por leer algo escrito por mí.

¿No te parece que un euro (más IVA) es mucho por algo que ya está disponible online?
No. De hecho me parece poco. Porque, verás, este ebook no es simplemente el texto volcado a otro formato. Muchas personas se han tomado muchas molestias, y derrochado talento, creatividad y horas, para hacer un ebook muy bonito. Hay quien ha hecho una foto, quien ha maquetado una portada, quien se ha dejado las pestañas revisando el texto y quien ha dibujado una preciosa ilustración interior. Creo que merecen, también, un poquito de cariño. Leed los agradecimientos del ebook y sabréis más.

¿Y si no quiero pagar el euro pero sí tener el ebook?
Insisto: solo tienes que pedírmelo con cierta educación. Te lo enviaré en el formato que quieras. Pero también te pediré que te gastes un euro en algo que ayude a alguien a ser más feliz; ya que no quieres hacerme feliz a mí gastándote el euro del ebook, al menos que otro lo sea...

Vale, me has convencido, déjate de rollos. ¿Dónde descargo el ebook?
AQUÍ:
Amazon.es
Amazon.com
...Y en más punto cosas de Amazon, sólo tenéis que buscarlo.

¿Algo más?
Si te ha gustado el relato, me gustaría que me lo dijeras, en Amazon o aquí o donde más rabia te dé. Si te parece que el ebook ha quedado bonito, ten un recuerdo para las personas que lo han hecho posible.

¡Actualización! Un alma buena ha subido la referencia del ebook a Goodreads. ¡Gracias!


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Enviado por Daurmith el 2014-07-01 a las 15:39


~ 2014-06-20

Ya sé que mis aventuras con la creación de ebooks no pasarán a la épica y que os he tenido un poco ayunos de noticias, pero hoy traigo una noticia buena buena del todo.

¡Tenemos portada!

Gracias a una foto maravillosa que hizo @Multimaniaco (como se puede ver) y una maquetación perfecta que se curró Vanessa García (¡decidle lo que mola!), aquí tenéis la que será la portada del ebook de La Aventura del Abrigo Amarillo:



"¿Y el ebook en sí, qué?", imagino que os preguntaréis. Pues va bien; tengo todo lo necesario pero estoy pendiente de una sorpresita que os quiero dar para que la edición esté lo más cuidada posible y os haga pensar que el euro que os gastaréis en bajarla de Amazon merecerá la pena. Por lo que estoy viendo, el trabajo de @Multimaniaco, Vanessa, María (la correctora) y Luis (el de la sorpresita que aún no os voy a contar) vale mucho más que un euro, y deberían estar haciendo cosas para escritores de verdad, pero oye: eso que gano yo.

Esperad noticias en breve. Mientras tanto, os dejo que sigáis mirando la portada tooodo lo que queráis, que no se gasta. ¡Ah! La portada tiene licencia CC BY NC SA.

Y esto es todo desde la editorial-casa de locos que es estos días La Biblioteca de Babel. ¡Seguiremos informando!


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Enviado por Daurmith el 2014-06-20 a las 13:57


~ 2014-05-29

Ni idea. Si lo averiguas me lo cuentas.

Llevo unas semanas jugando a ser escritora. Que es en realidad lo que me molaría hacer por dinero, pero claro, en el contexto actual (y en el pasado, y en el futuro) vivir de la escritura está plagado de dificultades. Empecemos por analiz[DETECTADA PARRAFADA DE COSAS QUE YA SABEMOS TODOS. EL SISTEMA AUTOMÁTICO ANTISPAM DE ESTE BLOG LA HA REEMPLAZADO POR ESTA FOTO DE UN GATITO].

Ejem. Como iba diciendo. Lo último que ha aparecido en este blog ha sido La Aventura del Abrigo Amarillo. Y habéis sido todos tan amables al respecto que me habéis subido el ego y hecho pensar que si la publico en formato de libro electrónico algunos hasta la descargaréis. Así que llevo algún tiempo zascandileando por diferentes páginas, tutoriales y foros, intentando saber cómo de difícil es, y cuánto compensa, poner a vuestra disposición un archivo epub, mobi o pdf, a elegir, con el relato completo y en un formato más o menos cuidado.

La respuesta, de momento, sigue siendo “ni idea” más que nada porque no he podido pararme delante del relato el tiempo suficiente para hacer algo con él. Pero sí que divagaré un poco al respecto porque, ya que habéis ido viviendo la publicación del relato semana a semana, de paso os cuento la génesis del ebook. O más bien el intento de génesis, por el momento.

Yo creía que sería más o menos así:

1. Abrir el proyecto de Scrivener que contiene el relato.
2. Seleccionar las partes del relato que no son descartes, documentación ni metadatos.
3. Darle a uno de los botones mágicos™ de Scrivener.
4. ???
5. Profit!

Pero está siendo más o menos así:

1. Abrir el proyecto de Scrivener que contiene el relato.
2. Mirarlo mucho rato haciendo click en partes al azar.
3. Abrir una pestaña del navegador y teclear en Google “Cómo publicar un ebook”.
4. Mirar los tres primeros enlaces. Hacerse un lío.
5. Tocar una cosita de los metadatos del proyecto de Scrivener.
6. Forzarse a leerse entero un tutorial de cómo publicar un ebook en Amazon.
7. Cambiar los colorines de las secciones del proyecto de Scrivener.
8. Darse cuenta de que hace falta tener al menos una portada bonita.
9. Entrar ansiosamente en Twitter y dejar caer indirectas poniendo caras de pena hasta que alguien majo en tu TL se apiada de ti y te ofrece ayuda.
10. Hacerse un café porque te lo has ganado. Bueno, tú no, pero te lo haces igual, porque aquí estás tú y no la gente maja de tu TL de Twitter.
11. Seguir haciendo como que lees tutoriales en internet mientras abres otra pestaña y miras TV Tropes subrepticiamente.
12. Ha pasado una semana y el ebook no ha salido.
13. Preguntarse por qué. Mirar más TV Tropes.
14. ???
15. Profit!

En todo caso creo que si este fin de semana no pasa ninguna de las cosas que me han pasado esta semana y que incluyen andar dos kilómetros bajo un aguacero, romper un coche y dejar confuso a un carpintero, veremos progresos. O al menos yo los veré y me acordaré de contároslos. Justo cuando no estéis mirando.


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Enviado por Daurmith el 2014-05-29 a las 15:09


~ 2014-04-23

Bueno, pues seis semanas y 16.000 palabras después, se acabó La Aventura del Abrigo Amarillo. A modo de curiosidad os diré que entre descartes, escenas eliminadas, notas, sinopsis, correciones y demás, hay más de 70.000 palabras en el proyecto de Scrivener de este relato. Por si os creíais que estas cosas se hacen como quien bate un huevo; pues no. Pero han sido frustraciones muy divertidas en general, y los nervios de empezar a publicar desaparecieron en cuanto empezasteis a ser tan majos como habéis sido todo este tiempo.

Como por mi parte considero que ya os he dado bastante la tabarra, hasta que salga el relato recopilado en ebook (tardará un poquito) vamos a dejar a Sherlock Holmes tranquilo. Así que os dejo el último extra.

Lo primero, el índice del relato por si lo queréis revisar:

Trailer del relato.

Capítulo Primero: Una visita a Baker Street.

Capítulo Segundo: El abrigo amarillo.

Capítulo Tercero: El East End.

Capítulo Cuarto: Intrusión.

Capítulo Quinto: Un plan arriesgado.

Capítulo Sexto: El misterio del abrigo amarillo.

Epílogo.

Y luego aquí tenéis... Bueno, otra cosa. ¡Ojo: spoilers!.


La Aventura del Abrigo Amarillo: Tomas Falsas



WATSON y la SEÑORA HUDSON en Baker Street.

SRA. HUDSON: ¿Ocupado? ¡Más bien parece estar…!

WATSON: ¡Atchís!

SRA. HUDSON (sin perder comba): … resfriadísimo.

WATSON intenta seguir con la escena, pero no puede contenerse y se echa a reír.

DAURMITH: ¡Corten!

***


HOLMES y WATSON en Baker Street.

HOLMES: Usted es zurdo.

WATSON: Diestro.

HOLMES: Generalmente esto no sería motivo de extrañ… ¿Qué?

WATSON: Soy diestro, Holmes.

HOLMES: Joder, qué empanada lleno. Vale. Vale, diestro. A ver, ¿repetimos?

DAURMITH: Más bien sí…

***


WATSON da un trago de jerez y lo escupe enseguida, atragantándose.

DAURMITH: ¡Corten! Holmes, ¿qué le ha puesto a Watson en el Nestea?

WATSON (ahogándose): ¡Tabasco! ¡Lo matooo!

Se oye a HOLMES partirse de risa fuera de plano.

***


HOLMES: La ha retorcido usted entre dos tobones… Ay, no.

WATSON se echa a reir.

HOLMES: Botones, quería decir botones. Perdón, repito, repito.

WATSON (con dulzura): ¿Un traguito de jerez para aclarar la garganta, Holmes?

HOLMES intenta contenerse pero al final se le escapa la carcajada. Se oye a DAURMITH decir al fondo “No, déjalos, si ya no vamos a hacer nada de provecho hoy…”

***


WATSON: Me di cuenta de que el abrigo no era suyo, como usted dice, porque hay signos evidentes en las mangas de que el abrigo se llevó durante bastante tiempo arremangado, para ajustarse a los brazos más cortos de mi paciente. Del mismo modo vi que… que…

DAURMITH: ¡Corten! No pasa nada, otra vez.

WATSON: ¿Cómo puede usted recordar estas parrafadas, Holmes?

***


HOLMES (preocupado): ¿Me dice que no le atacaron físicamente?

GEORGE BULL aparece en plano con cara de pillo y le da a WATSON con un martillo de juguete en la cabeza. HOLMES, WATSON y BULL se echan a reir.

DAURMITH: Coooorten…

***


WATSON examina el cadáver de WEIR. De pronto el cadáver se levanta y le da un besito a WATSON en la nariz. WATSON se cae de culo, desapareciendo de plano. Risas.

DAURMITH: A ver si podemos acabar esta escena antes de mañana, por favor… ¡CORTEN!

***


WATSON encerrado en el sótano, ensayando unos pasitos de claqué.

***


HOLMES: La carta de Herr Martius desde Ludshiw… Luschfig… Ludwigsh… Nononono, que puedo, espera, a ver… Lud-wig-sha-fen ¡TOMA YAAAA!

DAURMITH: Corten. Repetimos.

HOLMES (desolado): ¿Cómo que repetimos? ¡Si me ha salido…!

DAURMITH: Repetimos.

***


HOLMES (leyendo el guión): ¿Esto de la reacción de diazotación qué es?

DAURMITH: Bueno, eeeeh… es una reacción química queee… El grupo diazonio… Pa tintes, y eso.

HOLMES: Pues sí que estamos bien. ¿Puedo decir otra cosa?

DAURMITH: No.

***


HOLMES: Especialmente uno llamado “Dinámica de un asteroide”.

WATSON: Ostras, lo conozco, es genial. Los cálculos de dinámica orbital son fabulosos.

HOLMES: …

DAURMITH: No, Watson, no lo conoces.

WATSON: Que sí, que lo leí el otro día en el Metro.

DAURMITH: Según el guión no tienes ni papa de quién es Moriarty hasta “El Problema Final”.

WATSON: Ya, pero…

DAURMITH: Que no. Otra vez. Y cíñete al guión.

WATSON (masculla): Luego no querrás que me tomen por tonto, claro…

DAURMITH: ¿Qué?

WATSON: No, nada. Vale. Otra vez.

***


WATSON y HOLMES en el sótano, practicando un dúo de claqué.

***


HOLMES: ¿Ludwig…waffle?

***


WATSON: ¿Y si en lugar de Holmes entrando en el sótano me escapo yo y peleo con todos y los derroto y llega Holmes y se queda flipao?

HOLMES: Sí, hombre, claro…

WATSON: ¿Qué pasa, no te crees que pueda con todos o qué?

HOLMES: A ver, tienes una pierna mala, un hombro malo, no te entrenas como yo…

WATSON: ¿Entrenarme en qué, en ayunar y chutarme?

DAURMITH: A ver, haya paaaaz…

***


HOLMES, WATSON y GREGSON en el sótano, haciendo un trío de claqué.

***


DAURMITH: Vale, ahora hacemos la escena en la que Holmes ve que hay intrusos en Baker Street, trepa por la fachada, entra dando una patada voladora por la ventana, se cuelga del candelabro, triple voltereta, puñetazo al plexo solar de Bull, llave estranguladora a Hart, otra voltereta, luego arranca dos patas de una silla y las usa como porras para…

GEORGE BULL: ¿Cómo que puñetazo?

EDWARD HART: ¿Cómo que llave estranguladora?

HOLMES: ¿Que haga QUÉ? ¿Te has vuelto loca?

DAURMITH: No, está todo escrito aquí, mirad, me salió una escena chulísim…

HOLMES: Casi que esta escena la quitamos. Se la cuento a Watson y ya.

BULL: Sí, rompe el ritmo.

HART: Altera la estructura, y no es coherente con la ambientación.

DAURMITH: Pero…

HOLMES, BULL y HART (a la vez): La quitamos.

DAURMITH: Jooo…

***


HOLMES, WATSON, GREGSON y todo el reparto del relato montan un número de baile en el sótano con coreografía, luces y efectos especiales. Los agentes de policía forman una banda musical enérgica y sorprendentemente buena.

DAURMITH: Oye, ya vale. Que hay que seguir. Va, que tenemos muchas escenas aún. ¿Volvemos al trabajo? ¿Holmes? ¿Chicos…? ¿Alguien…?


FIN (ahora sí)


Y con esto, personas majas de Twitter, Facebook y este que lo es su blog, dejamos por el momento el Londres victoriano y Baker Street hasta que vuelvan a entrarme ganas de meterme en un fregao similar.

Os recuerdo también que habrá una versión para ebook del relato recopilado con (esperemos) alguna sorpresa más, y que en cuanto esté lista la tendréis disponible para descargar en tantos formatos como sea capaz de aprender a generar yo. No antes de mayo porque tengo un par de cosas que me van a robar tiempo, y porque no depende solo de mí. Mientras tanto, mi Twitter es vuestro Twitter para todo lo que queráis: @Daurmith, a vuestro servicio.



Good night, and good luck.


Comentarios (16)
Enviado por Daurmith el 2014-04-23 a las 23:13


~ 2014-04-21

El relato ha terminado, y no me puedo resistir a dejaros un pequeño epílogo. Porque me apetecía. No tiene relevancia para el resto de la historia, que aguanta perfectamente sin él, pero siempre me ha hecho ilusión lo de los epílogos así que venga: aquí hay uno.

Y ya que estamos, un índice del relato completo:

Trailer del relato.

Capítulo Primero: Una visita a Baker Street.

Capítulo Segundo: El abrigo amarillo.

Capítulo Tercero: El East End.

Capítulo Cuarto: Intrusión.

Capítulo Quinto: Un plan arriesgado.

Capítulo Sexto: El misterio del abrigo amarillo.

Y ya para rematar del todo...


EPÍLOGO

El lector curioso quizá sienta interés por saber que los esfuerzos de Holmes por ayudar a su país no tuvieron, después de todo, resultado positivo. Aunque Mycroft se hizo con el abrigo y el secreto del nuevo tinte, ello no bastó para ganar la carrera ante los constantes y revolucionarios avances de la industria alemana, que mantuvo su liderazgo durante muchos años. La Badische Anilin und Soda Fabrik se convirtió en un gigante industrial y diversificó sus actividades. Hoy día sigue siendo una de las compañías más potentes del mundo(*).
George Bull y Edward Hart habían sido contratados por un colega de Peabody que trabajaba en su mismo laboratorio: un hombre llamado Karl Stiefel, que quería apoderarse del secreto del tinte para su propio enriquecimiento personal. Sabía que Peabody había descubierto algo importante y cuando Peabody desapareció suspuso de inmediato la razón. Pero Peabody nunca llegó a Londres: él y Frank Weir habían intentado alcanzar Francia a través de los Alpes por una ruta poco frecuentada. Durante el duro viaje Peabody cayó enfermo y murió. Así frustrados sus planes de hacerse rico rápidamente, Weir se llevó a Londres el abrigo, ignorante de su secreto, y allí hubiera quedado todo de no haber sido por el ingenio criminal de un hombre y la inteligencia de otro.
Tal como Holmes había vaticinado, George Bull pasó su vida entrando y saliendo de diferentes prisiones por crímenes más o menos serios. Años después del caso del abrigo amarillo, la prisión de Dorset realizó un registro fotográfico de sus presos, que me fue permitido consultar por circunstancias que no vienen al caso. Y cuál fue mi sorpresa al encontrar dos rostros familiares mirándome:


George Bull
George Bull, en prisión de nuevo en 1894


Edward Hart
Edward Hart, condenado a 6 semanas
de trabajos forzados en 1894



(*) Más conocida en nuestros días por BASF (N. de la Ed.)


En el siguiente ¡extra, extra! del relato habrá ¡números! Fascinante, ¿eh? Probablemente el miércoles estará porque mañana estoy todo el día de viaje.


Comentarios (9)
Enviado por Daurmith el 2014-04-21 a las 21:43


Pues todo llega, y como todo llega, llega también el lunes y el último capítulo de La Aventura del Abrigo Amarillo. Hoy lo sabremos todo por fin, y que no nos pase nada. Sobre todo a mí.

Me repito, pero nunca repetiré lo bastante lo mucho que os agradezco los comentarios y lo bien que me lo he pasado gracias a vosotros durante estas semanas. La historia será lo que será, pero las conversaciones asociadas han merecido muchísimo la pena. Moláis y hacéis que merezca la pena publicar cosas. Lo cual puede ser bueno o malo, según... ;-)

Mención especial a @ElConde_77: ¡Atento, que va!

Para quienes llegáis ahora a la historia os hago un pequeño resumen, pero a estas alturas recomendaría mejor empezar por el Capítulo Primero, en el que vimos que un Watson bastante hecho polvo va a ver a Holmes, que está en plena forma y lo demuestra sometiendo a su amigo a un bombardeo deductivo. Gracias él sabemos que Watson recibió en curiosas circunstancias un abrigo de color amarillo, que le fue robado y devuelto en cuestión de minutos, incidente que le contó a Holmes en el Capítulo Segundo. Este hecho picó la curiosidad del detective, que se dedicó a investigar, o más bien a enviar a Watson a averiguar más cosas sobre el anterior poseedor del abrigo. En opinión del detective, el abrigo oculta algún secreto importante. Watson, que como se cuenta en el Capítulo Tercero solo quiere dormir, lleva todo el día esperando el prometido mensaje de Holmes respecto a sus progresos en el caso. Cuando tal mensaje no llega, cosa poco habitual en Holmes, Watson decide pasarse por Baker Street y en el Capítulo Cuarto se encuentra las habitaciones destrozadas y a Holmes con evidentes señales de haber estado en una pelea. Los atracadores de Watson buscaban, sin éxito, el famoso abrigo amarillo. Mientras hablan, Holmes cae en la cuenta de algún detalle que le permite resolver el caso y, en su estilo habitual, se niega a explicar nada al pobre Watson mientras no tenga todos los cabos sueltos en la mano. Esto cuesta un mal rato a Watson, que nada más salir de Baker Street es secuestrado y encerrado en un sótano por dos hombres. Afortunadamente, y justo cuando nuestro doctor favorito (o el segundo favorito) va a poner en práctica un plan desesperado que se detalla en el Capítulo Quinto, Holmes y Gregson irrumpen en el sótano, deteniendo a los secuestradores y liberando a Watson. Pero, ¿por qué todo esto? Holmes tiene la respuesta, ¿se la contará a su fiel Watson?

Veámoslo en el...


CAPÍTULO SEXTO



Una vez en la calle respiré ansiosamente el aire frío y limpio, y parpadeé sorprendido cuando me di cuenta de que Baker Street quedaba a apenas media milla. Holmes se dispuso a llamar a un coche, pero le detuve con un gesto.

—No, Holmes, prefiero caminar —dije, notando cómo mi cabeza se despejaba y volvían mis fuerzas—. El aire fresco me hará bien.

Holmes me miró dubitativo pero acabó asintiendo, y emprendimos el camino a paso lento.

—¿Cómo supo dónde estaba? —pregunté al cabo de un par de minutos.

—Fuerza bruta, y esto —dijo Holmes, mostrándome una nota muy arrugada con algunas líneas garrapateadas a lápiz—. El papel es de un pub no muy lejos de aquí, en Huntsworth Mews; Bull tuvo la previsión de rasgar el membrete, pero no contaba con que sería capaz de identificar el papel en sí. Teniendo en cuenta el tiempo que pasó entre que salió usted de Baker Street y yo recibí la nota había un número limitado de sitios donde buscar, pero no tiempo para obtener información más detallada. Recluté de inmediato la ayuda de Gregson y tuvimos la fortuna de acertar al segundo intento.

—Entonces... ¿era una nota de... de rescate? ¿Por mí? —pregunté estúpidamente.

—Querían el secreto del abrigo a cambio de su vida, Watson —la voz de Holmes era baja y clara, pero en ella había una nota soterrada de tensión—. La nota vino junto con su sombrero. Me dieron hasta el alba.

—Creí que… —las palabras de Holmes me hicieron reevaluar los acontecimientos de las últimas horas— Creí que pretendían atacarle a usted.

—Lo hicieron. Sólo que no directamente. Y fue un ataque espantosamente más efectivo que si me hubieran encañonado con un revólver —dijo mi amigo, y fue una de las pocas ocasiones en que oí temblar la voz de Sherlock Holmes—. Watson, le debo mil disculpas; su horrible aventura ha sido enteramente culpa mía.

—No diga…

—No, no, déjeme terminar. Fue una tremenda torpeza por mi parte anunciar a los cuatro vientos en la calle que había resuelto el caso. Bull y su compinche estaban todavía cerca, me oyeron, y actuaron a toda velocidad, con más sangre fría e inteligencia de la que les hubiera otorgado. Si no hubiera revelado mis cartas de modo tan estúpido, usted no hubiera pasado por esta ordalía.

No respondí de inmediato. Holmes siguió hablando, toda su postura tensa.

—No puede usted imaginar mi consternación cuando un golfillo me trajo la nota de Bull conminándome a revelarles el secreto del abrigo bajo la amenaza de no volver a ver a mi viejo amigo —Holmes hizo una pausa, carraspeó—. Podría usted haber muerto por mi inconsciencia, Watson, y yo… jamás me lo hubiera perdonado.

—Nada de eso ha ocurrido —dije a mi vez, más que un poco afectado por la evidente emoción de Holmes—. Estoy perfectamente, Bull y su socio están entre rejas, no tiene usted nada que reprocharse, ¡al contrario! ¡También ha resuelto el caso!

—El caso, sí… —Holmes sonrió a medias—. Es cierto; hasta cierto punto tengo en mis manos todos los hilos menos el nombre del hombre que contrató los servicios de Bull, y estoy seguro de que ese nombre no tardará en llegarnos gracias a mis telegramas y la colaboración de Scotland Yard.

—Entonces, ¿a qué ha venido todo esto? El falso robo del abrigo, el ataque en Baker Street, mi secuestro, ¿todo para qué, Holmes?

—Le puedo decir que no es un asunto de poca monta —habíamos llegado a Baker Street. Holmes sacó su llave y me miró—. ¿Se siente con fuerzas para oír toda la historia?

—Me vendrá bien un descanso antes de volver a casa —reconocí—. Admito estar aún un poco alterado, y creo que alarmaría a mi esposa más que otra cosa presentándome en casa a estas horas. Lo cierto es, además, que preferiría oír toda la historia de sus labios cuanto antes. Creo que tengo una idea general, pero hay cosas que no comprendo aún.

—Le contaré todo lo que pueda —prometió Holmes, abriendo camino. La puerta había sido someramente reparada por el simple procedimiento de atar un cordel a la cerradura reventada, pero la salita estaba en el mismo estado que la tarde anterior. ¿La tarde anterior? La mente juega malas pasadas; me parecía toda una vida.

—No he podido ordenar mucho —se disculpó Holmes—. Entienda que mi atención estaba ocupada por otros temas.

Pese a lo que Holmes estaba diciendo, sí que reparé en algunos cambios: una de las mesitas auxiliares había sido enderezada y en ella se apilaban unos cuantos telegramas. Holmes se lanzó sobre ellos como un halcón, y yo paseé con curiosidad la mirada por unas estanterías que habían escapado al ataque de la tarde pero que ahora aparecían vacías, sus contenidos desparramados por el suelo como si por la salita hubiera pasado un minúsculo pero potente huracán.

Holmes, leyendo los telegramas, emitió un “¡Ja!” de satisfacción, siguió mi mirada, y leyó con facilidad mis pensamientos.

—No busque más culpable que a mí, Watson —dijo con una sonrisa que se le borró casi inmediatamente—. Tras recibir la nota me temo que maltraté bastante mis pobres índices hasta encontrar la información que buscaba. Pero atendamos primero a sus necesidades, amigo mío.

En menos tiempo del que se tarda en decirlo me encontré de nuevo en el sillón que había ocupado unas horas antes. Con la señora Hudson ausente Holmes echó mano de uno de sus pubs favoritos, The Drunken Llama, y consiguió que uno de sus Irregulares nos subiera un refrigerio consistente en pan, jamón, queso, manzanas y sidra, todo lo cual devoré con ganas. Al finalizar, sintiéndome casi humano, me arrellané en el sillón acunando la jarra de sidra entre las manos y di por buenos todos los secuestros del mundo.

Holmes, a mi lado, había mordisqueado apenas un poco de pan y parecía en peor estado que yo, con sus ropas manchadas y las señales de la pelea marcadas en su cara pálida. Sin embargo su expresión ávida no traicionaba cansancio alguno mientras revisaba un par de telegramas, sonriendo para sí.

—Es lo que imaginaba, Watson. ¡Mi caso está completo!

—¿El abrigo? Me cuesta creer, Holmes, que una prenda de ropa haya traído tanta violencia a nuestra puerta.

—No es tanto la prenda en sí como los agentes elegidos para averiguar su secreto. George Bull es un hombre peligroso, Watson: inteligente, rápido de reflejos, y nada reacio a usar la violencia. Su asociado, por cierto, se llama Edward Hart y no es más que músculo de alquiler. Podemos olvidarnos de él. Pero sin George Bull este caso hubiera sido resuelto con mucha menos destrucción de propiedad —Holmes paseó una mirada algo melancólica por los restos de su vivienda y luego me miró de soslayo—, y menos peligro para mis amigos.

Agité una mano.

—Olvide eso, Holmes, se lo ruego. Dígame qué ha averiguado, por favor.

Holmes asintió, apoyando los codos en los brazos del sofá y juntando las yemas de los dedos en la postura que tan familiar me era; con su disfraz y sus heridas el efecto era algo incongruente.

—Ya habíamos determinado que su falso atraco no tenía más objeto que atraer mi atención sobre el abrigo. Claramente alguien quería que Sherlock Holmes, el sabueso, el famoso detective —la expresiva boca de mi amigo se plegó en un gesto sardónico—, averiguara qué tenía de especial. Por tanto, no podía ser un secreto sencillo de desentrañar.

“También sabe usted que hasta que nos despedimos hace unas horas yo estaba totalmente a oscuras respecto a qué secreto podía ocultar el abrigo. Que ocultaba uno es evidente, pero sin tener idea de su naturaleza me encontraba sin indicios sobre por dónde empezar. Y así hubiera seguido, probablemente, si usted no hubiera tenido la amabilidad de curarme la mano.”

—¿La mano?

Holmes alargó la mano que se había herido en la pelea, aún cubierta por un vendaje sucio que me hizo fruncir el ceño.

—Su referencia a mi uso de productos químicos. En sus notas consta que Weir, el anterior poseedor del abrigo, tenía manchas en las manos. Cicatrices, de acuerdo. Quemaduras, muy bien. Callos, por supuesto. Pero, ¿manchas? ¿Trabajando en una fábrica de toneles? Consideré imposible que usted confundiera manchas con quemaduras de alquitrán ardiente; le sé mejor médico que eso, de modo que eso dejaba la posibilidad de que el trabajo anterior de Weir, antes de venir a Londres, estuviera relacionado con productos químicos.
Holmes alargó hacia mí su mano sana.

—Mi propia mano guarda huellas de mis experimentos químicos. Para el observador avezado, son tan reveladoras como si llevara escritos mis experimentos en ella. Verá quemaduras y decoloraciones químicas, pero verá también los restos de tintes. Weir había trabajado en contacto con tintes industriales. Imagino que ya verá la conexión.

—¡El abrigo!

—Exactamente, Watson: el abrigo en sí, un abrigo hecho a mano por alguien no muy ducho en la materia, no contenía un misterio guardado en los botones o las costuras, ni un papel escondido en el forro; nada tan prosaico. El abrigo, o más bien el tinte amarillo que le daba su aspecto francamente espantoso, era el secreto.

“Me he pasado estos últimos días comentando su fealdad cuando debería haberme fijado menos en su estética y más en lo poco habitual del tono. Cuando usted se fue llevé a cabo un sencillo test químico: se trata de un tinte basado en la reacción de diazotación, y uno de un color y resistencia que no se corresponden con nada que se haya desarrollado hasta el momento.

“No sé si es usted consciente de que ahora mismo existen enormes intereses económicos en torno a tintes industriales. Aunque en Inglaterra hemos logrado algunos avances, en mercado, beneficios y número de patentes nos ganan por la mano los franceses, y sobre todo los alemanes, cuyos descubrimientos están revolucionando la industria entera. El secreto de un tinte que nadie haya desarrollado aún puede ser el impulso que necesita el país para convertirse en pionero en esta industria. La naturaleza del tinte del abrigo me reveló de inmediato por dónde empezar a buscar.”

Holmes se levantó y se lanzó a una pila de papeles descuidadamente apilados en un rincón. Tras hurgar en ellos, extrajo un papel color crema que yo recordaba vagamente y lo agitó con aire triunfal.

—¡Lo tenía ante mis narices todo este tiempo! ¿La recuerda? Se la enseñé hace un par de días: la carta de Herr Martius desde Ludwigshafen, que resulta ser uno de los centros de producción de la Badische Anilin und Soda Fabrik, una compañía química alemana que desarrolla, entre otras cosas, tintes. Recuerde que me pedía que buscara a un químico inglés. Le apuesto lo que quiera a que ese químico inglés es alto y delgado, el abrigo le va como un guante, y tiene algún conocido que sabe algo de costura. Quizá el abrigo fue un encargo, o simplemente un regalo para que nuestro químico pudiera probar su nuevo tinte sobre una prenda de ropa.

“El telegrama que acabo de recibir es de la policía alemana, informándome de que un tal Donald Peabody, de profesión químico y que coincide con la descripción del dueño original del abrigo, está actualmente en paradero desconocido. Ese otro telegrama —señaló la mesita— me informa de que Frank Weir figuraba hasta hace unos meses en el registro de trabajadores de la fábrica de la compañía en Ludwigschafen. ¿Lo ve?

—Peabody robó el secreto del tinte amarillo —dije despacio—, con la complicidad seguramente de Weir.

—¡Exactamente! No sé si el tinte fue desarrollado por el propio Peabody, pero en todo caso eligió una ingeniosa manera de sacar la fórmula del tinte de la fábrica: un papel puede ser robado o copiado, y es además la manera obvia de robar un secreto industrial; por eso todos pensaban que el abrigo ocultaba un secreto en vez de ser el secreto en sí mismo. Incluido yo. Pero no era una fórmula, ¡era una muestra disfrazada de un objeto cotidiano! —Holmes estaba prácticamente frotándose las manos de gozo—. Una muestra no es un secreto tan obvio: requiere la intervención de un químico más que competente para identificar y recrear la fórmula. Sin duda Peabody pretendía asegurar su nueva vida haciendo notar que quienquiera que comprara el secreto estaba comprando, también, sus servicios para sintetizar el tinte.

—¿Pero por qué tenía Weir el abrigo de Peabody?

—Ese es un punto que falta por determinar, pero a juzgar por el tiempo que Weir ha tenido el abrigo, mucho me temo que Peabody nunca completó su plan y desapareció de la faz de la tierra poco después de emprender su huída. Es obvio que Peabody nunca le reveló a Weir el secreto del abrigo pero sí que la prenda era importante; Weir se quedó el abrigo sin saber su valor, pero sin atreverse a deshacerse de él.

“Pero alguien, no sé si de la propia compañía de Martius o de una rival, dio con Weir en Londres y reconoció, ya que no el secreto del abrigo, sí su importancia. Para cuando lo hizo Weir ya estaba demasiado enfermo, y la prisa o la imprudencia hizo que nuestro hombre contactara con George Bull. No sé si era consciente del hombre tan peligroso que acababa de introducir en sus planes. Bull, sabiendo únicamente que el abrigo de Weir guardaba un valioso secreto que nadie parecía ser capaz de desentrañar, y habiendo leído mis aventuras en sus relatos del Strand, imaginó que era un misterio digno de mí. De modo que urdió el plan que usted ya conoce, pretendiendo usarme a través de usted para resolver el misterio del abrigo.”

Moviéndose con algo menos de su agilidad habitual, Holmes dejó los telegramas sobre la mesita.

—Una vez determine la identidad de quien haya contratado a George Bull, el resto será trabajo tedioso que puede hacer perfectamente la policía. Mucho me temo que Peabody esté muerto, aunque ahora mismo no me aventuro a decir si por causas naturales o no. Mañana escribiré a Herr Martius y obtendré de él los detalles del caso que faltan, pero el misterio del abrigo amarillo está, por lo que a mí respecta, resuelto.”

Holmes se dejó caer en el sillón y cerró los ojos. Pude ver que estaba empezando a acusar el cansancio de las últimas horas, y por mi parte yo también me sentía letárgico y extrañamente deprimido pese a la feliz resolución de la noche.

—Lo mejor será que duerma aquí esta noche, amigo mío —dijo Holmes sin abrir los ojos—. La puerta no está reparada pero Gregson me ha prometido un agente de guardia toda la noche. Mañana podrá volver a su casa lo bastante descansado como para no alarmar a su esposa. Su antigua habitación está libre.

Empecé a objetar algo, no recuerdo qué, pero mis argumentos murieron a medio camino entre mi cerebro y mis labios y me dejé caer exhausto en mi antigua cama. En apenas unos minutos dormía profundamente.

                                                                                                   
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Desperté casi a media mañana, sintiéndome maravillosamente descansado y con un hambre feroz. Bajé a la salita de excelente humor, pero la escena que allí me esperaba me recordó de inmediato los sucesos de la víspera.

La habitación estaba ordenada: los muebles y cacharros rotos habían desaparecido, y el único cambio notable era un número inusitado de policías. Holmes y Gregson estaban inclinados sobre la mesa que solía recibir nuestros desayunos, examinando los papeles y mapas que la cubrían. Mi amigo había sustituido su ajado disfraz del día anterior por un traje oscuro y su aspecto era tan correcto como siempre, pero su palidez y la manera en que la piel se tensaba sobre sus rasgos huesudos me reveló enseguida que no había dormido nada. El inspector también mostraba indicios de no haber descansado lo suficiente. Un agente uniformado esperaba junto a Gregson con los brazos cargados de papeles, y en el descansillo otro montaba guardia frente a la puerta reventada.

—¡Watson! —Holmes sonrió al verme—. ¿Cómo se encuentra?

—Completamente repuesto —aseguré con sinceridad—. ¿Hay algo de comer? Estoy famélico.

Holmes miró vagamente a su alrededor, como si el propio concepto de comida le resultara extraño, y fue Gregson quien me indicó una cesta de mimbre llena de emparedados, sobre la que me lancé con avidez. Alguien había preparado café con ayuda del mechero Bunsen de Holmes, y así pertrechado con todo lo necesario para afrontar el día me uní con curiosidad a los dos hombres.

—No hemos recibido información nueva sobre Peabody, pero sí sobre Weir, y efectivamente él y Peabody se conocían. Es probable —Holmes señaló un mapa de Alemania extendido sobre la mesa y cubierto de rayas a lápiz— que Peabody eligiera una de estas rutas para huir. Se las proporcionaremos a la policía alemana, aunque no tengo mucha esperanza de que encuentren nada.

—El señor Holmes me ha convencido de que avisemos al Ministerio sobre este asunto —añadió Gregson—, y de que enchironemos a Bull bajo cargo de secuestro, aunque no sé por qué no quiere que añadamos el robo del abrigo.

—Con la acusación de secuestro bastará, Gregson.

—Si usted lo dice, señor Holmes —Gregson se encogió de hombros—. Un robo es un robo, a mi entender, y todo ayuda para tener más tiempo entre rejas a ese indeseable.

—Oh, no se preocupe por eso, inspector —dijo Holmes—. George Bull pasará gran parte de su vida en prisión, de eso estoy seguro. Ahora necesito que saque de aquí a sus muchachos y nos conceda un poco de privacidad para ordenar mi casa. El cerrajero no debería tardar en venir.

—Pero señor Holmes…

—No, no, inspector, insisto. Tendrá usted mucho trabajo con el papeleo de este caso, y no me cabe duda de que pronto recibirá la visita del Comisionado en persona para felicitarle por el arresto realizado.

—¿Usted cree? —Tobias Gregson se puso colorado como un tomate y salió pavoneándose de Baker Street, seguido por los dos agentes. Holmes me dirigió una mirada de soslayo.

—Habrá imaginado que no iba a contar al inspector que tenemos en nuestras manos el que puede ser el secreto de la supremacía británica en la industria del tinte, Watson, al igual que Bull no debe saber la naturaleza del secreto que le encargaron robar.

—Supongo que hablará con Mycroft.

—Le envié un telegrama a primera hora. Imagino que no tardará en enviar a alguien con instrucciones precisas para recoger el abrigo y llevarlo a algún laboratorio con más medios que los míos —Holmes paseó una mirada algo melancólica por su disminuido arsenal químico—. Y con esto, Watson, creo que nuestra labor en esta parte del caso ha terminado. Sólo lamento que haya sido a un coste tan alto para usted.

—Por última vez, Holmes —dije con firmeza—, no quiero que se preocupe más por eso. Afortunadamente no fui herido y gracias a usted todo ha terminado de la mejor manera posible.

Holmes movió la cabeza.

—Se subestima usted, Watson —dijo en voz baja—. Siempre lo ha hecho, y no sería Watson si no lo hiciera, pero a veces…

Dejó morir la frase y volvió su atención a los papeles del caso, una expresión extraña en su rostro marcado. Me terminé mi emparedado, sin saber muy bien qué contestar. Poco después llegó el cerrajero, consiguiendo con su presencia que la vida retomara su curso habitual en Baker Street y facilitándome la decisión de dejar a mi amigo y volver a mi hogar. Pese a los desagradables recuerdos de las últimas horas no encontré difícil reincorporarme a mi rutina habitual. Pero durante los siguientes días me fue difícil quitarme de la cabeza las palabras de Holmes y la expresión de su rostro pálido y agotado, inclinado sobre los papeles que cubrían la mesa.

                                                                                                    
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Poco queda que contar; un escueto telegrama de Mycroft me rogó que no publicara este caso hasta no haber determinado la utilidad del tinte descubierto por Peabody para los intereses económicos de la Corona. Holmes recibió una medalla del Primer Ministro, de la que no me habló hasta que nos volvimos a ver a finales de primavera.

—No creo que salga gran cosa de todo esto, Watson —dijo entonces, volviendo a arrojar descuidadamente la medalla al cajón del que la había sacado—. Ni para ellos ni para nosotros. Fue un problema interesante, pero no he encontrado indicios firmes de intereses ocultos en juego. Aun así, aun así…

—¿Aun así…?

Holmes quedó absorto unos instantes y volvió en sí con un respingo y una sonrisa.

—Nada, amigo mío, nada. Creo que empiezo a chochear, a crear castillos en el aire, a hacer conexiones que no corresponde hacer. ¿Se quedará a comer?

—De mil amores —dije, levantándome—, pero antes debo hacer algunos recados. Volveré en un par de horas.

—Oh, en tal caso, si va a salir, ¿le importaría hacerme un favor?

—Será un placer.

—¿Puede pasarse por la librería de Barnes y recoger unos libros que encargué el otro día? Especialmente uno titulado “Dinámica de un asteroide”.

—¡No le suponía interesado por la astronomía, Holmes!

—No exactamente —de nuevo la expresión de Holmes se volvió remota—. No, no exactamente por la astronomía. Más bien por su autor.

—¿Alguien a quien yo conozca? —pregunté distraído mientras me disponía a salir.

—No, Watson. No creo que usted conozca al profesor James Moriarty.



FIN


¿Fin? Sí, fin. Peeeeeeeeero en breve tendremos algunas cositas más relacionadas con la historia, en este blog, a lo largo de esta semana, porque toda historia necesita un epílogo (es una regla que me acabo de inventar), y porque ya que hice un trailer, ¿por qué no añadir unos extras? ¡A lo largo de esta semana, en el blog, veréis aparecer ¡los extras de La Aventura del Abrigo Amarillo!

Muchísimas gracias a todos.


Comentarios (14)
Enviado por Daurmith el 2014-04-21 a las 00:35


~ 2014-04-14

¡Buenos lunes! Quizá no sean muy buenos para vosotros. Desde luego no son buenos para mí, que ya no tengo vacaciones. Pero esperemos que sean un poco mejores para Watson, a quien habíamos dejado en un feo aprieto, y hoy toca saber qué pasa luego. Ayquemosión.

Los remajos que comentáis y dais difusión a la historia merecéis más de lo que la historia os da, pero al menos que no se me pase nunca daros las gracias: siempre siempre siempre me alegráis el día.

¿Y qué os habéis perdido los que llegáis hoy al relato? ¡Muchas cosas!

En el Capítulo Primero vimos que un Watson bastante hecho polvo va a ver a Holmes, que está en plena forma y lo demuestra sometiendo a su amigo a un bombardeo deductivo. Gracias él sabemos que Watson recibió en curiosas circunstancias un abrigo de color amarillo, que le fue robado y devuelto en cuestión de minutos, incidente que le contó a Holmes en el Capítulo Segundo. Este hecho picó la curiosidad del detective, que se dedicó a investigar, o más bien a enviar a Watson a averiguar más cosas sobre el anterior poseedor del abrigo. En opinión del detective, el abrigo oculta algún secreto importante. Watson, que como se cuenta en el Capítulo Tercero solo quiere dormir, lleva todo el día esperando el prometido mensaje de Holmes respecto a sus progresos en el caso. Cuando tal mensaje no llega, cosa poco habitual en Holmes, Watson decide pasarse por Baker Street y en el Capítulo Cuarto se encuentra las habitaciones destrozadas y a Holmes con evidentes señales de haber estado en una pelea. Los atracadores de Watson buscaban, sin éxito, el famoso abrigo amarillo. Mientras hablan, Holmes cae en la cuenta de algún detalle que le permite resolver el caso y, en su estilo habitual, se niega a explicar nada al pobre Watson mientras no tenga todos los cabos sueltos en la mano. De modo que nuestro buen doctor emprende el regreso a casa pero apenas ha salido de Baker Street cuando es secuestrado y narcotizado por dos hombres...


CAPÍTULO QUINTO




Desperté lentamente, sin saber muy bien al principio dónde estaba. Me imaginé en mi cama, en mi casa, y me sorprendió darme cuenta de que tenía frío. Al alargar un brazo para buscar el cobertor, di contra algo duro en lugar de contra mi colchón, y el sobresalto me hizo abrir los ojos. Los volví a cerrar de inmediato, alanceado por una tremenda punzada de dolor. Aunque mi memoria seguía confusa poco a poco empecé a recuperar los sentidos, cosa que encontré harto desagradable.

Al dolor de cabeza se unía una fuerte náusea que me obligó a respirar profunda y cuidadosamente durante un par de minutos mientras intentaba recordar lo ocurrido. La incomodidad física evitó que me diera cuenta enseguida del peligro de mi situación, de modo que dispuse de unos minutos durante los que, para distraerme de mis varios dolores, hice inventario de mi entorno.

Estaba en una habitación pequeña, que a juzgar por el hedor y el suelo de tierra era un cuarto en algún sótano. Una puerta de madera, fuerte pero algo desvencijada, me cerraba el paso. La única y mortecina luz provenía de un ventanuco enrejado a ras de techo, con el cristal casi oculto por mugre y hollín. No había rastro de que el cuarto tuviera algún uso específico; las arañas que alguna vez lo habían poblado habían dejado tras de sí únicamente los restos polvorientos y aceitosos de sus telas y unos cuantos cadáveres resecos. Por todo mobiliario había un cubo de hierro, algunas cajas de madera rotas apiladas contra un rincón, y una mesita desvencijada en la que había un jarro y un vaso desportillado.

Poniéndome en pie con dificultades, me dirigí de inmediato a la mesa. El jarro contenía agua turbia, pero me atormentaba una sed terrible y bebí con ansia, vaciando casi la mitad de su contenido de un trago. Mi cabeza se despejó un poco; empecé a recordar mejor lo ocurrido.

Los dos hombres que me habían atacado eran sin duda Bull y su socio, apostados en las cercanías de Baker Street. Si se habían tomado tantas molestias para quitarme de en medio era probable que se dispusieran a intentar otro ataque contra Holmes, algo desesperado sin duda. ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Algunas horas: la luz del ventanuco tenía el tono azufrado de las lámparas de gas. Mi sombrero había desaparecido, pero mis atacantes no me habían despojado de ninguna otra de mis pertenencias; mi reloj parecía funcionar bien y marcaba las once menos veinte de la noche. Cuando salí de Baker Street no podía haber sido mucho más tarde de las siete. ¿Qué había pasado mientras tanto? ¿Sabría Holmes de mi secuestro? ¿Habría sufrido mi amigo un segundo y más efectivo ataque?

Frustrado y asustado la tomé con la puerta, pero las tablas eran de madera gruesa y sólida. La cerradura, de hierro, había sido bien cuidada, y además noté la inconfundible resistencia de un tablón atravesado contra la hoja por la parte exterior. Mis captores no tenían intención de facilitarme las cosas.

Bien, tampoco yo a ellos. Intentando pensar en qué haría Holmes de encontrarse en una situación parecida, examiné cuidadosamente el resto del cuartito. Algunas de las cajas me sirvieron para encaramarme hasta el ventanuco, pero la hoja que lo cerraba estaba tan cubierta de suciedad, hollín y óxido que abrirla hubiera sido casi imposible. Grité pidiendo ayuda tan pegado al sucio vidrio como pude, pero no alcancé a ver señales de viandantes; no se atisbaba nada más que una pared de ladrillos y los adoquines sucios de un callejón.

Cada vez más furioso, bajé de mi improvisado taburete y busqué algo con lo que romper el cristal. El ventanuco era demasiado pequeño para permitirme el paso, y además seguiría teniendo el obstáculo de los barrotes, pero como mínimo conseguiría que mi voz se oyera más lejos. Quizá el sótano se encontraba a poca distancia de alguna calle más transitada. Quizá alguien me oiría y llamaría a la policía.

Quizá fuera ya tarde. La idea me provocó una reacción física, como si me hubieran golpeado, y me obligué a apartar de mi mente las visiones del cuchillo que antes había acariciado mis costillas hundido en el pecho de Holmes. Con un esfuerzo, me centré en lo que tenía a mi alrededor.

La jarra de peltre era demasiado frágil, y el vaso era de barro. No había ninguna piedra ni ladrillo suelto que poder usar, pero debía haber algo que me sirviera, algo que me permitiera escapar. La incertidumbre de no saber qué había pasado en las últimas horas era insoportable. Di dos vueltas más por mi prisión hasta que me convencí de que aparte de intentar cavar un túnel, cosa que me llevaría semanas, no había ninguna manera de salir de allí.

Esto sólo me dejaba una opción. En algún momento George Bull o su socio deberían abrir la puerta, si es que no habían decidido dejarme allí encerrado hasta matarme de hambre. La idea me provocó un repentino escalofrío, pero si me habían dejado agua tenía que suponer que tarde o temprano me traerían comida y que su intención no era asesinarme, sino mantenerme fuera de la circulación hasta haber llevado a cabo sus planes. Contando con ello, dirigí de nuevo mi atención al vaso de barro.

Tendría una sola oportunidad, pero si actuaba con decisión podría ser suficiente: arrojé el vaso contra la pared, elegí un trozo a propósito, terminado en punta y con algo de filo, y lo envolví con mi pañuelo, creando una daga improvisada. Ahora se trataba de esperar; cuando uno de mis captores abriera la puerta intentaría reducirlo y obligarle a mostrarme la salida, contando con que el otro no desearía verme degollar a su compañero.

Era un plan arriesgado y con pocos visos de éxito, pero encontré mucho más insoportable la idea de esperar pasivamente a que llevaran a cabo sus planes contra Holmes, incluso sabiendo que ya podían haberlo hecho. De modo que apresté mi arma, planifiqué cuidadosamente mis movimientos, y esperé.

=%=%=%=


Aunque a mí me pareció que la espera duraba una eternidad, según mi reloj apenas había pasado una hora y media cuando oí ruidos al otro lado de la puerta: voces atenuadas, una discusión al parecer. Me coloqué en la pared junto a la puerta, apretando mi arma improvisada en la mano, y escuchando con toda mi atención.

La voces subieron de volumen, aunque todavía me era imposible determinar a quién pertenecían y qué estaban diciendo. Una de ellas parecía muy agitada. Deseé con todo mi ser que la voz perteneciera a George Bull y que eso significara que le estuvieran yendo muy mal las cosas.

Un ruido repentino y muy fuerte me hizo dar un respingo y casi dejar caer mi daga de barro. Sonaron algunos gritos. Me pareció que había más gente con Bull. ¿Qué estaba pasando? Alguien gritó de nuevo, esta vez de dolor, tras el seco e inconfundible sonido de un golpe, y estalló una barahúnda. Oí pasos acercándose y maldiciones y forcejeos a lo lejos.

Confuso pero resuelto, afiancé mi presa sobre mi arma improvisada y tensé todos los músculos, preparado para cualquier cosa. Alguien apartó la tabla de madera; oí la llave girar en la cerradura.

Ahora o nunca, pensé. La puerta se abrió de golpe y una alta figura dio dos largas zancadas al interior del cuarto.

—¡Watson! —dijo una voz ronca que reconocí de inmediato—. ¡Watson, responda!

—¡Holmes!

Mi amigo dio media vuelta y se quedó mirándome un largo instante con los ojos muy abiertos. Tenía un aspecto espantoso: estaba blanco como la muerte, vestido todavía con sus ropas de obrero, la mano cubierta por una venda sucia y el moratón de su pómulo ennegrecido. Una barba incipiente marcaba los ángulos de su rostro y le daba un aspecto cadavérico.

—¡Gracias al cielo! —Holmes soltó un suspiro prodigioso y vino hacia mí, su expresión demudada cambiando a una de profundísimo alivio—. ¿Está bien? ¿Le han herido?

—Si me han… No, no, estoy bien, ¿pero cómo…? —Holmes me miró de arriba a abajo, alargó la mano como para asegurarse de mi solidez, reparó en la punta afilada de barro asomando por mi puño apretado, y sonrió; una sonrisa extraña, dura, que no parecía suya.

—Ah, Watson, y yo que me permití dudar de su valor y su sangre fría. Debí saber que no podrían someterle fácilmente —dijo, y su voz recobró algo de su sonoridad habitual, aunque seguía siendo curiosamente ronca—. Vamos, salgamos de aquí. Todo ha terminado.

La energía que me había animado apenas unos instantes atrás se esfumó de golpe ante esas palabras; dejé caer mi daga y me pasé la mano por los ojos, que se habían nublado de repente. Noté de inmediato la fuerza del brazo fibroso de Holmes sosteniéndome.

—Apóyese en mí —dijo.

—Puedo caminar, Holmes —protesté, y la presa de Holmes cambió, pasando a brindarme la posibilidad de apoyarme en él si me hacía falta pero sin sujetarme. Aunque me habían empezado a temblar las piernas, salí del cuarto por mi propio pie y me encontré con un cuadro que me llenó de satisfacción.

La estancia adyacente era una bodega en desuso, con barriles contra las paredes y una mesa en el centro. George Bull y su compañero, un hombre alto y rubio al que ahora veía la cara por primera vez, estaban en manos de cuatro fornidos agentes de policía. Otros dos agentes estaban registrando la estancia, supervisados por Gregson, que sonrió de oreja a oreja en cuanto me vio.

—¡Doctor Watson! El señor Holmes dijo que le encontraríamos aquí. ¡Qué susto nos ha dado! ¿Se encuentra bien?

—Perfectamente, inspector, muchas gracias —dije, y me alegró constatar que mi voz sonaba mucho más firme de lo que yo me sentía—. Veo que tiene la situación bajo control.

—Y a estos dos también —dijo Gregson con una mueca—. No se preocupe por nada, doctor; estos dos buenos chicos tienen una cita con Old Bailey a la que me aseguraré de que no falten. Su testimonio nos valdrá de mucho para ello.

—No le faltará, inspector —dije, y crucé una mirada con George Bull, que durante un momento se mostró desafiante, pero pronto apartó la vista.

—Eh, vamos, jefe, no le íbamos a hacer daño —masculló—. Sólo queríamos…

—Sé lo que querían —interrumpió Holmes, con voz fría como el acero—. Y deben alegrarse de haber fracasado. Si Watson hubiera sufrido un rasguño, uno solo, pueden estar seguros de que no hubieran salido jamás de esta casa.

Miré a mi amigo, sorprendido por la amenaza descarnada en su tono. Oí carraspear a Gregson. Holmes estaba mirando a Bull, no con la frialdad clínica que solía dedicar a sus sujetos, sino con odio indisimulado y ardiente. Bull balbuceó algo, pero finalmente agachó la cabeza y permitió que se lo llevaran sin oponer resistencia.

—Vamos, Watson —dijo Holmes—. Volvamos a Baker Street. Necesita usted como mínimo un sillón y algo caliente para comer.

—No, Holmes, debo volver a casa. Mi esposa…

—Mi querido amigo, concédame algo de crédito, se lo ruego. Su esposa cree que está usted conmigo investigando un caso, perfectamente a salvo, y que volverá por la mañana a su consulta como siempre. Le envié un cable esta tarde cuando me di cuenta de la gravedad de la situación. No se preocupe; no tiene por qué enterarse de nada de lo ocurrido esta noche si usted no quiere.

El alivio ante mi inesperado rescate no fue nada comparado con el alivio que las palabras de Holmes me provocaron, y tuve que buscar una silla en la que dejarme caer. Oí lejanamente la voz de mi amigo hablando con Gregson, y un momento después algo frío se apretó contra mis labios.

—Beba —dijo Holmes con firmeza. Tomé un trago de algo que resultó ser brandy y que me hizo toser, pero que tuvo la virtud de devolver algo de claridad a mi mente. Enfoqué la vista en el rostro preocupado de Holmes.

—¿Seguro que puede andar? —preguntó mi amigo. Asentí, y con Holmes acomodándose a mi paso aún vacilante, salimos para siempre del lugar en el que tan angustiosas horas había pasado.



MenosmalpobreWatson. ¿Se enterará ahora por fin de la razón del mal rato que ha pasado? ¡No se pierda la resolución de La Aventura del Abrigo Amarillo! ¡La manera más deductiva de empezar la semana!

En el CAPÍTULO SEXTO (y último)...
Explicaciones — El secreto del abrigo amarillo — Consecuencias — Un recado


Comentarios (22)
Enviado por Daurmith el 2014-04-14 a las 07:39


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