~ 2012-05-14

Tengo a Saturno muy visto. Hay fotos, dibujos, infografías y webs enteras dedicadas al planeta más cuco del sistema solar. Porque es el más cuco, no me lo negarán. Júpiter es más bonito, una canica de franjas multicolores, pero Saturno, con sus enormes anillos, es el planeta. La silueta que todos reconocemos y la imagen que nos viene a la mente cuando nos hablan de un "planeta".

Este viernes estuve en el Street Alicante Science, una feria-festival-evento-cosa dedicado a sacar la ciencia a la calle y a explicar qué hace esta panda de locos a los que llamamos "científicos", así en general. Fue una experiencia breve (por desgracia) pero estupenda, y estoy preparando una entrada más larga contando un poco qué me encontré por allí y por qué creo que estas cosas deben ocurrir muchas más veces.

Pero hoy quiero hablaros de la primera vez que vi Saturno.

Fue ese mismo viernes, de anochecida. Unos cuantos irreductibles, y otros que no eran de la guerra, acabábamos de suicidarnos (sí, me suicidé otra vez) con mucha risa y provecho bajo la batuta de @FerFrias (que se suicidó dos veces esa noche, el muy machote), y yo me tenía que ir. Así que más tarde, mientras los demás homeozombies se iban al cóctel científico, los muy canallas, yo me encaminé a la salida del recinto donde dos grandes carpas habían estado emitiendo una algarabía de gente pasándoselo bien durante todo el día. Iba yo contenta y rememorando las muchas cosas chulas que había visto y oído, pero iba también reventada y con ganas de meterme en la camita.

Entonces vi unas siluetas oscuras agachadas en torno a algunos trípodes misteriosos, lo cual me hizo encaminarme inmediatamente hacia ellos. Para mí, los trípodes misteriosos son una provocación. Qué le vamos a hacer. H.G. Wells hubiera gozado conmigo.

Eran telescopios. Se me pasó el cansancio de golpe, porque un señor, doblado en dos sobre el ocular de uno de los cacharros, estaba diciendo "Tengo a Venus, y está espectacular". Lógico, por otra parte, siendo Venus. Pero como no se captura todos los días a una diosa, me agaché yo también a mirar.

En el campo azul índigo del telescopio se veía una media lunita blanquidorada, imposiblemente nítida y bonita, una tajadita de luz reflejada desde la superficie de un planeta a unos cuarenta millones de kilómetros, mordida por una sombra igualmente tremenda, pero que en ese momento, en el ocular del telescopio, era tan delicada como la más perfecta de las joyas, realmente el Silmaril que lleva Eärendil en la frente. Chist, a mí me mola Tolkien, os aguantáis.

Encandilada por la sorpresa de ver que un planeta a través del telescopio es a la vez tremendamente soso y tremendamente emocionante, me acerqué a otro telescopio que apuntaba decididamente por encima de una de las carpas, a una tenue lucecita rojiza.

--Es Saturno --me dijo el astrónomo que estaba contestando a las preguntas de la gente.

--Nunca he visto Saturno --dije, mintiendo cual bellaca pero a la vez diciendo la verdad. Hasta esa noche, nunca había conseguido identificar Saturno en el cielo, para empezar, y aunque he visto cientos de fotos del planeta, nunca lo he visto a través del telescopio.

Así que esperé mi turno (reconocí al chico de delante de mí porque se había pasado parte de la tarde, como yo, friendo a preguntas a una chica que tiene como profesión la cría de moscas), y me asomé de nuevo al ocular de un telescopio, lo más parecido a una TARDIS que conozco (junto con el microscopio): tan pequeño por fuera, tan grande por dentro.

De nuevo apareció una silueta nítida, un recortable plateado del planeta más absolutamente paradigmático posible, la esferita rodeada por los anillos en airoso ángulo, como un sombrero llevado con mucha clase. Me quedé unos segundos parpadeando, encandilada, viendo la forma tan característica de Saturno en vez de la chispita amorfa que nos muestra el cielo.

--¿Ves Titán? --me dijo al oído el astrónomo--. Mira arriba, un poco a la derecha, un puntito que casi no se ve.

Lo vi. Había un alfilerazo casi imperceptible de luz donde me indicaba: una de las lunas de Saturno, a distancias inimaginables. Yo seguía encantada por la silueta plateada.

--¡Tiene franjas! --exclamé. Claro que tiene franjas. Lo sabía de sobra. Pero en ese momento, mirando a través del telescopio, Saturno y sus pálidas franjas azulinas fueron absolutamente nuevos para mí, y tenía que compartir mi descubrimiento con el mundo: Mirad, es Saturno, mirad, tiene anillos, mirad, qué franjas más bonitas tiene.

A mí me pasa esto muy a menudo con el ADN o alguno de mis otros amores científicos: quiero que los demás lo vean, lo admiren, lo quieran como yo, no sólo por su poder explicativo de la realidad, sino por su belleza intrínseca. Me resulta tremendamente gratificante que alguien entienda, aunque sea durante un rato, por qué me enamoré de esa molécula en concreto y por qué la considero hermosa.

La noche de viernes del StAS, gracias a los astrónomos allí presentes, yo descubrí ese aguijonazo de felicidad que da abrir la mente a otro cachito del universo. Desde aquí, mi más sincero agradecimiento. Por fin he visto Saturno.


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Enviado por Daurmith el 2012-05-14 a las 23:08


~ 2012-05-04

Me he unido a la iniciativa #sinCiencia con este video:



Que es mudo, sí. Pero que creo que dice lo que tiene que decir. Otros lo han dicho, y muchísimo mejor que yo, en Twitter. Mis compis en Escéptica.org también se han sumado. Y todos ellos dicen lo que tienen que decir, y muy bien (mi video favorito a estas alturas creo que es el de Mi Mesa Cojea).

Yo no voy a añadir más. Salvo lo obvio: sin ciencia no estarías leyendo esto. No tendrías con qué.

Y matizo: la ciencia no es perfecta, ni una panacea, ni la receta mágica que nos va a sacar a todos de la crisis y a conducirnos a una utopía de bienestar, riqueza y felicidad perpetuas. Nunca lo ha sido, y nunca lo será. Pero la ciencia es necesaria como el respirar porque la ciencia sirve para estar incómodos, para seguir despiertos, vivos, y humanos. Para seguir curioseando en este Universo que nunca jamás llegaremos a conocer del todo (pero disfrutaremos intentándolo). Y este proceso lento, frustrante, maravilloso, estricto y asombrosamente creativo, siempre, siempre, siempre, desde que nació, nos ha dado maneras de mejorar nuestra vida, cuando hemos querido usarla así. Y nunca, jamás, en toda la historia de la humanidad, un país que haya apostado en firme por la educación y el conocimiento científico se ha equivocado al hacerlo.

Persistir en el error, como hace todo el que recorta en ciencia, no es, ja, científico, y lleva al desastre. Pero ya sabemos que #sinCiencia no hay futuro. Ni presente.


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Enviado por Daurmith el 2012-05-04 a las 20:40


~ 2012-04-12

Viene de la primera parte, si no, no sería la segunda...


La cafetería del AVE se ha convertido en un sitio de tertulias y algún que otro mítin. La camarera contempla con resignación a los mitineros, que ocupan todo el espacio y hablan en voz, digamos, penetrante.

Una mujer bajita me mira de reojo. No reacciono y sigo leyendo. Ella se acerca con movimientos lentos y cuidadosos, como si fuera a dar de comer a un león, y pone despacito, muy deliberadamente, su vaso de café vacío en el plato con los restos de mi desayuno. Y se va.

O no ha encontrado la papelera o me he perdido algo.

***

En una cola de cosas de la vida real, leyendo la Nature de esta semana. Un señor se acerca, curioso, a cotillear por encima de mi hombro. Es sorprendente lo rápido que se retira cuando ve que estoy leyendo un abstract llamado The thermodynamic meaning of negative entropy.

***

Hace dos semanas vine a este bar, me comí un pincho de tortilla de atún espectacularmente bueno, y asistí divertida a la conversación entre varios parroquianos habituales. En la tele estaban poniendo un documental sobre cómo se construyeron las pirámides, y los tertulianos hablaban con calma y mesura de templarios y órdenes monásticas, con un leve desvío por las propiedades de la iglesia y alguna elucubración sobre el tesoro de los templarios para no perder las buenas costumbres.

Hoy la tele muestra un programa matinal de esos de miserias y muchos gritos en los que se ofrecen como entretenimiento las opiniones más estridentes disponibles. Los parroquianos, tras dictar sentencia brevemente sobre el tema tratado, se han puesto a hablar de fútbol y han tardado poco en cambiar a las noticias locales.

Hay esperanza, insisto.


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Enviado por Daurmith el 2012-04-12 a las 14:54


~ 2012-03-30

Son tiempos revueltos por todas partes, leer el periódico es sinónimo de querer trasegarte una botella de vodka a gollete sólo para que se te pase el susto, y estamos todos aprendiendo palabras nuevas cada día, todas ellas relacionadas con lo mal que van las cosas. Vale.

Yo he desaparecido estas semanas por falta de tiempo, como siempre; un valor este -el tiempo- que considero cada vez más precioso. Pero entre susto y susto de titulares, no para de rondarme por la cabeza la caída libre en que ha entrado la ya de por sí comatosa investigación española. Es algo que me tiene triste, preocupada, cabreada y sobre todo asustada.

Veréis. España no es un país muy rico en recursos naturales; tampoco es rico en agua dulce, y probablemente sea cada vez más pobre a medida que avance el cambio climático. Carece de muchos de los felices accidentes geográficos o geológicos que dan a otros países riqueza en forma de yacimientos de minerales estratégicos, de combustibles fósiles, de caladeros excepcionales. Qué le vamos a hacer; el planeta es como es y nosotros vivimos aquí.

Pero hay una cosa que España sí que tiene, y que tiene el mismo potencial que el mejor recurso del país más rico y avanzado que hoy por hoy pueda existir; un recurso poderosísimo que puede poner a cualquier país a la altura de los mejores del mundo. Un recurso que puede generar riqueza real y duradera y que no depende de tener tal o cuál yacimiento o cultivo.

No, no hablo de Gran Hermano.

Cada año nace en España aproximadamente medio millón de científicos. Quinientas mil mentes despiertas, curiosas y con ganas de aprender, capaces en potencia de aprovechar el conocimiento científico acumulado por el mundo durante unos pocos siglos y ponerlo al servicio del desarrollo y la prosperidad del país.

No somos capaces (nunca lo hemos sido) de aprovechar ese recurso, que es renovable al 100% y muchísimo más eficiente que tener yacimientos (finitos, siempre) de cualquier cosa. Cada vez que alguien se propone hacer algo al respecto choca con una inercia de siglos y una actitud apática y basada en el corto plazo y en el beneficio inmediato. Y como el beneficio inmediato nunca funciona, porque la investigación científica no funciona así, dicen aquello de "esto no es rentable" y lo paran.

La investigación no es un tren. No puedes pararla y esperar no haber perdido terreno cuando vuelvas a arrancar. La investigación, que debe nutrirse de un sistema educativo en el que se fomente la curiosidad y el pensamiento crítico (no al revés) es una carrera de fondo, difícil y poco llamativa en general (con sus excepciones). Pero consigue que, primero, se puedan gestionar de la mejor manera posible los recursos que haya disponibles en el territorio, y segundo, que se busquen y se encuentren maneras de aprovechar todo lo que no se creía aprovechable. Y consigue curar mejor, y prevenir más, y descartar soluciones poco eficientes, y alimentar a más gente con menos agua y peor suelo, y -muy importante- transmitir la idea, real y bellísima, de que tenemos a mano lo necesario para hacer cosas que no podíamos ni imaginar hace cinco, diez, quince años. Basta con tener esas mentes curiosas e inquietas aquí, en casa, rebuscando debajo de las piedras, hablando con el resto del mundo, transmitiendo su entusiasmo y sus ganas de entender y de aprender y de enseñar.

No hace falta que sea medio millón, pero hace falta que estén. Que se vayan, aprendan, y vuelvan. Que se traigan a gente de fuera que venga a aprender aquí porque aquí tengamos cosas que enseñar. Que la gente quiera venir aquí a investigar, en vez de irse.

¿Es caro? No. Es baratísimo. Eso sí: cuesta mucho dinero. Pero es baratísimo.

Derek Bok, ex-presidente de Harvard, decía "Si crees que la educación es cara, prueba con la ignorancia". Y añado yo: "Si crees que investigar es caro, prueba a no hacerlo". Aquí en España llevamos demasiado tiempo probándolo. ¿Qué creéis? ¿Nos funciona? ¿Seguimos así?

 


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Enviado por Daurmith el 2012-03-30 a las 12:06


~ 2012-02-20

Holmes y ¡Watson!

Las recientes adaptaciones de Sherlock Holmes, en forma de frenéticas películas sin más ambición que la diversión y excelentes reinterpretaciones contemporáneas que se convierten en un festín de referencias cruzadas, son para una fan de Holmes como yo una fuente de entretenimiento, ya que no siempre de placer. Y me apresuro a decir que tanto las pelis de Ritchie como la adaptación de Moffat y Gatiss me encantan.

Las películas me caen bien, porque no me amarga la vida el hecho de que el Holmes de Robert Downey Jr. sea más bien un Batman maníaco y victoriano antes que un Holmes; son aventuras steampunk que toman de las historias originales algunas frases memorables y el andamio de la trama, y luego echan a correr por los caminos opuestos a la lógica. Pero eso está bien: son películas entretenidas que no pretenden más que entretener y que en el camino han dado con algunos hallazgos narrativos que me gustan mucho. Prefiero, la verdad, este tipo de happy meal de adrenalina a las deconstrucciones psicológico-sesudas de otras adaptaciones que buscan y rebuscan en la psique de un personaje de ficción para encajarlo a la fuerza en estándares hollywoodienses. Yo me entiendo.

De la adaptación de Moffat y Gatiss no digo nada, porque babeo. Aunque para mí van primero, siempre y sobre todo, las historias originales, me quito el sombrero ante la habilidad con que los creadores de Sherlock han tirado de aquí y empujado de allá, quitando y poniendo, resaltando y atenuando, hasta conseguir historias de Holmes perfectamente originales que son incluso menos fieles a los relatos de Doyle que las películas de Ritchie, pero que no lo parecen.

Pero una cosa que me gusta especialmente de esta nueva hornada holmesiana no es necesariamente nueva. Ya la inició la que sigue siendo para mí la mejor adaptación de las historias de Holmes, en cuanto que adaptación, y que fue la que hizo Granada TV, con el incomparable Jeremy Brett y el heroico David Burke. Y digo heroico porque Burke luchó contra el topicazo más injusto del canon holmesiano y venció. Y no me refiero a la gorrita de cazador de ciervos ni a la meerschaum, sino a la idea, culpa de Hollywood y de Nigel Bruce, de que Watson es tonto.

Watson no es tonto. Nunca lo fue. Es un hombre normal en compañía de un genio que nos haría tontos a todos. Watson no es tonto, ni viejo, ni bajito, ni gordito, ni glotón, ni el contrapunto cómico de Holmes. Watson es leal, bondadoso, generoso, valiente, y el complemento humano de Holmes. Burke fue el primero que lo desencasilló, en una interpretación canónica y entrañable, pero desde entonces el mensaje ha calado: Watson ha resurgido como lo que debe ser: un médico militar valiente, no tan brillante como Holmes (¿pero quién lo es?), y lo bastante seductor como para haberse casado por lo menos dos veces.

La versión de las películas, interpretada con humor y aplomo por Jude Law, está tan ciclada que se hace difícil pensar cómo es que el ejército británico dejó marchar a semejante Terminator (claramente su herida no le impide zurrar a un número apocalíptico de malos), pero tiene toda la apostura de los grabados de Paget, y un sombrero fenomenal de propina. El Watson contemporáneo de Martin Freeman tiene una frialdad ajena al original, a pesar de los jerseys tricotados y la sonrisa fácil, una dureza más moderna y una inteligencia que se manifiesta en sarcasmo a las primeras de cambio, mientras que el Watson original se veía más circunscrito por los modales victorianos y su descontento por la falta de empatía de su amigo tenía salidas algo menos directas.

Pero con sus diferencias, Watson ha resurgido de su injusto papel de tonto y ha vuelto a ser lo que era en el original: el "amigo y colega" de Sherlock Holmes, tal como lo presentaba el detective. Ni su comparsa, ni su tonto útil. Y me alegro mucho.


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Enviado por Daurmith el 2012-02-20 a las 13:08


~ 2012-02-12

myers_darwin_tree
Es la única efeméride, el único "día de" que me permito: hoy, 12 de febrero, me cojo unos cabreos tremendos, para gran diversión de quienes asisten a ellos, porque considero que este día tenía que ser festivo internacional menos para todos los museos, bibliotecas y universidades del planeta, que deberían abrir sus puertas y dedicar el día a gozar y hacer gozar con la explicación y difusión de una teoría tan elegante como sobrecogedoramente iluminadora.

Sí, claro, exagero. Exagero, ojo, con lo del festivo y lo de abrir los museos y tal, pero no con el impacto que ha tenido la teoría de la evolución de las especies que Darwin formuló y que hoy día ha sido refinada y renombrada como Teoría Sintética de la Evolución, que cambia detalles y aporta nueva información pero que mantiene las líneas generales que definió el naturalista inglés que volvió tras su periplo cargado de especímenes y con el germen de una idea que cambiaría para siempre nuestra concepción del mundo.

Y aunque es verdad que sigue existiendo un rechazo muy sorprendente y peligroso en gran parte del mundo a algo que no es más que una descripción de cómo es el mundo en realidad, en vez de cómo quieren algunos que sea, hoy voy a centrarme en algo mejor.

Darwin pasó su cumpleaños, tal día como hoy, mareado, procrastinando y de mal humor a bordo del Beagle. Lo sé porque sigo a @DarwinViaje, la cuenta de twitter que nos narra de nuevo las peripecias del joven Darwin en su histórico periplo, y sus entradas de hoy hablan de su mareo y de los especímenes sin clasificar que le miran con reproche, y veo más cercano que nunca el carácter, el trabajo, y los procesos mentales del amigo Charles, gracias a Twitter.

Hoy, domingo, Escéptica, que publica de lunes a viernes, ha publicado una entrada extra para honrar el trabajo de Darwin y de los que vinieron después. Mañana, y pasado también seguramente, museos de ciencia de toda España y del mundo dedicarán parte de sus actividades a explicar cómo algo tan obvio, tan visible, como que las especies están relacionadas entre sí, se explica por las ideas sencillas y poderosas de la mutación (aleatoria) y la selección natural (no aleatoria). Hoy, y mañana, y pasado, y todos los días que sigamos haciendo esfuerzos divulgativos, habrá algún alumno o alguna alumna que de repente diga "Hala", así bajito, cuando la belleza de la idea le deslumbre y se dé cuenta del poder de la teoría para explicar la biodiversidad, y quiera saber más, y ponga "Darwin" en Google. Y esto valdrá la pena todo el esfuerzo hecho, toda la tinta vertida, y todas las discusiones con toda esa gente que se niega a aceptar la realidad tal como es y con la que todos los que gozamos con la ciencia nos hemos visto las caras, en maor o menor grado, alguna vez.

Así que cada doce de febrero me repito cual ajo diciendo que Darwin mola, que la teoría de la evolución mola y debería conocerse mejor, y que la idea que nos dio este inglés de mirada triste nos ha descubierto un mundo mucho más interesante, fascinante y evocador que cualquier otra idea que existiera previamente. Por si acaso alguien me está leyendo, y dice, bajito, "Hala", y pone "Darwin" en Google.

Addendum (toma ya): Por chinchar, os pongo enlaces a las entradas que he dedicado, en esta vuestra Biblioteca y en más sitios, al día de Darwin en alguna de sus encarnaciones.

Feliz Día de Darwin: el artículo que escribí para la revista "Debats".

El error de Thomas Bell: algún día lo pondré también en el blog. Fue un artículo para el Día de Darwin que salió publicado en El Escéptico Digital, el boletín de ARP-SAPC.

El día que tendría que ser festivo (serial editing): ya se me notaba la obsesión, ya....

Efeméride darwiniana: ehm, este mismo. Véase arriba.


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Enviado por Daurmith el 2012-02-12 a las 19:40


~ 2012-02-06

 Anoche iba yo hacia el coche, caminando deprisa por las calles frías y como acurrucadas del pueblo. La temperatura descaradamente invernal ocupaba todos mis procesos mentales, hasta que el portazo al entrar en el habitáculo me sirvió de divisoria, cortando el frío como quien corta un trozo de pan; hice incluso el preceptivo "buf" agudo que haces cuando cierras la puerta a una intemperie de las que hacen que el exterior sea eso, intemperie, más que exterior. 

Las luces de los faros blanquearon un poco la penumbra anaranjada de las farolas de sodio; apenas asomaba el coche una rueda a la calzada cuando otros faros gemelos, pequeñitos, me miraron. 

El gato cruzó la calle a la carrera, alertado por el ruido del motor, mirándome por encima del hombro con la expresión entre alerta y vacía que tienen los gatos por la noche. Era joven, negro, rápido. Detrás de él caminaba otro gato, más pequeño, más delgadito, atigrado en grises. Sus ojos hicieron eco a los de su compañero, devolviéndome la luz de los faros del coche. 

Los dos cruzaron veloces, mientras yo salía despacito; el negro trotando a buen ritmo por la acera, el pequeño gris siguiéndolo un largo por detrás y un poco a su derecha, con determinación pero con la timidez del que no se sabe líder en la pareja. 

Ya me había puesto a su altura cuando llegamos a la esquina. El gato negro giró resueltamente hacia la derecha. El gatito gris, que aún no había llegado a la esquina, desapareció. Se disolvió en un soplo de aire gélido y limpio y en una hoja amarilla que trazó un tirabuzón y se fue tras el gato negro. Yo me fui en sentido opuesto, pensando en lo que había visto, y llegué a una conclusión. 

Los fantasmas no existen. 

Pero las historias de fantasmas, sí. 

 


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Enviado por Daurmith el 2012-02-06 a las 11:20


~ 2012-02-05

 No, tranquilos, hoy no toca que os agobie con un drabble. Hoy os ofrezco la oportunidad de leer otro, porque un amigo, intrigado por el concepto de drabble que conoció a través mío (una composición, os recuerdo, de cien palabras, ni una más ni una menos, inluyendo el título), probó a "romper mano" con uno. Aquí lo tenéis, en su tumblr "Cosas de Suecos"; a mí me encantó. Mirad si os gusta, y si os gusta, decídselo, que de esto vivimos los que no vivimos de esto. Sé de buena tinta que pretende escribir más.

Y hablando de vivir de esto: acaba de entrar al mundillo literario la web de la primera novela de Santiago Álvarez, otro amigo y un estupendo escritor:

La Ciudad de la Memoria


 Es novela negra, y está ambientada en Valencia, como debe ser (Valencia es una de esas ciudades eclipsadas por su propio tópico, que tiene sin embargo más capas que una cebolla, escondidas como sus acequias urbanas y sus leyendas profundamente levantinas). Y si os dáis un garbeo por la web, cosa que os recomiendo encarecidamente, veréis por qué tanto la ambientación como el detective son un hallazgo. 

Así que hoy, como véis, son recomendaciones de otros, que siempre molan más que las propias. 


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Enviado por Daurmith el 2012-02-05 a las 13:05


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