~ 2010-01-29

Mi Blackberry. Sin ella no podría publicar ni siquiera estas míseras notitas y la Biblioteca moriría de inanición. Sobre todo estando como está a dieta hipocalórica de goteo mensual de entradas.

Al hilo de esto, permitidme un momento de introspección. Breve.

Esta vuestra Biblioteca lleva ocho años dándoos la vara, con mejor o peor fortuna. Desde sus inicios en Blogger la he usado de desahogo, de cuaderno de ejercicios, de lugar de reunión, de depósito de tonterías. He aprendido mucho, he pedido y recibido mucha ayuda, he conocido gente, me he enfadado y he disfrutado. La Biblioteca ha sido desde su creación una parte importante de mi vida mental. Y últimamente apenas la toco.

-¿No te da la impresión de que está preparando una despedida?
-Sí, la impresión la da.

Ejem. La mayoría de los blogs que conozco tienen un ciclo vital. Y cuando el autor se cansa, se aburre, dedica su tiempo a otras actividades o directamente lo manda todo a paseo y se va a un lamasterio, el blog desaparece. Con o sin avisos. Es normal. Es habitual. Y más ahora, porque el esfuerzo que muchos estaban dispuestos a hacer para mantener un blog ya no están dispuestos a hacerlo en la era de Twitter y Facebook. Los blogs se han quedado demodé, oiga.

-Definitivamente suena a despedida.
-Eso me temo.

Este blog en concreto está desfasado en todo: en diseño, en presentación, en falta total de cacharritos, en molones enlaces a Digg y demás virguerías virtuales. Madre mía, si a veces hasta pongo los tags de html a mano, ¡la reoca! ¿Veis? Un blog que dice "la reoca" está, definitivamente, desfasado.

¿Y sabéis qué?

Que me da igual. No pienso parar. Habrá épocas de sequía, habrá épocas de abundancia, habrá épocas en que me dará por unos temas o por otros. Habrá épocas de entradas largas y curradas, y otras de entradas cortas e intrascendentes. Habrá entradas con o sin fotos, de ficción o de no ficción. Habrá historias de Sherlock Holmes, habrá diálogos reales o inventados, habrá viñetas de la vida atravesadas por el alfiler de la pluma y clavadas en las páginas de la Moleskine. Habrá auténticos rollazos.

Pero habrá. Recurriré a todos los cacharritos que los avances técnicos pongan a mi disposición para hacer volar datos de pantalla en pantalla: Blackberries, PCs públicos, Macs privados, lo que se ponga por delante. Pero no pienso cerrar la Biblioteca por cosas tan nimias como falta de tiempo, falta de ganas, falta de sueño, o falta de ordenador. Señoras y señores, yo sigo. Me lo paso demasiado bien con esto como para no hacerlo.

Así que que nadie se tome los largos silencios de esta Biblioteca como señal de cierre inminente. Los silencios son propios de cualquier Biblioteca y, en el caso de esta, suele querer decir que la bibliotecaria está maquinando algo. De modo que avisados estáis: yo voy a seguir. Vosotros, haced lo que os apetezca, faltaría más.

Firmado:

Daurmith, bibliotecaria de Babel.

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Enviado por Daurmith el 2010-01-29 a las 20:23


~ 2010-01-26

 -La máquina de zumo me mira mal.
-Qué va, mujer, te lo estás imaginando.
-Que no, que me mira mal.

La máquina es azul, grande, abstracta. Naranjas radiactivas en la foto del frontal se carcajean de sus congéneres tridimensionales, pequeñitas, amarillentas y pochas del interior. Intruduzco un euro (¡un euro!) en la ranura y escucho cómo repiquetea por los conductos internos con cierto tono guasón.

La máquina y yo arrastramos ya una turbulenta historia. Le he pedido un vasito de zumo cuatro veces en los últimos días. La primera vez se negó a darme vaso. La segunda vez se negó a darme zumo. La tercera vez me tiró una mosca. La cuarta vez se estropeó directamente.

De modo que me acerco a ella con precauciones. Abro el compartimento del vaso y limpio en lo posible la pulpa reseca del sensor de llenado. Retrocedo. Avanzo. Y finalmente pulso el botón amarillo.

Las naranjitas anémicas se mueven en su cestillo, a medida que las de abajo pasan al exprimidor. La maquinaria zumba, gime, gorgotea. El vaso se llena poco a poco. Aún tiene aliento la máquina para escupirme con desdén en la mano con la que recojo el zumo.

-¿Ves? De manía nada.
-Es verdad -digo, lamiendo con disimulo el zumo del dorso de mi mano. La máquina ronronea bajito para sí, satisfecha. Ya nos veremos las caras en otra ocasión, parece decir en código máquina.

Ya sólo queda la máquina de café.

(¡Feliz octavo aniversario, 8logalia!)

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Enviado por Daurmith el 2010-01-26 a las 15:41


~ 2009-12-01

Dicen que no hay dos sin tres. Es mentira. Puede haber perfectamente dos sin tres. Sin ningún problema.

De hecho, podría haber dos sin tres ahora mismo, si a mí me diera la gana. Por lo tanto, que conste que el hecho de que en este preciso día no haya dos sin tres en este blog, es por una decisión consciente. Mía. He dicho.

Hay muchísimas cosas que tienen dos sin tres. El hidrógeno. Zipi y Zape. Dos Caras. El Polo Norte y el Polo Sur. De modo que nadie venga diciendo, así al buen tuntún, que no hay dos sin tres. Porque los hay.

Dicho esto, una golondrina puede hacer verano, si le da la gana. Uno puede perfectamente casarse en martes. Sí, y embarcarse también. Un sol rojo mañanero no preocupa necesariamente al marinero, y eso de arrimarse a un buen árbol no tiene mucho que ver con la calidad de la sombra que te cobije.

Y ya que estamos con el refranero, y para salir del embolao en el que me metí yo solita prometiéndome publicar tres entradas, tres, en el día de hoy, os dejo un relato breve que mandé a uno de los retos de Literatúngara. El reto era escribir un relato breve basado en la sabiduría popular. En concreto: "Deberéis escoger un refrán popular, y usarlo para escribir un pequeño relato. No importa el tema ni el género, simplemente en algún momento del texto debe aparecer (o se debe hacer mención a él de forma clara y evidente) un refrán."

Y yo me pregunté, ¿un refrán? ¿Y por qué uno? Y esto fue lo que salió:


DOS PÁJAROS DE UN TIRO

Madrugué mucho, aunque bien sabía yo que no amanecería más temprano, porque vino el chico a decirme que se nos había muerto el burro. Marzo mayeaba; ya marceará mayo, pensé, saliendo al corral con un cubo de cebada.

-Mucho ladra el perro -dijo el chico.

-Poco morderá -repuse, y eché la cebada al rabo del burro muerto. El chico me miró con expresión confusa.

-Ande yo caliente, ríase la gente, zagal -dije a modo de explicación, lo que no pareció aclararle mucho las cosas. Volvimos a la casa; mi mujer ya se había levantado y aderezado el desayuno, y yo intenté dejar al chico las cosas claras mientras nos sentábamos ante el chocolate bien espeso:

-A buen entendedor pocas palabras bastan.

Tampoco esto pareció ayudar al barbián, que murmuró algo de arrimarse a buen árbol y salió de la casa.

-Más tonto que el que asó la manteca -comentó mi mujer.

-Labrador tonto, patatas gordas -objeté yo, y ella repuso:

-El buen paño en el arca se vende.

Ante esto no tuve respuesta y me levanté para ir a trabajar.

-El que no trabaja de pollinejo trabaja de burro viejo -rezongué. Al salir me hizo fiestas el perro. Le acaricié las flacas costillas.

-Todo se te han vuelto pulgas -comenté, y fui a por la pala para enterrar al burro. Cuando terminé ya era hora de comer.

-El muerto al hoyo y el vivo al bollo -dije para mí, contento, al sentarme a la mesa después de lavarme.

-¿No querías caldo? Pues toma: dos tazas -dijo mi mujer, poniendo la segunda ante mí. Comimos con buena gana y luego despaché al chico a separar el grano de la paja mientras yo iba al pueblo a comprar otro burro.

Fui primero a casa del herrero, que sabía que tenía animales a la venta. Estaba él cortando panceta con un cuchillo de palo fuera en una silla, a la fresca.

-En mi casa, ya sabes lo que hay -dijo mostrando el cuchillo, y yo asentí. Resultó que tenía dos burros para vender.

-Uno es más pequeño que el otro. Como me hiciste buen precio por las patatas la otra vez, y es de bien nacidos ser agradecidos, si quieres te lo regalo.

-El tamaño no importa -dije alegremente, y sin mirarle el dentado me lo llevé a casa. Caballo no sería, pero me haría buen papel.

Por el camino pasó ante mí una golondrina, que no hizo verano, porque empezó a hacer mal tiempo. Puse buena cara, pero al llegar a casa me enfadé porque mi mujer había puesto todos los huevos en la misma cesta.

-Dos no riñen si uno no quiere -dijo ella plácidamente, y me mandó a ver si había algún pescado en la nasa.

Oí sonar el río, luego llevaba agua, pero no estaba revuelto, y como temía, no hubo ganancia. Mi nasa estaba vacía. La de mi vecino, sin embargo, estaba llena.

-Unos llevan la fama y otros cardan la lana -gruñí, y me fui al porche a cardar un rato. Allí me encontró el chico, que había cazado un par de liebres, lo que me devolvió el buen humor.

-De fuera vendrá quien de casa te echará -bromeé con él, y cada mochuelo se fue a su olivo.

Y aquí paz, y después gloria.

(Esta entrada y las dos anteriores están dedicadas a Findûriel, por darme el cachete que merezco y sacarme de mi pereza olímpica)



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Enviado por Daurmith el 2009-12-01 a las 23:04


-¿Terminó?
-Sí, gracias.

El camarero retira el plato con los restos del sandwich y los cadáveres de patatas fritas frías, ensangrentadas de ketchup, y me pone delante un cortado. En vasito.

No me gusta que me sirvan el café en vaso. No sé de dónde viene la costumbre de poner el cortado en vaso de vidrio en vez de en una buena taza. Suspiro y remuevo el líquido con la cucharilla, fascinada por cómo la espuma gira lentamente, fuera de fase respecto al café de debajo.

-Y la cuenta, cuando pueda, por favor -digo al camarero, que replica con un "ahora mismo" y desaparece en la penumbra de nogal del restaurante. Estoy en una terraza cubierta, mirando un día gris metálico en el que las fachadas de las casas, pintadas de colores deliberadamente tropicales, parecen un poco lechosas, como si tuvieran una ligera capa de sal. Al fondo, por un hueco entre dos hoteles, el mar es una losa de aluminio bruñido bajo el cielo marmolado de nubes, alborotado como un bosque en un vendaval.

La cuenta llega en un platito, bajo un montón de caramelos con el logo de la franquicia donde he comido. El camarero deja el platito sobre la mesa, hace ademán de retirarse, y se detiene en seco.

-¡Huy! Un momento, que tengo un regalito para ti -dice, y se va a la carrera. Yo levanto una ceja y el vasito de café a la vez, y luego bajo ambas cosas. La ceja, porque me canso. Y el vasito, porque quema. ¿Tanto les costaría ponerlo en taza?

El regalo viene en una caja de cartón y consiste en una taza de Coca-Cola blanca, decorada con motivos navideños. Agradezco el detalle, y admiro adecuadamente el paisaje nevado con renos silueteados al fondo y árboles rojos y verdes tras un Papá Noel sonriente y rubicundo. Lleva a la espalda una mochila con juguetes, en una mano sostiene una botella de Coca-Cola de las de antes, y su gorro ladeado y tocado de acebo le da un aire equívoco, algo borrachín. Chispas rojas, verdes, azules y amarillas vuelan a su alrededor. La imagen, en el calor pegajoso y gris del mediodía tinerfeño, es tan incongruente que de inmediato el regalo me cae bien.

Después de comer, con la taza en el bolso y pensando en mitologías varias (de las que nació Papá Noel, antes de dedicarse al marketing), me voy a dar un paseo. Sólo por andar, porque esta zona de Tenerife es una sucesión monótona de hoteles, tiendas de tonterías, hoteles, tiendas de electrónica, hoteles, tiendas de perfumes, hoteles, joyerías, tiendas de tiendas... Vaya, ya os hacéis una idea. Y mientras, yo voy pensando en Last Call, que tengo ahora mismo activado en la Papyre y que me está enganchando tanto como la primera vez que lo leí. No puedo evitar pensar en lo diferentes que son los dos mundos que llevo ahora mismo en la cabeza: el turístico, banal y forzadamente optimista de la Playa de las Américas, y la extraña, evocadora y compleja Las Vegas que crea Tim Powers, con sus gangsters legendarios convertidos en arquetipos del tarot, y su póker espiritual y peligroso.

De golpe, al cruzarme con un curioso individuo tan flaco y moreno como un asceta hindú, ambos mundos solapan y, tras un instante de doble visión vertiginosa, se funden. Y me encuentro pensando que esta tierra llena de adoradores del sol, de devotos de Venus y de Baco, de prostitutas rituales en el altar de la Visa, es a su manera tan oscura y tan profunda como la otra. Y cuando la luz casi sólida del sol cubre todas las villas, hoteles y bungalows hasta ahogarlos en una manta cegadora, sólo consigue dar más relieve a las sombras que hay debajo.

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Enviado por Daurmith el 2009-12-01 a las 22:25


Hay por ahí todavía algunas personas de bien, que por razones mejor conocidas por ellas mismas, siguen leyendo este rinconcillo. Una de ellas, que más que ser gente de bien, es gente de mejor, me ha dejado caer, con la sutileza de un yunque, que hace tiempo que no desempolvo la sala de lectura de esta vuestra biblioteca.

Es verdad, reconózcolo. Asúmolo. Laméntolo. Porque estoy vaga. Y poco inspirada. Podría poneros excusas, la verdad, se me da muy bien, pero ¿para qué? Las excusas suponen trabajo y yo, insisto, estoy vaga. Pero no porque no haya nada que contar. Ahora mismo, por ejemplo, estoy en otro mundo.

Todo empezó con un portal dimensional en forma de autopista.

Que sí, leñe. Parece que no, pero sí. Es una autopista cortita, de unos cien mil metros, terminada en una rotonda. Bordea un trozo de costa de una isla en forma de cacito llamada Tenerife. Y mi coche de alquiler la recorrió, cual bolita de pinball por vertiginoso corredor, porque así lo ordenaron quienes me pagan los vicios.

Pero he aquí que tras dejar la bolita, digo, el coche, aparcado frente a un hotel con fachada blanca y el aire ahíto y serio de un archivador, me di cuenta de que estaba en otra dimensión.

Le puede pasar a cualquiera. Entré en un vestíbulo de mármoles blancos, lámparas de araña y ficus agazapados contra ventanales, y me encontré abriéndome paso entre enormes cantidades de sandalias con calcetines, pantalones cortos, y camisas y camisetas de colores violentos. Carteles dorados proclamaban con flechas por dónde se iba a la sauna, o a la piscina, o al WC. O al, no se lo pierdan, piano bar, donde un cantante inglés ensayaba "Piel Canela" sin demasiado entusiasmo.

Estoy en un lugar, para que os hagáis una idea, donde para bajar a cenar sin desentonar dan ganas de ponerse las perlas y pintarse las uñas color rosa flamenco. Donde se juega al bingo, y se anuncia por megafonía el comienzo del aqua-gym. Donde cada noche un cantante inglés canta boleros con acento y sin ganas, y los matrimonios salen a bailar cerca del piano, muy juntos, con una sonrisa de oreja a oreja, mientras los clientes del bar consumen Manhattans y gin tonics.

Este delicado ambiente vetusto por un lado me encanta y por otro me hace el mismo efecto que un Valium (creo, nunca he tomado Valium. Es una licencia poética). Para combatirlo, estoy aprovechando el tiempo libre para leerme con calma The Greatest Show on Earth. Y cuando la elegancia de lo que allí se describe, y la brillantez con que Dawkins lo presenta, amenazan con afectar el aura soñolienta y reposada del hotel, contraataco con Last Call del siempre brillante, y a la vez siempre oscuro y fascinante, Tim Powers. Rodeada de casinos como estoy, una novela sobre tarot, póker, arquetipos, caos y probabilidades siempre deja mejor sabor de boca.

Si salgo viva de esta, ya iré avisando. Ahora tengo que dejaros, porque empieza el aqua-gym.



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Enviado por Daurmith el 2009-12-01 a las 20:06


~ 2009-10-07

Por una vez, y sin que sirva de precedente (o que sirva, a mí qué) me he apuntado a una de estas iniciativas bloguero-virtuales. Porque me toca (quienes me conocéis un poco lo sabéis) la fibra sensible.

La cosa es así: se plantea una reducción media del 15% en los presupuestos destinados a Investigación y Desarrollo. Esto en un país que no se caracteriza precisamente por tener una cultura que entienda y respete la necesidad de un buen sustrato de investigadores, y que jamás ha tenido en sus presupuestos un gran cariño por el I+D. Periódicamente, gobierno va, gobierno viene, se nos promete que esto va a cambiar, que van a poner a España en el lugar que le corresponde, que va a incrementarse el presupuesto, las becas, los trabajos, los proyectos, las colaboraciones, y todo un feliz Edén de lecheras vendiendo la leche. Luego llega la realidad, y siempre, sin excepción, nos hemos quedado en menos.

Este tijeretazo ha dolido especialmente porque hubo quien creyó que por fin saldríamos del hoyo y empezaríamos a hacer los pinitos que podemos hacer. Como bien dice el promotor de esta iniciativa, que aplaudo, existe el mito de pensar que "la Ciencia en España va bien simplemente porque tenemos buenos científicos". ¿Tenemos buenos científicos? Claro, muchos. ¿La Ciencia en España va bien? Ni de lejos.

La cultura científica en España es inexistente. En el mejor de los casos se ve como algo de escaparate, para hacer bonito e inaugurar molones institutos llenos de vidrio laminado diseñados por el arquitecto de moda, institutos que pasado el titular de turno caen en el más triste de los olvidos (que caigan en el olvido por parte de los medios, vistos los medios que tenemos, casi mejor. Que caigan en el olvido por quienes los deben mantener a flote, pues como que no). En el peor de los casos se ve como un entretenimiento, una pérdida de dinero, una panda de locatis que se ponen a hacer cosas con líquidos burbujeantes en el laboratorio y luego se les queman las cejas, o algo. Gente rara, que se pone a buscar el bosón de Higgs en vez de dedicarse al sector inmobiliario, que es lo que da dinero, hijo mío. Bueno, daba. Pero la idea sigue.

Esos grandes investigadores que tenemos, esa gente maravillosa que ha sabido escudriñar el universo y sacarle todo el jugo, no lo son por ser españoles. Lo son a pesar de ser españoles. Partían con el handicap de haber nacido en uno de los países que peor entiende la necesidad de un sólido programa de I+D. Vale, no es precisamente una de las cosas que dan resultados a corto plazo. Y es imposible saber qué resultados dará. Pero sólo invirtiendo, con buen tino y sin miedo, en programas de investigación y en formación de investigadores profesionales, llegaremos a tener la posibilidad de salir del "que inventen ellos".

Hace décadas que los investigadores de España están gritando a los cuatro vientos "Queremos inventar NOSOTROS". La necesidad de tener una cultura que englobe la ciencia como un pilar fundamental más de la sociedad es cada vez más acuciante. ¿Y qué hacemos? Recortar presupuestos de investigación, como si pudiéramos desprendernos fácilmente de una de las claves de una sociedad desarrollada.

Yo no sé si será muy radical, pero a ver, voy a proponer una cosa: es deseable que quienes quieran desarrollar una carrera en investigación, con cierta estabilidad laboral y perspectivas de futuro, puedan hacerlo independientemente de ideologías, gobiernos, modas, y demás tontunas. Porque ello beneficia, primero a la sociedad en la que viven, y luego al planeta en que habitan. Y es responsabilidad del gobierno que sea garantizar que podamos tener una sociedad que no se quede atrás en el desarrollo científico y tecnológico. Hoy más que nunca, nos va la vida en ello.

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Enviado por Daurmith el 2009-10-07 a las 15:02


~ 2009-09-16

Disculpas por la foto, está hecha con el móvil. Este viaje no me he traído la Nikon.Hoy he vuelto a comer en La Esquinita Latina, protagonista de la última entrada. Un poco por ver qué tal segundas partes, ya sabéis. Y antes de que se me olvide, está en la C/ Ferreras de Las Palmas de Gran Canaria, y es un local pequeñito y sin pretensiones, con manteles de plástico estampado y menú escrito en pizarra blanca. Pero veréis por qué he vuelto.

Nada más sentarme ha aparecido el cocinero del otro día.

-Usted es la valenciana de la otra vez, ¿verdad?
Admito serlo, y él sonríe.
-¿Le gustó el arroz? -pregunta, retóricamente, porque sabe de sobra que me gustó. No obstante, repito que me gustó mucho.
-¿Le apetece cambiar de arroz hoy?
-¿Qué tenemos? -pregunto, intrigada.
-Hoy de plato único tenemos un arrocito cubano, ¿lo ha probado?
-Pues no.
-Es un arroz con habichuelas negras y una carnita picada muy rica.
-Pues adelante -digo, encantada por el uso de "carnita".
-Viene con su alioli y su pan y cola o cervecita, lo que prefiera.

Cuando pregunto si es posible que sea agua sin más, el cocinero arruga un poco el gesto, dolido porque alguien quiera acompañar un arrocito cubano con agua.

-¿Le traigo un zumito de mango? Natural, ya verá qué bueno.

El mango y yo no nos llevamos bien, pero en zumo no suelo ponerle pegas. Acepto, y menos de un minuto después el cocinero vuelve casi a la carrera y me pone delante un vaso largo lleno de zumo, con un cubito de hielo, y se espera hasta que doy un sorbo.

-Muy bueno -admito.

-¡No esperará que le pongamos nada malo! -bromea él, guiñando un ojo, y acto seguido desaparece.

Mientras espero, una mujer se ha puesto a hablar por el teléfono público que tengo justo al lado, y la conversación se desarrolla a grito pelado y con un súbito despliegue de llanto histérico la mar de entretenido. El cocinero reaparece, dirigiendo miradas asesinas a la espalda de la mujer, y me aparta un poco la mesa para que no me moleste la conversación. Yo saco mi Papyre, la apoyo en el servilletero, y me pongo a leer toda contenta.

En esto aparece el mosquetero.

-Disculpe señora que la moleste, pero es que me sigue gustando mucho ese libro tan particular que tiene -dice, recordando la breve (y no narrada por repetitiva) conversación que tuvimos la otra vez que comí allí con el Papyre como protagonista. Le digo que no me molesta en absoluto.

-Es un libro muy particular -repite él- y usted también es una señora muy particular.

Se lo agradezco porque lo ha dicho con un curioso tono entre fascinado y divertido. Acto seguido aparece el pan (¡calentito!) con la misma salsita de la otra vez, y el cocinero me pone delante un platazo con dos montones de comida, uno de arroz moreno como el café, y otro de carne picada nadando en un jugoso mezcladillo de cosas. Como concesión a la vida sana, un arco del perímetro del plato lleva unas rodajas de tomate y algunas olivas. Ante la aprensión del cocinero, pruebo un poco del arroz.

-Es un poco diferente -dice él, con tono algo preocupado. El arroz, de grano largo, está cocinado con una peculiar mezcla de especias, y tiene tropezones de suculentas judías negras. Le aseguro que me encanta.

-Sabe un poco como a... ¿curry?

-Lleva comino -explica él, mientras yo pruebo un poco de la mezcla de carnita picada y me quemo ferozmente la lengua. Está todo muy bueno, y el cocinero desaparece, tranquilizado, mientras yo me aplico a la demolición sistemática del platazo.

Cuando no queda ni un granito de arroz el mosquetero me pregunta si me apetece alguna cosita más. Como estoy repleta, sólo pido café.

Un par de minutos después el mosquetero vuelve, se coloca frente a mí con las manos en actitud de súplica y me explica, contrito, que están arreglando la máquina de café y que no va a ser posible servirme. Le aseguro que no tiene ninguna importancia y pago los 5 ? que cuesta el platazo que me acabo de trasegar.

-Muchas gracias, señora, que tenga una muy buena tarde.

-Lo mismo le deseo -digo, y me voy con una sonrisa de oreja a oreja.

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Enviado por Daurmith el 2009-09-16 a las 17:04


~ 2009-09-09

¡Toma ya palabro! ¿A que mola? Me lo acabo de inventar. Es una ideología encargada de paliar las frustraciones de la vida. Yo soy desfrustracionista convencida, más que nada porque últimamente todo es frustrante: el calor que no acaba de pasar, la lotería que no acaba de tocar, ¡y mi libro de Richard Dawkins que me está esperando en casa y yo estoy atrapada en Gran Canaria por trabajo!

*sollozos*

*pañuelo de papel*

*moooc*

Sniflsfs, ya va mejor, sí, gracias. La cosa es esa: que como sabía que me venía, pero no cuándo, les dije a los de Amazon que me enviaran el libro al pueblo, donde seguro que habría alguien para recogerlo. Y los de Amazon, muy majos ellos, me lo enviaron. ¿Que qué libro? Ah, perdón. The Greatest Show on Earth, de Richard Dawkins. Tengo muchos libros sobre evolución, pero quería este en concreto porque a) me encanta cómo razona Dawkins cuando escribe y b) no es un libro sobre lo que no es evolución ni sobre lo que es creacionismo, ni sobre por qué es buena la evolución. Es un libro sobre qué es la evolución. Todas las evidencias a favor que hay. Por qué sabemos lo que sabemos. Y los libros que explican por qué sabemos lo que sabemos me encantan. Tenéis un par de fragmentos, en inglés, en la web de Richard Dawkins. En uno de ellos explica por qué ha creído necesario escribir este libro, que es un poco como escribir un libro listando todas las pruebas a favor del heliocentrismo. Lo triste del asunto es que hace falta que este libro fuera publicado.

Total. Que yo aquí y Dawkins allí, cual barcos que no se cruzan en la noche. Esto frustra, o sea, provoca frustración.

Esta tarde, con mi frustración a cuestas, he comido en un pequeño local que asegura ser un rincón cubano. Yo no me quiero complicar la vida, y veo en la pizarra "arroz caldoso".

-¿De qué es el arroz caldoso? -pregunto sin muchas esperanzas. Hace un día nublado, algo húmedo y tibio, como un pañuelo usado. Espero oir algo del estilo de "es un arroz thai con reducción al ajo de nieve carbónica y molares de hipopótamo, sobre un estofado de raíces de soja verde y guindillas", y me preparo para ello y para salir corriendo.

-De pescado -dice la camarera, añadiendo tras una pausa-: Con calamares, y eso.

-Vale -digo yo, y pido un plato.

Escasos tres minutos después estoy enfrascada en mi libro (no, The Greatest Show on Earth no, otro) cuando oigo una voz que dice, con suave acento cubano:

-Por favor, señora, si me permite -otro camarero me pone delante un panecillo y un tarrito de una salsa parecida al ajoaceite. Y estoy yo ungiendo pan con mucha dedicación (es una salsita muy rica) cuando aparece otro camarero más.

Este camarero en concreto es alto y rubicundo, con chispeantes ojillos de Falstaff, la nariz surcada de venillas rotas, y un estupendo bigotazo gris con perilla de mosquetero.

-Aquí le traigo este rico arroz esperando que lo disfrute con mucha salud, muchas gracias -dice sin respirar, poniéndome delante el plato. Se lo agradezco a mi vez.

-A usted, señora. Espero que le guste -dice alegremente, y se va.

Hay quien te llama "señora" como quien rebana pescuezos, y hay quien al llamarte "señora" te da ganas de llevar guantes y sombrilla blanca y de ir en coche de caballos. Este camarero pertenece al último grupo. Y el arroz está estupendo, sensacional, con trozos de pescado navegando por una fantástica marisma azafranada de sabroso arroz en la que asoman, cual monstruos de mapa medieval, rizados tentáculos de calamar. El caldo tiene un leve sabor tropical, exótico, una calidez de especias la mar de agradable. Estoy devorándolo con muchas ganas cuando el camarero-mosquetero se materializa de nuevo a mi lado.

-¿Cómo está?

-Mñambuloso -digo, articulando con dificultad a través de un jugoso trozo de calamar. Él me lo agradece efusivamente y yo sigo con lo mío, ocupada en no dejar escapar ni un grano.

Por último aparece otro quidam, este con delantal negro, que pregunta al mosquetero "¿Pero le gustó?". Adivino que es el cocinero, de modo que le aseguro que el arroz está riquísimo, sensacional. Se pone muy contento, como si nadie le hubiera dicho nunca nada parecido, y mira con benevolencia cómo dejo el plato limpio como una patena.

Al irme, el mosquetero me ofrece un chupito, que rechazo porque hay que conducir. "Se lo debo entonces", dice, y nos vamos tan amigos.

De modo que hoy he aplicado la doctrina del desfrustracionismo, y aunque -aún- no tengo The Greatest Show on Earth entre mis ávidas garras, no lo llevo demasiado mal.

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Enviado por Daurmith el 2009-09-09 a las 17:23


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